Cuando era niño, la profesora le dijo -a él y a sus compañeritos- que escribieran en un papel diez cosas que quisieran ser de mayores. Cuando Lino se lo entregó, la profe le dijo que ni en cien años que viviera, le iba a dar tiempo a ser todo eso. Y tenía razón: de las diez cosas, Lino solo fue nueve. O sea, que se quedó con las ganas de ser piloto, pero no soldado, actor, camionero, taxista, cartero… y algunas cosas más, todas ellas resumidas en una: soñador. Digo esto porque cuando le mandé las fotos de la entrevista, me escribió: “Ya mayor (hasta yo lo noto). Pero todavía soñador”.

¿Por qué la guerra?

Pues por aquello de la aventura. Y por pasármelo bien. Tan bien me lo pasé que me lo pasé de puta madre.

¿En la guerra?

En aquella, sí; en otras, no sé; no he estado. 

¿Y por qué no?

Porque no se dio la ocasión. Porque a punto estuve de ir a Vietnam.

¿Vietnam? A ver, ¿cómo es eso?

El entonces embajador de Estados Unidos en El Congo nos quiso contratar a todos los mercenarios españoles y mandarnos a Vietnam, que empezaba entonces. La idea era ir allí como unidad autónoma. O sea, con nuestros propios mandos, sin nadie que nos dijera lo que teníamos que hacer.

¿Qué pasó?

Que el tío metió la pata. Porque nos dijo que nos daría la nacionalidad norteamericana. Y por ese detalle, por esa gilipollez, dijimos todos que no. ¿Para qué queríamos ser norteamericanos, si éramos españoles?

Vietnam no pudo ser, pero siempre te quedará El Congo. Y ahora te pregunto yo: ¿cómo acaba un tío de La Guindalera como tú en el corazón del África negra?

Es verdad que nací en La Guinda, en la calle México 51, pero enseguida pasamos al Alto de Extremadura, que es donde vivo hoy. Se ve que cuando nos mudamos, tenían que rellenar las entradas a Madrid con madrileños. Porque de veinte familias, diecinueve éramos de aquí, salvo una señora de Toledo que, eso sí, vino a Madrid cuando niña.  

La composición de tu bloque echa por tierra el tópico de que en Madrid no hay madrileños.

Eso es lo que los catetos se hartan de decir, a lo que les respondo que como son paletos, se piensan que los demás también lo somos. ¿Tú te has dado cuenta dónde se van en verano? Al pueblo. ¿Lo ves? Todos paletos. 

“Me fui a la guerra por aquello de la aventura. Y por pasármelo bien; tan bien me lo pasé, que me lo pasé de puta madre”

¿Y no es mejor eso que quedarse aquí, asándose?

Antes nos íbamos de vacaciones los amiguetes, los troncos, a la Casa de Campo, que estaba al lado. Y no pasaba nada. Pero me preguntabas cómo acabé en el Congo. 

Sí.

Leyendo un reportaje en La Actualidad Española. Un reportaje titulado “30.000 pesetas por morir en El Congo”. Era el año 64 y yo estaba en el Aaiún, haciendo la mili en la brigada paracaidista. Mejor dicho: la Agrupación de Banderas Paracaidistas del Ejército de Tierra, que era como se llamaba la brigada antes de ser la brigada. 

O sea, que el reportaje no lo leíste tú solo.

Lo leímos todos. Lo que pasa es que, al ser yo de Madrid, y estar próximo el relevo a la península, me pidieron que, nada más llegar a Madrid, me enterara. Alguno incluso tenía tanta prisa, que propuso que desertáramos. Pero yo no iba a desertar.  

El caso es que llegas a Madrid…

… y aunque les dije a todos que no se preocuparan, que miraría lo de El Congo, la verdad es que se me olvidó. Porque me puse a trabajar en el cine, con el director José María Elorrieta, una persona maravillosa, majísimo. 

¿De qué trabajaste con él?

De meritorio, lo básico dentro de la producción. Bueno, y de extra en una de sus películas, El Tesoro de Makumba. Una película, fíjate, de la que he encontrado la carátula y elenco, pero no la película en sí.

O sea, que te quedaste sin verla.

Qué va. La vi en Milán, volviendo de Oriente (ya hablaremos de Oriente). Recuerdo que estaba esperando el tren para Múnich y allí, en la misma estación, la vi anunciada.   

Y, claro, fuiste a verla.

Es que, como te digo, salía de extra varias veces. En uno le impido la entrada en un mesón a un aventurero, que me da una hostia, echándome a un lado. Esa escena la grabamos en Ciempozuelos. (Por cierto, las hostias en cine no son de verdad; lo parecen, pero no lo son.) Otra escena la rodamos en Torrevieja. Allí hago de policía que intenta que no zarpara el barco con el tesoro. Muy divertido todo. 

Conociéndote, te encamarías con más de una actriz, sin que te frenara tu condición de meritorio o extra.

