A Rafael Vera le sucede que si algún día hicieran una película sobre su vida -un biopic de esos- el responsable del reparto se las vería y desearía para encontrar un actor con el empaque del personaje. No es descabellado, no, lo de la película. Desde que se retiró de la primera línea de la vida política, hace ya unos años, Vera ha novelado algunos de los episodios de los que fue testigo o protagonista como hombre fuerte de Interior durante los Gobiernos de González. De sus libros, uno ha sido llevado a la pequeña pantalla, con muy buenos datos de audiencia, y ya están preparando el guión de otro. Él, por su parte, trabaja en otros proyectos, literarios y cinematográficos, todos relacionados con su paso por la Seguridad del Estado. No lo hace por exorcizar demonios ni como una alternativa a la petanca. O no solo. Lo hace, dice, con un propósito patriótico: que las nuevas generaciones tengan noticia de lo que en un tiempo no muy lejano hicieron por su país unos hombres de uniforme, allá en la primera línea del peligro. Ahora bien, su testimonio definitivo, el de Vera, serán sus memorias, las cuales no tendrá la necesidad de novelar, pues en su caso la realidad supera a la ficción, y de largo.

¿Considera haber tenido una vida de novela, de película?

En muchos aspectos, sí. Aunque lo que de verdad he tenido ha sido una vida muy diferente a la que preveía. 

¿Qué la hizo tan diferente?

Un cúmulo de circunstancias no previstas. Por ejemplo, mis tres años en el Ayuntamiento de Madrid, en el área de Seguridad, y luego doce en Interior. 

En total, quince años.

Quince años que pasaron muy deprisa, pero que son el núcleo de mi vida, hasta el punto de que durante ese tiempo no pude desarrollar otros aspectos que no fueran la política. Todo lo de después cuelga de aquellos años, para bien o para mal. 

Típica pregunta: ¿si volviera atrás…?

¿… volvería a actuar como lo hice? En la mayoría de los casos, sí. Ahora bien, no contaría con según qué colaboradores. 

¿Tanto se equivocó?

Fue en lo que más. Y a lo mejor me volvía a equivocar, pues nunca estás al cien por cien seguro. Pero ahora mediría mejor. Porque he aprendido a acertar con la gente sin apenas conocerla. Otras cualidades no tendré, pero esa me funciona bastante. Es que como responsable de Interior he tratado, directa o indirectamente, y en momentos muy difíciles, con 150.000 hombres.

“No hace falta que me animen a escribir mis memorias. Soy yo el que sigue teniendo el mismo deseo que cuando dejé Interior. Quizás más. Pero…”

Algún amigo haría.

Lo tengo claro: no puedes entrar en política para hacer amigos. A lo mejor tropiezas con alguien que antepone la parte humana a los intereses de partido, alguien a quien llamar “amigo”. Pero se pueden contar con los dedos de una mano. Después de todos esos años en política, no sabría decir el número exacto de amigos; solo que fueron pocos.

¿Pocos?

Pocos, al menos, con los que hoy mantenga una relación. Es cierto que de vez en cuando me veo con alguno. Pero, la verdad, no es una amistad como las que se hacían en el colegio o en la universidad. 

Años que cada vez van quedando más lejos.

Pero ahora internet facilita las reuniones de promoción y, por tanto, el contacto con los amigos de entonces. Porque antes terminabas -el colegio, la universidad- y muchas veces o dejabas de verlos o los veías menos. Aunque lo que quiero decir con todo esto es otra cosa.

¿Qué?

Que tener amigos de verdad es muy difícil. Amigos, me refiero, de los que se prueban en la adversidad; amigos que se acercan a la condición de hermano. 

¿Usted los tiene?

Ahora sí. 

¿Sí?

Sí. 

¿De dónde han salido?

De circunstancias, de casualidades, de la vida. Por ejemplo, cuando salí de Interior, me dediqué mucho a mis hijos, entre otras cosas, participando de sus cosas, siempre a salvo la distancia de los años. Ahí me encuentro con otros padres, adultos de mi misma edad, con los que establezco un contacto que, con los años, se convierte en amistad. 

Aparte de volcarse con sus hijos y sus aficiones, ¿ha encontrado tiempo para usted y sus cosas?

Mi mujer y yo tenemos una casita en Segovia, a la que vamos muchos fines de semana a refugiarnos. Me gusta el paisaje austero castellano, por supuesto el de la meseta, pero sobre todo el de la sierra. El monte es una de mis aficiones y es precisamente allí donde he hecho amigos de esos que considero hermanos. Nos llamamos con frecuencia, salimos a caminar, organizamos comidas… 

¿Y le animan a escribir sus memorias?