Pues no te creas. De todas formas, tampoco valían mucho, no te vayas tú a creer. Además, sabes que solo se liga por dos cosas: ser joven y tener mucha pasta. Y como ya voy cumpliendo una edad y, encima, no tengo un duro, pues no me como un torrao.

“Antes nos íbamos de vacaciones los amiguetes, los troncos, a la Casa de Campo, y no pasaba nada”

Pero eso no siempre fue así, imagino. En El Congo, por ejemplo…

En El Congo era lo más fácil del mundo. Y eso que no existía la prostitución, cosa curiosa. La que quería joder, jodía y ya está. Y la que no, pues no. Pero ni se vendían por dinero, ni por objetos, ni por nada. Aunque mi primera noche en Leopoldville…

¿Qué?

Que del aeropuerto nos llevaron al cuartel, que en verdad era un hotel. Allí firmamos los contratos y allí nos dieron la prima de enganche. Y así, con un tocho de billetes en el bolsillo, me dije, venga, vamos a gastar Leo. A pesar del letrero que prohibía salir: La caserne est consigné.  

A ti con prohibiciones, Lino.

Cogí y me fui, como comprenderás. 

¿Tú solo?

Yo solo. Bueno, con una navaja automática que me dejó uno de los españoles, por si pasaba algo. 

¿Y pasó algo?

Pasó que paré un taxi en una avenida de aquí te espero de larga y acabé en una discoteca. Una discoteca, por cierto, en la que estaba sonando Black is black. “Esto es español”, me dijo el disc-jockey. Y yo: “vamos, no me jodas”. Así que me enseñó el disco y, efectivamente, eran españoles. La primera vez que los escuchaba. Año 66. 

Digo yo que no te pasaste la noche en la cabina del pincha escuchando a Los Bravos.

En la disco me pillé a una negra y me fui con ella a la citi, lo que aquí podía ser el Vallecas de entonces: casitas bajas, movidas, todo eso; lo chungo, vamos.

O sea, donde nadie se metía.

Y menos que nadie un blanco. Pero yo es que iba a lo que iba. A joder, claro. Cuando terminamos, saqué el tocho, la prima de enganche, y ese fue el error, el mío. Porque la tía lo vio y quería más. Le dije que no, que lo pactado era lo pactado. Así que salí y ella detrás, dando gritos, y con ella, unos negros, todos siguiéndome. 

¿Y tú?

Yo que veo un taxi en una gasolinera, voy para allá, pregunto si está libre, y me dice el conductor que sí. Pero los negros le dicen no sé qué y va el tío y me dice que no, que libre no. 

Supongo que no te quedaste a esperar otro.

Dio la casualidad de que el coche era un Chevrolet Impala, como el que tenía José María Elorrieta y con el que yo había aprendido a conducir. De hecho, fue Elorrieta el que me pagó el carnet de conducir, en una autoescuela de la calle Luchana, la autoescuela Zacarías, actualmente desaparecida. Pero a lo que iba. 

Sí.

Yo sabía que el Chevrolet Impala tenía la llave incorporada, así que me metí en el taxi, encendí y me piré, arrancando la manguera de la gasolina. 

“Mi primera noche en Leopoldville, salí a quemar la ciudad, con un tocho de billetes en un bolsillo y en el otro, una navaja automática, por si acaso”

Y todo sin conocer la ciudad.

Pero como tengo memoria fotográfica -soy nómada y lo que veo, se me queda-, solo tuve que desandar el camino hasta llegar al cuartel, pasando por delante de la discoteca. Dejé el coche aparcado, le di las buenas noches al centinela, que estaba perplejo, y me fui a dormir. Eso la primera noche. 

Con dos cojones.

Y porque no tengo tres. A la mañana siguiente, eso sí, el lío. Todos los mandos buscando a un italiano. Porque el centinela decía que el que había llegado tarde era italiano. Así que el marrón se lo comieron ellos, los italianos. Yo a mi bola.

Llevamos un rato hablando y todavía no me has contado -o yo no te lo he preguntado- cómo llegaste al Congo.

Trabajaba yo en el cine, como te decía, cuando me llamó un catalán de mi curso, del Aáiun: “Oye, Lino, ¿has mirado eso?”. “Pues no”. Y me fui a mirarlo.

¿Adónde?

A la embajada de El Congo, que estaba entonces en Cea Bermúdez, por Gaztambide. 

“¿Usted a qué viene?”, le preguntarían.

“A ver al agregado militar”, les respondí. Y me pasaron con uno que se llamaba Mihigo, y no me preguntes cómo se escribe.

No te lo preguntaré.

“Pues mire usted”, le dije al tal Mihigo, “que me he licenciado de paracaidista y me han dicho que buscan ustedes instructores y tal”. Me preguntó la edad, me tomó nota del número de teléfono y, efectivamente, al día siguiente me llamaron a casa. 

¿Quién, el agregado?

No, un español apellidado Bernabeu, primo o sobrino del Bernabeu del Real Madrid, decían, que eso yo no lo sé. Lo que sí sé es que luego estuvo en El Congo, de alférez, y que me citó en Lloyd, una cafetería de Blasco de Garay, en la acera de los pares, esquina Alberto Aguilera, donde ahora hay una sucursal del BBVA. Y allí fui, con dos antiguos legionarios.  

¿En plan escolta o qué?

En plan conocidos míos. Bernabeu me había preguntado si sabía de alguien más que estuviera interesado y les llamé. A uno le conocía del portal de al lado del mío y al otro de San Ignacio de Loyola, un barrio por Cuatro Vientos.

Os plantáis los tres en la cafetería…

… y nos preguntan cuándo querríamos marcharnos. “Ahora mismo”, decimos. Al día siguiente, salimos los tres de Barajas, con las manos en los bolsillos, sin equipaje y sin un duro. Las tasas del aeropuerto nos las pagó el señor de la cafetería, Bernabeu.

“El español que nos contrató para El Congo se apellidaba Bernabeu, y se decía que era primo o sobrino del Bernabeu del Real Madrid”

Te voy a preguntar lo que el agregado aquel, Mihigo: ¿edad?

Veinte.

O sea, que todavía eras menor.

Sí, porque antes la mayoría de edad eran los veintiuno, que cumplí en El Congo, en Bondo, para ser más exactos. Bondo con “b” de Buitrago. Es que me da por culo lo de “b” de Barcelona, ¿sabes? Como cuando dicen “d” de Dinamarca. Será “d” de Daganzo, un pueblecito de Madrid donde se come de puta madre. 

En Bondo -con “b” de Buitrago, claro- tuvo lugar, si no una de las más altas, sí desconocidas ocasiones que vieron los siglos.

La toma de la ciudad -la última ciudad rebelde- por veinticinco españoles en bicicleta, entre ellos yo. 

¿Por qué las bicicletas?

Por no hacer ruido. Recuerdo que entramos un viernes, día de mercado, la fiesta de los musulmanes, y los pillamos a todos cagando. 

El desconcierto total, ya.

Los rebeldes huyeron a la selva. No se lo esperaban. En una sola mañana, tomamos el transbordador, el aeródromo, la torre de comunicación -que no servía para nada-, los puentes, las carreteras… Fue coser y cantar. Es lo que tiene la decisión de ir a lo que tienes que ir y no perderte en florituras. Allí lo entendí todo.

© Fernando Díaz Villanueva

¿Qué, exactamente?

La conquista de América por los españoles. Con coraje, que teníamos, y buenos mandos, que no teníamos, hubiéramos hecho de El Congo una provincia española, al menos nuestro sector, doscientos y pico mil kilómetros cuadrados, la mitad de España. 

Hasta donde sé, colonizar El Congo nunca fue un punto de la agenda exterior de la España del momento.

España ni apoyó ni dejó de apoyar. Nosotros fuimos aparte, contratados por la Unión Minera Belga. 

¿Y qué tal pagaba?

Bien. Eso sí, la mitad de lo acordado te lo daban en dinero del Congo, que era basura, pero que allí te convertía en rey, salvo en la selva, donde no valía nada. Allí lo que valía era la sal, la auténtica moneda de cambio. La sal no solo potencia los sabores, sino que su falta provoca bocio. Por eso la selva estaba llena de negros con bolsas en la garganta. 

Dices “negros” cuando te refieres a los “negros”.

¿Y qué quieres que diga, “subsaharianos”? Según eso, los blancos de Sudáfrica también serían “subsaharianos”. Vamos, no me jodas. En tiempos de Paco Medallas se decía “morenos” y nadie se mosqueaba. Ahora dices “negro” y el primer gilipollas te llama de todo. Blancos no son. Ni chinos tampoco. Luego serán negros. 

Por volver a la guerra: ¿era el dinero lo que os movía?

A algunos sí. A otros, ya digo, nos movía la aventura, el cambio constante, el ir a sitios adonde no hubieras ido en la puta vida. Para mí el dinero es accesorio. Siempre lo ha sido. De las muchas cosas buenas que hicieron los romanos, una de ellas fue el dinero redondo, para que rodase. Yo lo he gastado como lo he ganado: tranquilísimamente, donde me pillara. Y lo que no tengo, lo apunto en el yate. 

¿En el yate?

Sí, hombre, en el ya te lo devolveré cuando lo tenga. 

Distinguías antes entre jefes y tropa. Vamos primero con los segundos y segundo con los primeros. Tropa.

Era gente especial, lanzada, que no se achicaba ante nada. Éramos setenta en total, la mayoría españoles, pero también dos filipinos -uno de ellos, buenísima persona, murió, desgraciadamente-, dos argentinos, dos colombianos, un peruano y un belga. Todos estábamos bajo el mando del mayor Martínez de Velasco.

Al que mataron.

Los propios negros, de los que era tan defensor. No se quiso enterar de que aquella fue, fundamentalmente, una guerra entre negros y blancos. 