No hace falta que me animen. Soy yo el que sigue teniendo el mismo deseo que cuando dejé Interior. Quizás más. Pero… 

¿Pero?

Pero no acabo de verlo. 

Habrá editores que sí.

Lara padre, por ejemplo. Tuve algún encuentro con él, hace años. Y no me quedó  del todo claro que fuese su deseo publicar mis memorias. Más bien, mi sensación fue la de que lo que pretendía era comprarlas y ya vería luego qué hacer con ellas. Como no me pareció aceptable, rechacé la oferta. Y eso que era una cantidad económica importante. Por otro lado… 

Sí.

Si algún día me animo, no quisiera limitarme a contar una serie de anécdotas. 

Anécdotas tendrá muchas.

Miles. Pero unas memorias, y más si son políticas, no pueden ser eso. Tienen que contar la verdad; la verdad de lo que se hizo, la verdad de lo que se dijo. ¿Y eso a qué conduce? 

“Felipe pudo haber dado un paso al frente. Pero seguramente hubo quien le aconsejó que no lo hiciera. Alguien tenía que hacer de muro de contención: yo”

Usted dirá.

Conduce a perjudicar a determinadas instituciones y a hacer daño a algunas personas. Y como sé lo mal que se pasa -porque, a pesar del tiempo transcurrido, sigo teniendo coletazos- pues me costaría mucho hacerlo. 

¿Ni siquiera planteándoselo como un ajuste de cuentas?

No soy rencoroso. No lo soy porque no me sale. Soy de los que no olvidan, pero sí perdonan, incluso a aquellos que no se han portado bien conmigo. Pero hay que pensar que lo que se cuente no les afectará solo a ellos, también a su entorno, que no se merece sufrir.

Dice hablar con conocimiento de causa.

El precio que paga la familia es demoledor. Lo veo en mi mujer. Por muy fuerte que sea (que lo es), todo esto ha terminando por hacer mella en su salud. Y lo veo también en mi hijo, todavía joven, pero con una herida abierta que no deja de sangrar, provocada por la falta de reconocimiento a su padre y por los reproches.

¿La adversidad les ha unido?

Tendría que ver a mi mujer y a mi hijo. Son uña y carne los dos. Una cosa espectacular. A todo lo que pasó, se une el recuerdo del hermano y del hijo que se mató en accidente de moto. Eso ha fortalecido mucho su relación.

Su hijo llegó a ofrecerse para ir a la cárcel por usted.

Mi hijo es un chaval espléndido, un tipo de primera, y me alegro de haberle tenido cerca todos estos años. Igual que a mi hija Macarena, que sin ser ella consciente fue uno de los firmes baluartes de mi resistencia. Lo de la cárcel, bueno, es lo que diría cualquier hijo con una relación como debe ser con su padre. 

Y ese mismo padre, ¿qué debería contestar a su hijo?

“Déjame a mí la cárcel y vive tú la vida, que te queda todavía mucha”. 

Hablaba antes de reproches. ¿A quién los dirige usted?

A nadie. Ni siquiera a los que me dieron de lado por cobardía o porque no se los llevaran conmigo por delante.

¿Incluimos ahí a Felipe González?

Es verdad que Felipe pudo haber dado un paso al frente, decir aquí estoy yo, hacer una intervención en el Congreso, votar, y allí hubiera acabado todo. Pero seguramente hubo quien le aconsejó que no lo hiciera. Alguien tenía que hacer de muro de contención.

Usted, por ejemplo.

Entiendo ciertas actitudes porque entiendo la condición humana; me muevo bien en ese terreno.

“No creo que sea incompatible defender a capa y espada la integridad territorial de mi país con querer para el mismo un proyecto de izquierdas”

Lo anterior por lo que respecta a la cúpula del PSOE. ¿Y los militantes?

Esa es la distinción que quería yo hacer. La militancia no tiene nada que ver con los de arriba. Los votantes y afiliados del PSOE siempre han sido cariñosísimos conmigo.

¿Todavía hoy, a pesar de los años transcurridos?

Todavía hoy, sí. Son gente de izquierdas, trabajadores, funcionarios, estudiantes, socialmente muy por delante de lo que puedan pensar sus líderes y, al mismo tiempo, con gran preocupación por su país; un país, España, que quieren sólido, fuerte, sin renunciar a su bandera y a sus símbolos. 

¿Lo mismo usted?