Martínez de Velasco era militar de carrera. ¿El resto de oficiales también?

No todos. Otro al que mataron en el Congo, el alférez Parrilla, hijo de un afamado sastre de Madrid, no había hecho ni a la mili.

Tú, en cambio, sí.

Yo la mili no la hice. Con dieciocho años, fui voluntario, que es distinto. Porque soy de los que voluntario van adonde les da la gana; obligado, en cambio, a ninguna parte. 

¿Qué tal la experiencia?

¿La de la mili? Lo pasé muy bien. Tuve unos oficiales maravillosos. Con ellos El Congo hoy sí que sería español. 

Enseñándote a manejar el Cetme, de alguna manera contribuyeron al empeño.

Pero el fusil que nos dieron en el Congo era el FAL belga, muy parecido al Cetme, y que terminé manejando porque a la fuerza ahorcan y si no, lo llevas crudo. También teníamos bazucas. Recuerdo que una vez mirando por el visor de uno vi que ponía Enosa. “Coño, me suena”, pensé. Y es que un cuñado mío había trabajado muchos años allí, en la Empresa Nacional de Óptica S.A.

Oye, ¿y qué le dijiste a tu madre cuando volviste a casa?

“Hola, mamá”. ¿Qué quieres que le dijera? Cuando no le dije nada fue la segunda vez que me fui. Porque en El Congo estuve en dos ocasiones. La primera fueron nueve o diez meses. La segunda, igual de divertida que la otra, duró, en cambio, bastante menos. 

¿Por qué?

Porque me cascaron en una emboscada. Yo lo cuento, pero los negros aquellos no; ellos allí se quedaron. 

“Los romanos hicieron el dinero redondo para que rodase; yo lo he gastado como lo he ganado: tranquilísimamente, donde me pillara”

¿Qué se siente al matar a alguien?

Pues no lo sé, no soy Clint Eastwood, no llevo la cuenta. Solo sé que hay que eliminar a muchos elementos de la sociedad. Elementos a los que ni terapias ni movidas van a recuperar. Eso lo tengo clarísimo. 

Antes de meternos en jardines, prefiero que me cuentes El Congo, pero la segunda temporada.

Estaba yo una mañana en casa de mi madre y me llama uno que conocía: “Oye, que nos vamos al Congo”. “Pues vale”, le digo. “Vente entonces a Lisboa, pero no te traigas a Álex”. Álex era uno bastante bocazas.

El caso es que te fuiste a Lisboa.

Esa misma mañana, y sin despedirme de mi madre. 

¿Y eso?

Porque no estaba en ese momento en casa. El problema es que para sacar dinero del banco, tenía que firmar con ella, porque la cuenta la teníamos los dos. En ese momento, solo tenía en el bolsillo cinco duros -veinticinco pesetas- con los que me compré tres paquetes de Celtas. 

¿Cómo llegaste a Lisboa?

Haciendo autostop, desde el Alto de Extremadura. ¡Ah! Y sin mariconadas de móviles, que ni existían ni los necesitábamos, porque sabíamos buscarnos la vida. 

Llegas a tu destino y…

Me doy cuenta de que no he cogido la dirección por teléfono. Pero como Lisboa es pequeña, tres veces más que Madrid, me puse a pasear por La Baixa, hasta encontrarme con dos belgas, que me llevaron al hotel donde estaban, entre ellos, el que me había llamado y dos españoles más. 

¿Todos a las órdenes de Martínez de Velasco?

A Martínez de Velasco ya lo habían matado. El mando ahora era Bob Denard.

Toda una leyenda entre los mercenarios, ¿no?

Lo que era es un hijo de la gran puta, así, dicho en castellano. Denard siempre trabajó para el Deuxième Bureau, la inteligencia militar francesa. Era un funcionario al servicio de su país. El resto se lo traía al fresco.

El caso es que combatiendo a sus órdenes es cuando caes herido.

Habíamos entrado desde Angola en el Congo para sacar a unos belgas que se habían quedado en Bukavu, en la frontera con Uganda. Fue llegando a Dilolo, un pueblo de la zona, donde nos tendieron una emboscada. Antes nos habían hecho otras dos, pero a mí me cascaron en la tercera, y por pasarme del primer coche al segundo. Si me hubiera quedado en el primero… 

“¿Qué se siente al matar a alguien? No lo sé, no soy Clint Eastwood, no llevo la cuenta”

Pero no te quedaste. ¿Cómo saliste vivo?

Porque me sacaron unos paracaidistas franceses de apellido Ximenez, o sea, hijos de españoles y pied noirs de Argelia. Me sacaron y me enviaron a Cazombo, en Angola, donde me hicieron una transfusión porque había perdido mucha sangre. El grupo sanguíneo me lo sacaron con unos cristalitos, porque entonces ninguno lo conocíamos. Yo resulté ser a A+, lo mismo que un furriel portugués que fue quien me hizo la transfusión directa, de urgencia. 

Le debes la vida.

Y quise agradecérselo, pero nunca di con él, ni siquiera preguntando en las oficinas del Ejército, en Lisboa. O no lo tenían en archivo o no les interesaba darme sus datos, cualquiera sabe. Otro al que también quise darle las gracias fue al médico que me operó, un cirujano de puta madre, ya de relevo, y con el que regresé  a la península o, como dicen ellos, a la metrópoli.

¿Tampoco figuraban los datos del doctor en archivo alguno?

La verdad es que no pregunté en el Colegio de Médicos de Lisboa. Y no hubiera sido difícil porque de él sí me sabía su nombre: doctor Silva e Costa. O Costa e Silva, que ahora no recuerdo. El caso es que regresé con él a la península a bordo del barco de les hommes trou.

¿O sea?

Los hombres agujero; los heridos y tullidos. 

Tú entre ellos.

A mí me tuvieron que cortar medio pulmón, por las balas, pero como el pulmón es un órgano que se regenera… 

A propósito, ¿cuántas balas te metieron?

Siete. Pero como por madrileño soy gato, pues tengo siete vidas; así que una bala por cada vida.

Entonces eres más que gato, porque si no, estarías muerto.

Soy gato-gato.

Un gato, cuentan, que funde los controles de los aeropuertos al pasar. ¿Es eso verdad?

Es verdad que pitan. En Estados Unidos pitan que es alucinante. Pitaban en 1995, cuando fui para la graduación de mi hija; imagínate ahora. 

A lo mejor tendrías que solicitar un certificado médico y enseñarlo a los vigilantes.

Ya lo he hecho. 

O una radiografía.

Desde que me operaron del pecho, jamás nadie me había hecho una radiografía, a pesar de lo que fumo. Se lo dije al médico en la última visita. ¿Y sabes qué me mandó? Una radiografía. Salió el tema de los objetos extraños, pero nada del tabaco.

“Cada vez que paso por un detector de metales, pita. Y es que me metieron siete balas en el cuerpo”

Estás en plena forma, ¿eh?

No como cuando tenía veinte años, que era de ocho sin sacarla. Más mayor, una chica, compañera mía de Correos, me dijo que eso ya no sería así. Yo le dije que ahora era el inventor del polvo a la cubana. “¿Y eso qué es?”, me preguntó. “Que la meto por la noche y la saco por la mañana”. No te jode. 

Tranquilo, que no voy a pedir que hagas la lista de tus conquistas, aquí y en el extranjero. Porque, aparte del Congo, tú has vivido en el extranjero.

Empecé a viajar después de volver la segunda vez. Me fui a París, que no es lo mismo que Francia. Francia es una cosa y París, otra. De París me gustan hasta los estúpidos parisinos, que tienen todos eso que se llama estrés. 

¿Ya en tu época?

Sí, solo que entonces se decía baile de San Vito. Iban de aquí para allá, los tíos, como autómatas. Recuerdo el día que me puse a buscar una Alianza Francesa. Paré a un señor -“pardon, monsieur…”-, y antes de terminar la frase ya se había pirado. “Estos no me conocen”, me dije. Así que llega el siguiente, le agarro por la pechera y le grito: “¡¡¡¿La Alianza Francesa?!!!”. Y el gabacho: “… oui, oui… Boulevard Raspail”. “¡Gracias!”. Y le solté.

¿Y para qué una Alianza Francesa? Tú ya hablabas francés.

Pero francés belga del Congo. O sea, que en vez de decir “pomme de terre” decía “patate”. Así que me apunté en la Alianza Francesa para pulir lo ya sabido y aprender más. 

¿Y aprendiste?

Bastante. 

¿Llegaste a pensar que no lo lograrías?

El primer día, entré y escuché a una valenciana hablar con otro español. Le decía que llevaba ocho años estudiando francés. “¡Joder!”, pensé, “¿y esta qué hace aquí?”. Luego me enteré de que la tía había estudiado ocho años, sí, pero una hora a la semana. Y, claro, no tenía ni puta ni idea. 

La misma historia de hoy con el inglés.

En mi época se estudiaba francés en bachillerato. Pues, oye, no he encontrado a casi nadie de la época que hable el idioma. En cuanto al inglés, lo más que muchos saben decir es “do you speak english”; o sea, una filfa. Por cierto… 

Sí.

En Estambul, cuando conducía camiones, mandé imprimir una camiseta en la que ponía: “I don’t speak english. I am not your friend. I don’t change money”. Porque estaba hasta los huevos: “Hellow, my friend. Do you speak english? Change money”. 

Sin embargo, sí que hablas inglés.

Bastante. También hablo lingala, algo de alemán y, sobre todo, madrileño y gabacho. 

“Con veinte años, era de ocho sin sacarla; luego inventé el polvo a la cubana: meterla por la noche y sacarla por la mañana”

¿Títulos que acrediten tu manejo del francés?