Una de las cosas que he ido consolidando a lo largo de todo este tiempo es mi amor por España. Y no creo que sea incompatible defender a capa y espada la integridad territorial de mi país con querer para el mismo un proyecto de izquierdas. Porque, ¿sabe?, socialmente hablando, a mí no me adelanta nadie por la izquierda.

No sé qué responderían a eso los actuales dirigentes del PSOE.

Yo tampoco porque hace ya mucho que no milito en el partido; me fui voluntariamente porque no quería perjudicarlo. 

Reconozca que le cuesta reconocer a aquel PSOE en este PSOE.

Lo que me cuesta es reconocer a aquella clase política en esta clase política. Ahora parece que aquí todos se han vuelto locos. Que si la lengua, que si los estatutos, que si la reforma de los estatutos… Ni entiendo lo que está pasando ni me gusta. 

¿Qué le gustaría?

Algo que es muy fácil decir y muy difícil hacer: un Gobierno de coalición entre los partidos con sentido de Estado, todos cerrando filas. Qué envidia cuando Martin Schulz, coge y negocia con Merkel, y luego dimite, precisamente para no entorpecer esa gran coalición. Pero, claro, Alemania está llena de alemanes y España, de españoles. 

Españoles que, a la hora de la verdad, han sacado la bandera a sus balcones, que no es poco.

Es verdad que se ven banderas, aunque me gustaría ver más. Porque si los partidos no perciben el gesto como un llamamiento masivo, llegarán las elecciones, la gente votará, y aquí no habrá cambiado nada.

“Damborenea era un tipo muy valiente. En las manifestaciones de Herri Batasuna, les plantaba cara a los proetarras, llegando a quitarse la chaqueta, como para ir a pegarse con ellos”

Le noto receloso.

Pues, aunque no me crea, suelo confiar en el Gobierno de turno. Confío porque es el que más información tiene de lo que pasa. Y sus motivos suele tener -una importante operación detrás, una decisión política de envergadura…- para hacer pública esa información o no. Por eso es tan fácil criticar a los Gobiernos: porque no conocemos el fondo de sus razones.

¿Vale esto tanto para Rajoy como para Sánchez?

Rajoy, sinceramente lo digo, me parece un hombre honesto al que le tocó gestionar momentos muy difíciles; mientras estuvo en el Gobierno, le deseé la mayor de las suertes. 

Los del PSOE de Sánchez son también momentos difíciles.

A lo que hay que sumar una situación de duda permanente, siempre mirando de reojo a otros partidos, a ver quién es más de izquierdas, cuando lo que toca es tomar decisiones y explicarlas a la gente. 

¿Qué tipo de explicaciones?

Sobre el modelo de España, por ejemplo. 

Eso ahora. ¿Y cuando el PSOE llegó al poder en el 82?

La explicación entonces era la importancia de la seguridad. Porque a la izquierda del momento le faltaba madurez -le sigue faltando hoy, en cierto modo- para entender que sin seguridad la libertad corre peligro. Hablo, sobre todo, de la seguridad del Estado.

Inseparablemente unida a su nombre durante una docena de años. ¿Cómo empezó todo?

En la Navidad de 1982, cuando llegué al Ministerio del Interior, donde llegaría a ser secretario de Estado.

¿Por mérito, por capacidad, por azares de la política?

Yo creo que un poco por todo. Por ejemplo, a la dirección general de Seguridad del Estado llegué por un desliz de Julián Sancristóbal, a quien sustituí. Fue cuando aquel atentado islamista contra El Descanso, un bar de Torrejón al que iban los americanos de la base. La explosión provocó el derrumbe del edificio y montones de muertos. Yo acudí, con los rescoldos aún recientes, acompañado por el entonces director de la Policía, Rafael del Río. A Sancristóbal, en cambio, todo eso le cogió en el País Vasco. 

¿Consolando quizás a las víctimas de otro atentado, este de autoría etarra?

No. En un congreso del partido allí; un congreso que enfrentó a Txiki Benegas y a Ricardo García Damborenea. 

Damborenea, otro nombre de la crónica política y judicial de aquellos años.

Un tipo inteligente, por cierto. Y valiente. Muy valiente. No solo se enfrentó con el PNV, al que acusó de tibieza, sino que en las manifestaciones de Herri Batasuna, les plantaba cara a los proetarras, llegando a quitarse la chaqueta, como para ir a pegarse con ellos. Para desplazar a Txiki Benegas, Damborenea contaba con apoyos en la UGT, con muchos afiliados en el País Vasco. Bueno, y contaba también con el apoyo de algunos dirigentes, como Sancristóbal. 