Todos los correspondientes. Pero los títulos no sirven de nada. A mí, desde luego, no me han servido. Y eso que el idioma postal internacional es el francés y en mi ficha de Correos pone que lo hablo, leo, escribo y traduzco. ¿Y de qué me sirvió? De nada. Absolutamente de nada. 

¿De nada, de nada?

Bueno, es verdad que el francés me abrió las puertas del Medio Oriente en mi época de conductor de vehículos pesados. Porque en países como Siria o Líbano todo el funcionariado más o menos alto, incluido el de aduanas, han pasado por la Escuela Nacional de Administración, en París. Y a mí, al hablar francés, me consideraban de los suyos. Curioso, ¿eh? 

¿Sabes? No te imagino como uno de esos alumnos modélicos, de idiomas o de lo que fuera, siempre en primera fila, siempre puntuales.

Una vez, en la Alianza Francesa, entré en clase tarde y fui directo a mi sitio. Y me dice la profesora si no me habían enseñado educación. “Pues no, señora. No he hecho ningún cursillo. Además, yo he venido aquí a aprender francés, no educación. Así que gracias… ¡y adiós!”. Y salí. 

¿Siempre has tenido ese pronto?

El examen de conducir me lo suspendieron por chulo, porque el resto lo hice todo bien. 

©Fernando Díaz Villanueva

¿Cómo pueden suspenderle a uno por eso?

Cuando acabé, el examinante me dijo que saliera con la intermitencia y tocando el claxon. A lo que le respondí: “¡Coño! Y me fumo un cigarrillo”. “Suspendido por chulo”, me dijo. Y yo le mandé con su puta madre. Como había ido al examen con el Chevrolet Impala de José María Elorrieta, lo cogí y lo paseé por delante del tío. “¡Deténganle, deténganle!”, gritaba. Y yo: “¡anda y vete a la mierda!”.

Carnet, sin embargo, tienes.

Me llamaron una segunda vez para el examen y no quise ir. Y una tercera. Por no perder el derecho, fui. Y también porque me dijeron que sabían lo que había pasado con el examinante, que aquel día suspendió a diecinueve, conmigo veinte (se ve que era el día de los suspendidos). Acostumbrado al Chevrolet Impala, el 600 del examen lo aparqué imagínate tú cómo. 

¿Te ha resuelto mucho en la vida conducir?

¿Que si me ha resuelto? Fui de los pocos españoles que llegó a París con su propio coche. Cuento esto porque un día, saliendo de la Alianza Francesa, un señor me preguntó. “¿Es usted el dueño de este coche?”. Le había llamado la atención la matrícula de Madrid.

 ¿Quién era, qué quería?

Jean Paradis, un señor cultísimo y una bellísima persona. ¿Que qué quería? Ofrecerme trabajo. Se dedicaba a la compra y venta de antigüedades y necesitaba alguien que las transportara en su camión. Y como entonces allí, con el carnet de segunda, se podía conducir hasta los 7.500 kilos, pues me tiré un tiempo con él, trabajando. Me enseñó bastante francés y yo a él, español. 

¿Qué fue de él?

Se jubiló. Se jubiló y se fue a Costa Rica, donde se compró un terreno que, según me contó, le había costado lo mismo que en París un tiesto. Como era buen cocinero y bon vivant, puso un restaurante al pie de un centro de vacaciones para canadienses y americanos; se lo pasó de puta madre, el tío. 

Se ve que le guardas afecto.

A él y también a José María Elorrieta, el director de cine. Cada uno en su estilo, fueron muy buenos jefes. Es que yo, con uno malo, hubiera salido por la puerta al día siguiente, eso está claro. 

Imagino que trabajos habrá habido en los que has durado nada y menos, y no solo por los jefes.

Una vez, en París, me llega un amigo y me dice que hay un chollo. “¿Cuál?”, le pregunto. “Una empresa que va a quebrar en dos meses”. Y como lo que mueve al mundo, aparte del transporte, es la información, me presento allí, me contratan y, a los dos meses, clavados, quiebra. Todos al chômage, al paro francés. Pues de puta madre. Porque con el dinero me fui a Londres, volviendo a París cada quince días, para firmar y seguir cobrando.

¿Qué tal Londres?

Pues bastante barato en relación con el París de la época. Era el 73 o así y la libra había caído a lo bestia. Yo buscaba trabajar de lo mío, camionero, aunque solo me ofrecían contratos al continente, a Europa. Y lo que quería era quedarme en Londres, aprender inglés, moverme por Inglaterra y tal. Pero únicamente me salían trabajos de fregaplatos. Yo, que no había fregado un plato en mi vida, ¿iba a fregarlos en Londres? Así que cogí la puerta y me piré, harto.

¿Adónde, a París?

A París, sí. Unos amigos uruguayos, a los que había dado trabajo, me dicen que había un chollo, otro.

¿Cuál, una empresa en quiebra, otra?

No, conducir camiones al Medio Oriente. Era cuando los puertos de la zona estaban saturados por falta de infraestructuras y los árabes gastaban que qué. Llevando maquinaria y movidas me tiré unos años, tres o cuatro. Pagaban bien y operábamos desde Múnich; fue desde allí que me volví a Madrid, también harto. 