© Fernando Díaz Villanueva

¿Ese fue su desliz?

En el partido -y también en el Gobierno- sentó fatal que estuviera en aquel congreso cuando lo de El Descanso. Así que le cesaron y, en su lugar, me nombraron a mí para la dirección general, solo que con categoría de secretaría de Estado.

Todo un señor ascenso.

He de decir que hubiese preferido la dirección general de la Benemérita, pues por primera vez iban a nombrar a un civil. Pero tanto Su Majestad El Rey como Felipe González me pidieron que aceptara la dirección general de la Seguridad del Estado; al fin y al cabo, manejaba los dos cuerpos policiales. 

Sustituye a Sancristóbal… ¿y hereda todo su equipo?

En el gabinete de Información seguía el comisario Paco Álvarez, pero yo ya tenía en mi cabeza al comisario Ballesteros. Para nombrar a este, aproveché una metedura de pata de aquel: equivocarse en el nombre de un etarra en uno de los pasquines que hacíamos con las caras de los comandos; una cosa tonta, pero importante en ese momento. Así cesé a Álvarez -dándole, eso sí, la oportunidad de elegir el destino que quisiera- y puse en su lugar a Ballesteros. 

Tanto Ballesteros como Álvarez y tantos otros mandos policiales de la época habían hecho buena parte de su carrera durante el régimen anterior. ¿Le reprocharon desde la izquierda que contara con ellos?

Tuve presiones y hubo comentarios de que mi comportamiento no era el que se esperaba de un socialista, pero afortunadamente nunca me contaminé de la cosa partidista; mi visión era otra. 

¿Cuál?

La de mantener una actitud imparcial, objetiva, porque el tema -o sea, la seguridad- era muy delicado y afectaba a todos los españoles, más que cualquier otro. Además, la estabilidad que proporcionaba el Ministerio del Interior favorecía que el resto del Gobierno trabajase mejor. Entendí que esa era mi obligación y sigo pensando que hice bien. La prueba es el buen cartel que dejé en el mundo policial. ¿Que cometí errores? Sin duda.

Fiarse de según qué colaboradores, decía antes. ¿Paesa, por ejemplo?

A Paesa no le conocí nunca, a pesar de la escena de la película El espía de las mil caras, donde le saludo en unas escaleras del ministerio.

¿Entonces?

Paesa desembarca en Interior estando todavía Sancristóbal de director general de la Seguridad del Estado y Paco Álvarez en el gabinete de Información. Los tres protagonizaron una operación contra ETA que acabó en desastre: la venta a la banda de cien Sig Sauer con un dispositivo de seguimiento que no funcionó. Las pistolas se irían recuperando con la caída de los comandos y el desmantelamiento de los zulos. Pero durante años, los terroristas hicieron uso de ellas. Por eso digo que la operación fue un desastre.

“El papel que Paesa jugó en la operación Sokoa fue el de señorito vende misiles”

No así la operación Sokoa, de idéntico esquema, con los mismos protagonistas, y de mucha mayor envergadura.  

Pero Sokoa fue un éxito; nos llevó hasta Bidart, donde detuvimos a la entonces cúpula de ETA, el colectivo Artapalo, o sea, Pakito, Txelis y Fitipaldi. A propósito, ya se está trabajando en el guión para el cine de mi libro Sokoa.

Libro que no habría escrito de no haber sido un éxito la operación, entre otras cosas, porque no viviría para contarlo.  

Teníamos información de que ETA quería hacerse con unos misiles para derribar el avión con el que los altos cargos de Interior viajábamos al País Vasco cuando había un atentado. Así que logramos venderles en el mercado negro lo que querían, solo que con los correspondientes dispositivos de seguimiento. 

La pregunta es cómo fueron adelante con la operación, viniendo de un fracaso como el de las Sig Sauer.

Porque contamos con la colaboración de los Estados Unidos, en concreto, la CIA, con una tecnología infinitamente más avanzada que la nuestra. En cuanto a los participantes, es cierto que Paesa jugó un papel: el de señorito vendedor de misiles. 

Un inciso: ¿es habitual la compra venta de material entre servicios secretos?

Los departamentos de inteligencia no venden su tecnología, salvo que innoven una mejor de la que tenían, como hacen mucho los israelíes, los más sofisticados del mundo en este aspecto.

Cierro inciso y vuelvo a Paesa: ¿fue aquella su última colaboración con Interior?

Años después, se le utilizaría para disuadir a Amedo y Domínguez, cuando ya estaban decididos a tirar de la manta en el caso GAL; pero yo en eso no quise participar. 

Que no se fiaba del personaje, vaya.

En su momento, cuando el secuestro del industrial Emiliano Revilla, Paesa intentó colarnos una información falsa para hacernos patinar. Ahí me di cuenta de la clase de personaje que era. Menos mal que actuamos con cuidado y prudencia.

Sin embargo, no todos los informadores resultaron tipos de los que desconfiar. Ángel Guerrero, por ejemplo.  

Ángel Guerrero fue un personaje controvertido. Venía de militar en el mundo anarquista y presumía de haber intentado atentar contra el general Franco. Algunos policías de la época, sin embargo, lo ponían en duda. Es más, me aseguraban que incluso le infiltraron en los círculos del exilio parisino.

“Uno de nuestros colaboradores, Ángel Guerrero, pertenecía a la masonería, lo que explica su asombrosa capacidad para moverse por los pasillos y despachos del Ministerio del Interior de París”

O sea, que usted manejaba información de cuando estuvo en Interior, pero también de etapas anteriores.

Es lo que tiene la función pública: que te nombran para algo y son muchos los que se quieren congratular contigo, por ejemplo, contándote cosas.

Volviendo a Guerrero. ¿Cómo llegó hasta su despacho?

Desde Moncloa, por recomendación de Julio Feo, secretario de Presidencia. He de decir que le recibí con ciertos recelos. 

¿Qué los disipó?

Su asombrosa capacidad para introducirse en París. Y cuando digo “París”, digo el Ministerio del Interior, sus pasillos y despachos, así como la fiscalía y la judicatura. Hay que recordar que entonces España no tenía una relación muy fluida con Francia en materia antiterrorista, situación que no empezaría a cambiar hasta finales de los ochenta. Documentos que Francia no nos podía facilitar oficialmente, Ángel Guerrero nos los traía directamente desde París.

La pregunta es cómo.

Algo debió de influir su pertenencia a la masonería. Le he contado cómo Ángel Guerrero desembarcó en Interior desde Moncloa, pero no cómo llegó hasta allí: recomendado por una destacada dirigente del PSOE también vinculada a la masonería: Carmen García Bloise. En cualquier caso, fue un hombre de mucho interés para nosotros, la entonces cúpula del ministerio. 

¿Y para los que les sustituyeron? ¿También les fue de interés?

Cuando me marché de Interior, me sustituyó Margarita Robles, quien siguió recurriendo a sus servicios. Claro que la preocupación de ella y su equipo era blanquear la anterior etapa, la nuestra. Recuerdo ahora una cosa que contaba Ángel Guerrero con bastante gracia. 

¿Qué cosa?

La vez que hubo unas detenciones en Francia y Robles le llamó para que se trajera de allí toda la información posible. “¿Cómo quiere usted que la consiga?”, le preguntaba Guerrero. “Hombre, ya sabe…”, respondía ella. “Pues no, no sé”. “Ya sabe, apretando”. “Pero apretando cómo”. “Eso, apretando”. “Pero cuánto”. Y así la tuvo una tarde entera, provocándola, sin conseguir que le dijera ni cómo tenía que apretar, ni cuánto, ni hasta dónde.

La anécdota pone de manifiesto que los confidentes, informantes, colaboradores, o como quiera llamárseles, lo son de una persona, con nombres y apellidos, no de una institución.

Efectivamente. Todo ese mundo se mueve en una línea de confianza personal, rozando incluso la amistad, lo cual es peligroso, sobre todo para el destinatario de la información.

¿Peligroso por qué?

Porque no todas las veces te dicen la verdad. Y no siempre para hacerte patinar; en ocasiones, es curioso, lo hacen por seguir contando con tu protección. 

“He llegado a reunirme con dirigentes de Herri Batasuna para diseñar operaciones contra ETA; entenderá que no diga sus nombres”

¿Qué pasa, piensan que si no te cuentan cosas, les vas a dejar caer?

Por eso tienes que conocer su psicología, para poder manejarles y saber en qué momento te engañan y en qué momento no. 

¿Alguna vez conoció a alguno que no fallara nunca?

Sí, uno que ya murió, un confidente irrepetible, único en su especie por la calidad y precisión de su información y, sobre todo, por su honradez personal. Lo tuvo muchos años a su servicio el general Galindo, al que, por cierto, le hizo mucho daño la acusación de pagar a algunos informadores con la droga de los alijos. No era este, sin embargo, el caso.

Entiendo entonces que el súper confidente del que hablamos estaba relacionado con el submundo de ETA. ¿Era eso frecuente?