¿Harto por qué?

Porque me tocaron los cojones. Fue una vez que Austria se colapsó por las tasas y los impuestos a los camiones. Recuerdo que estábamos en la frontera de Alemania con Austria, jugando al fútbol, esperando. Y en esta que, de un balonazo, la pelota se va al lado austriaco. Fui a buscarla. Por favor y tal. Y me dice uno de la aduana que me vaya a mi país. Me llamó “extranjero de mierda” y yo a él “arschloch”, que en alemán significa gilipollas. Pero no solo eso. 

“El examen de conducir me lo suspendieron por chulo”

¿Qué más?

Que llamé a la empresa y dije “oye, mira, pasa esto, estoy saturado, me voy”. 

Y, conociéndote, te fuiste.

Cogí un taxi en la frontera hasta el aeropuerto y, una vez allí, me subí en el primer avión de Iberia a Madrid. A mí nadie me tocaba los cojones más, me dije. Y si me los tocaban, que me los tocaran en Madrid.

Tu ciudad, al fin y al cabo.

O mi pueblo. Porque Madrid, digan lo que digan, es un pueblo; un pueblo grande, pero un pueblo. Así me lo pareció cuando volví del Medio Oriente. Era 1977, antes de que se votara la Constitución.

¿Nada había cambiado?

Para mí nada. Porque a mí nunca me había perseguido Franco.

¿Cómo fue tu llegada?

Curiosa. 

¿Curiosa?

Curiosa, sí. Entonces yo vestía siempre con ropa muy estrafalaria, incluso para los gustos de hoy. Y me sale un taxista y me dice: “mister, taxi”. Y yo, siguiéndole el rollo, le contesto: “yes”. Así que me meto y le escribo la dirección: Alto de Extremadura. Iba yo en el coche, enrollado en mis pensamientos, cuando a la segunda vez que paso por Legazpi, me salió mi vena madrileña: “oye, colega, ahora vas a ir a mi casa por donde yo te diga, si no te importa”. Se quedó perplejo, claro. 

Porque el tío pensaba que eras un guiri.

Cuando finalmente llegamos, el taxi valía dos mil pesetas. De la época. Así que le dije que íbamos a hacer un precio, pero que los kilómetros los calculaba yo, y que o cobraba lo que le decía o ya podía ir llamando a la Guardia Civil. Porque entonces en el Paseo de Extremadura no había comisaría de Policía, sino cuartelillo de la Guardia Civil. 

¿Se presentó allí una pareja de la Benemérita o qué?

Cobró lo que le dije y punto. Que después de haber pasado por los taxistas de Hamburgo y por los taxistas de Estambul, que eran todos unos golfos, iba a venir un cateto como él a tocarme los cojones. 

¿Te lo volviste a encontrar? No sé, en alguna parada de taxi. Porque como luego tú engrosarías el gremio…

Primero empecé con camiones. Pero como pagaban cuatro duros, pasé. Entonces, con el dinero que tenía, me metí en el taxi. Y a navegar, a buscarme la vida, como siempre, como ahora.

“Volví a España porque, para que me tocaran los cojones, prefería que me los tocaran en Madrid”

¿Cuántos años al volante?

Diez. 

¿Verías de todo?

Pero de todo. Y más en las noches de la movida madrileña. 

¿Cómo definirías la movida?

Como la época dorada de los gilipollas. Porque qué cantidad alucinante de gilipollas había en Madrid entonces.

¿Solo entonces?

Entonces, ahora y siempre. Cuando yo era joven, había uno de mi barrio que trabajaba de camarero en El Corrillo de Serrano. Y le llega uno un día y le suelta: “sorpréndeme con dos zumos de vaca”. Va el de mi barrio, le estrella los dos vasos y le dice: “¿sorprendido el señor?”. Más gilipollas. 

A ver.

Los hijos de los mandamases socialistas que se iban de juerga a gasta el dinero que previamente habían robado a los españoles sus papás. Más de un enganche tuve con ellos a la salida de Pachá, en la calle Barceló. Poco menos se pensaban que por ser taxista estabas a su servicio. Nunca han entendido de qué va la cosa. 

De taxista pasas a cartero, otro de los sueños de tu niñez.

Una hermana mía me dijo que por qué no me metía en Correos, que estaban contratando gente. Y, oye, que me contrataron. Luego un jefe que tuve en la sucursal 53, justo enfrente de donde vivía el célebre Nani, el delincuente, me dijo que por qué no preparaba unas oposiciones, que yo valía y él me preparaba. Y, nada, que me preparó y aprobé. Con lo que soy funcionario de oposición, de clase pasiva ahora. 

Y en todos estos años, desde que regresaste de África a hoy, ¿no has tenido añoranza de guerra?