He llegado a reunirme con destacados dirigentes de Herri Batasuna que colaboraron con nosotros en operaciones importantes; entenderá que no diga sus nombres. 

¿Por qué esa doble militancia, por llamarla de alguna forma?

Porque, créame, la cárcel es muy dura, y todo el que puede, la evita. Muchos lo hacían convirtiéndose en colaboradores. Sin embargo, en ocasiones las pruebas eran tales, que resultaba muy difícil sacarles del embrollo y tenían que ser los policías los que explicaban a los jueces el papel que jugaban algunos encausados.

Supongo que la información de ETA no se la proporcionaba siempre gente del entorno.

Estoy trabajando en un libro, otro. Infiltrados, lo quiero titular. Un libro que pretendo que se convierta en serie, como pasó con mi novela El padre de Caín. La idea es contar casos especiales -y reales- protagonizados por policías y guardias civiles infiltrados en ETA. Que los hubo (mujeres incluidas, por cierto), más allá del famoso Mikel Lejarza “Lobo”, si bien este no era miembro de las fuerzas de seguridad.

Batasunos, policías, guardias civiles… ¿Más informadores?

Apunte también capos de la mafia. Fue uno de ellos -en concreto, de la mafia de Burdeos- quien nos contó en mi despacho que el principal problema de Interior con ETA era la existencia de un comando del que no sabíamos su existencia. Un comando, en fin, no radicado ni en Madrid, ni en Barcelona, ni en Sevilla, ni en ningún otro sitio, formado por militantes del País Vasco francés, algunos de ellos pied noirs, que cometían un atentado y enseguida regresaban a Francia. 

El famoso comando itinerante de Henri Parot.

Al que detuvo en Sevilla un sargento de la Guardia Civil al frente de un control montado, curiosamente, para el Grapo. 

Hablamos de ETA, hablamos del Grapo, sin embargo, la violencia política aquellos años también vino de la derecha, de la llamada extrema derecha.

Si bien había gente de extrema derecha que no era violenta, sí había violentos en la extrema derecha. Y muchos. En esa época, tenían incluso esperanzas de cambiar el sistema por la fuerza.

“El PNV le ofreció la jefatura de la Ertzaintza a Rodríguez Galindo”

¿Y era cierto que contaban con la cobertura de ciertos policías?

Lo que era cierto es que había policías que simpatizaban con la extrema derecha, aunque a la hora de la verdad, la información que manejaban esos agentes la utilizaban luego para neutralizar a los grupúsculos con los que se reunían; es lo que tiene estar a sueldo del Estado. Por otro lado, el control de los golpistas -de los militares, por supuesto-, fue lo que llevó a la desaparición de la extrema derecha en España.

No fueron aquellos militares los únicos que acabaron en la cárcel. El general Galindo también, solo que por muy distintos motivos.

Galindo, del que ya hemos dicho algo, destacó especialmente en la lucha contra ETA, primero como jefe de los servicios de información de Inchaurrondo y luego al frente de la comandancia de la Guardia Civil en Guipúzcoa. Para hacernos una idea de su liderazgo, la titularidad de las comandancias recaía en los tenientes coroneles, si bien con Galindo, siendo todavía comandante, se hizo una excepción, pues tenía una visión clara de cómo hacer las cosas.

¿Y cómo había que hacer las cosas?

Con inteligencia. Pero con inteligencia de verdad. Algo solo posible con gente de nivel, como los oficiales que reclutaba Galindo en Aranjuez, tenientes recién salidos de la academia y deseosos de combatir en la primera fila. 

Porque el País Vasco era la primera fila.

Era Fort Apache, con los cuarteles como fuertes, y los guardias civiles y sus familias rodeados por los indios. 

¿Solo por los indios?

También por una clase política siempre atacando la lucha antiterrorista y por unos jueces que, temerosos de sus vidas, procesaban a los guardias civiles a la mínima acusación de tortura. Únase a la desmoralización que esto provocaba, la escasa preparación de los agentes y el estado de las instalaciones. 

¿Cómo era este?

Desastroso. No digo que estuvieran en ruinas, pero casi. Por no hablar de las condiciones de vida y de las medidas de seguridad. En un cuartel con ocho o diez familias, a lo mejor había un solo cuarto de baño, y la protección a las entradas era con sacos terreros, no con garitas blindadas. 

¿Cuándo empezaron a tomarse cartas en el asunto?

En la época final de la UCD, con Rosón como ministro de Interior. Y luego con nosotros, que dedicamos un esfuerzo notable. Hasta entonces, ya digo, la situación era penosa. 

Hablamos de Guardia Civil, pero ¿y la Policía Nacional?

Al principio, era la Policía la que llevaba la lucha antiterrorista, entre otras razones, por esa falta de preparación de la Guardia Civil de la que hablaba; preparación que, poco a poco, fue adquiriéndose. Finalmente, con el despliegue de la Ertzaintza, la Policía se retiró (si bien siguió actuando), quedando la Guardia Civil en la vanguardia. Por cierto…

Sí. 

A lo mejor no se sabe que el PNV llegó a ofrecerle la jefatura de la Ertzaintza al que luego sería su gran enemigo: Galindo.

“¿Pedro J? Me he tomado más de un café con él”

Los amigos del nacionalismo burgués parecían ser otros: ETA, por ejemplo.

El PNV tenía un contacto muy fluido con los etarras en Francia; de hecho, muchos peneuvistas que vivían allí se movían a la perfección en ese mundo. 

Volviendo a Galindo, cuesta imaginarle sin tricornio, con la boina roja de la policía autonómica vasca. 

Galindo era ante todo guardia civil; tanto, que de joven fue el último guardia civil que salió de Guinea, llevándose consigo en el barco la bandera española.

Tiene sentido que los abertzales le convirtieran en su bestia negra, a Galindo, pero no que la derecha española le dejase caer.

Hubo un tiempo, cuando Aznar empezaba a percibirse como alternativa de Gobierno, en que fue a visitarle a Inchaurrondo, para homenajearle, agradecerle lo que hacía e intercambiar con él puntos de vista. Lo sé porque Aznar me pidió autorización a mí, todavía en Interior. Luego el PP ganaría las elecciones y a Galindo lo sacrificarían como a un corderito. Por decirlo suavemente, me pareció miserable.

Otro que fue inmisericorde con Galindo fue Pedro J. Ramírez, de quien Felipe González, por cierto, dice que nunca se tomaría un café con él. ¿Y usted?

Me he tomado más de uno. Tiene que ver el artículo que me dedicó en mi despedida de Interior, una de esas cartas del director que publicaba los domingos en El Mundo, a doble página y con ilustración. Espectacular. La llevo en el móvil para enseñársela a los no creyentes. Porque me ensalzaba, me ponía por las nubes. Que si el policía pacifista, que si los Juegos Olímpicos, que si el mejor director de la Seguridad del Estado. Luego vendría el caso GAL, los fondos reservados, el famoso vídeo…

En algunos de esos episodios, representó un papel -protagonista, qué menos- Baltasar Garzón, entonces juez de la Audiencia Nacional.

Quiero decir lo primero que, de no haber existido la Audiencia Nacional, habría que haberla inventado, por ser un organismo necesario y determinante en la lucha contra el terrorismo y la corrupción. 

Dicho esto…

Fue precisamente la proyección de esas sus funciones la que convirtió a la Audiencia Nacional en el teatrillo mediático por excelencia y a sus jueces, en estrellas. 

¿A todos sus jueces?

A todos no. Algunos, a pesar de su presencia casi diaria en los medios, se comportaron con prudencia y profesionalidad. Otros, en cambio, debido quizás a su juventud y sus ambiciones, no supieron ser discretos, proyectándose muy por encima del resto. Baltasar Garzón, el que más. 

© Fernando Díaz Villanueva

¿De qué llegó a ser capaz el súper juez con tal de figurar?

De firmar en blanco órdenes de entrada y registro o de intervención telefónica; lo sé porque las guardaba en un cajón de su despacho un comisario general de Información.

¿Órdenes en blanco?

De esa forma, Garzón se garantizaba que, si tenía lugar una operación, allí estaría él, el primero, pues suya era la orden. Por otro lado, el juez terminó siendo imprescindible para las fuerzas de seguridad, hasta el punto de que muchos responsables esperaban que estuviese él de guardia por lo mucho que les facilitaba la labor; todo a cambio de titulares. 

De titulares y de poder.

¿Lo dice por su paso por la política? Aquello fue cuando los partidos fichaban jueces de los llamados estrella como si fueran Cristiano Ronaldo. Parecía la única forma de blanquear la corrupción política, como si los jueces esos fueran impolutos, estuvieran por encima del bien y del mal, y no tuvieran sus defectos, sus errores, su corazoncito, como usted y como yo, como cualquiera. Fue un error que cometimos todos y que todavía hoy se sigue cometiendo.

¿Qué hacer?

Soy de los que defienden que si un juez pasa a la política, no debe volver al juzgado, pues queda contaminado, tocado de por vida, da igual si el partido es el PSOE, el PP, o el que sea. Los jueces no solo deben ser imparciales, deben también parecerlo. 