Estando en París, me encontré en el metro con Beouni, uno con el que coincidí mi segunda vez en el Congo. “¡Coño, Lino! ¿Quieres venir a ver al patrón?”. El patrón era Bob Denard. “No, deja, ya me busco yo la vida”. Y no fui. Yo a mi rollo.

¿Pasabas de tiros?

Si me hubieran ofrecido otro sitio, hubiese ido; eso está claro. 

¿Entonces?

Te lo explico. Beouni era de Inteligencia. De hecho, aquella vez en el metro llevaba traje azul, el uniforme de los funcionarios del Deuxième Bureau. Y Bob Denard, como ya te he contado, también era de Inteligencia; lo fue toda su vida. No fui a verle porque me hubieran utilizado para infiltrarme en los coros españoles de París. Y no estaba yo por la labor. 

Supongo que te refieres a los círculos más politizados del exilio.

El FRAP, por ejemplo, que se fundó en París, en el Liceo Iberoamericano, en un acto al que asistí. Pero no como infiltrado, sino porque me lo dijo la portera de casa. “Oye, ¿por qué no vas a ver esto, que es aquí al lado?”. Fui, y vi a todos esos bocazas incitando a los demás a que hicieran lo que ellos no se atrevían. Igualito que los de Fuerza Nueva.

“¿La movida madrileña? ¡Qué cantidad alucinante de gilipollas!” 

Creo que es la primera vez que alguien me compara el FRAP y Fuerza Nueva.

Cuando fui propietario del taxi, fui hasta el sindicato ese que tenían, Fuerza Nacional del Trabajo, a ver qué tal. Y me encontré con un montón de tíos que mucho hablar, mucho hablar, pero no habían visto un arma en su vida. Otros que iban de clowns, de payasos. 

Sin embargo, no renunciaste a la militancia política.

Milité durante años en el PP, y con un número de carnet muy bajo, un quince mil o un catorce mil. Me fui porque yo había entrado en un partido de derechas, para arreglar ciertas cosas, y eso se había convertido en un partido de centro izquierda.

Militaste en el PP de Madrid, en los años dorados en los que teníais a Aguirre en la Comunidad y a Gallardón en el Ayuntamiento.

A Esperanza la conocí y me gustaba; ahora, con toda su movida, estoy un poco a la expectativa, a ver en qué termina la película. 

¿Y Gallardón?

Gallardón siempre fue muy light. 

Pues fue paraca, como tú.

Oficial de complemento en la XII Compañía de la III Bandera, donde un concuñado mío. Un día, en un mitin en el Alto de Extremadura, al que fui con mi pequeño, le dije: “Mira, este señor es paraca, como tu padre y tus hermanos”. Y él: “Sí, sí, soy caballero paracaidista”. Y yo: “Pues a ver si vas a la asociación, a saludar”. Porque en ese tema era todo lo maricón posible. 

Maricón en sentido político, se entiende.

El problema de la derecha en España es que está mariacomplejada. Si eres de derechas, eres de derechas. 

¿Aún a riesgo de que te llamen facha?

En una reunión de vecinos, no sé qué dije que uno, de Izquierda Unida, o sea, comunista, me llamó facha. Yo le dije que nunca había militado en un partido de estructura fascista, pero que antes de ser un rojo de mierda como él, prefería ser facha. El tío se indigno. “A la salida te espero”, me dice. Y yo: “Lo que tú quieras, pero ahora un poco de respeto, que estamos en una parroquia”. 

¿Te esperó?

Sí, pero para pedirme disculpas. “No te olvides de una cosa”, le dije, “que soy guerrero y los guerreros morimos matando”. Y él: “¿Me estás amenazando?”. “No es una amenaza, es una acotación de hechos. Y además de rojo de mierda, tú lo que eres es un gilipollas”.

Te lo preguntaba antes: ¿tú siempre te las has gastado así?

Qué va. De pequeño era muy tranquilo, de los que llamaba a su hermana mayor -tengo cuatro, todas mayores- cada vez que tenía un problema. Hasta que un día…

¿Hasta que un día?

Hasta que un día iba con mi madre por la calle Federico Mayo, cuando un chico al que le había llamado la atención, le dijo: “Cállese usted, so puta”. Y yo, que nunca había tirado bien piedras con la mano, ese día aprendí, porque le di una hostia en toda la cabeza que hasta le hice marca al tío. Y se acabó la tontería. 

Tu madre asustadísima, claro.

Hasta vino la Guardia Civil. Que por qué le había dado una pedrada al chaval. “Porque ha llamado puta madre”. “Pues si me lo dice a mí”, dijo el guardia, “le vacío todo el cartucho de la pistola”.

O sea, que te hiciste respetar, y así hasta el año en curso.

A partir de ahí, la gente empezó a andarse con cuidado. Es que hay que ver la ignorancia de algunos de meterse con los demás sin saber de qué pie cojean. Yo no me meto con nadie. Solo me defiendo de los que se meten conmigo. Que no es lo mismo. Yo a mi bola, ya te digo. ¡Ah! Y pasándomelo de puta madre, como siempre.