¿Y, en ocasiones, mirar para otro lado? Lo digo cuando un Gobierno se sienta a hablar con una banda terrorista. Argel, por ejemplo.  

O antes que Argel, Suiza, con Rosón y la UCD. Pero hablemos de Argel. Al fin y al cabo, quien más tiempo y esfuerzo dedicó a esas conversaciones fui yo.

¿Cómo empezaron?

Por las llamadas constantes de Francia a la negociación. A pesar de las muchas gestiones policiales y diplomáticas, incluso de los encuentros de Felipe González y Su Majestad el Rey con los máximos responsables políticos franceses, la respuesta por parte de estos siempre era la misma: colaboraremos, sí, pero busquen ustedes también una fórmula para resolver políticamente el conflicto.

¿O sea?

Negocien.

Y entre la extradición y la negociación, ¿no había una tercera vía?

La expulsión a terceros países, que en esa época se utilizó mucho. Cuando las pruebas no eran concluyentes al cien por cien, corríamos el riesgo de que los jueces rechazasen la extradición, debilitándonos a nosotros, el Gobierno, y fortaleciéndoles a ellos, los etarras. Era entonces que solicitábamos a Francia la expulsión a terceros países.

“Cuando llegué a Argelia, Txomin ya estaba allí”

Terceros países, sí, ¿pero cuáles?

Cualquiera que estuviera dispuesto a acoger terroristas. No fue fácil. Tuvimos que recorrer medio mundo: Cabo Verde, Angola, Santo Tomé, Perú, República Dominicana… 

Supongo que nada era por nada.

Todo era a cambio de algo. En Cabo Verde, por ejemplo, financiamos una fábrica de cerveza que quería montar el Gobierno caboverdiano allí. Y cosas así.

¿Y el Gobierno español? ¿Qué recibía a cambio?

Tener a los etarras controlados. Cada cierto tiempo iban nuestros agentes y los servicios secretos del país que fuera les proporcionaban informaciones obtenidas bien por encuentros, bien por seguimientos, bien por escuchas telefónicas.

Un caso de etarra expulsado a un tercer país fue el de Txomin.

Francia nos dijo de antemano que no nos concedería la extradición. Si un dirigente destacado como Txomin no iba a estar en la cárcel, era mejor tenerlo controlado en algún otro país que en Francia, donde podíamos perderlo. 

¿Pero no se movían por Francia como Pedro por su casa?

Eso era al principio, cuando llegó a haber grandes complicidades entre etarras en el sur de Francia y policías de allí; a cambio de que les facilitaran información sobre Iparretarrak, la ETA francesa, los agentes no perseguían a los terroristas. El toma y daca habitual entre servicios secretos y confidentes. 

¿Qué lo cambió todo?

La guerra sucia y, más adelante, la propia presión de Francia y sus fuerzas de seguridad, todo lo cual hizo que la banda se volviera más clandestina, lo que nos dificultaba controlar a sus dirigentes. 

Por ejemplo, Txomin. Pero ¿cómo acaba el tipo en Argelia y, en consecuencia, empiezan las famosas conversaciones?

Por una operación muy inteligente que hicieron los argelinos con Francia a espaldas nuestras.

¿Y consistió en…?

En proponerle a Bongo, presidente de Gabón, donde entonces se encontraba Txomin, trasladar a este a Argelia. Una vez allí, mandaron el mensaje a España de que estaban dispuestos a ser intermediarios en un proceso negociador a cambio de recuperar unas relaciones cordiales con España (sobre todo, por el tema del gas), deterioradas a causa del conflicto del Sahara.

Los argelinos movieron ficha. ¿Y ustedes?

Yo cogí el testigo. Y me fui a Argelia, donde me reuní con un general, un tipo muy serio, el general Belgheir, jefe de gabinete del presidente Chadli Bendjedid. Fui a preguntar qué idea tenían ellos y qué podíamos hacer nosotros. Cuando llegué, Txomin ya estaba allí.

“El último secuestro de los polis-milis sirvió para financiar la primera campaña de Euskadiko Ezkerra, el partido de Bandrés y Onaindia”

¿Estaba solo?

Le acompañaban, para fortalecer su papel, algunos pistoleros de la banda, como Belén o Macario. 

¿Eso lo sabía usted?

Interviú había publicado en portada una foto de Macario y de Belén en un mercadillo de Mali, república centroafricana controlada por Argelia. El día de la publicación, yo me encontraba de viaje oficial en Viena. Algunos periodistas, por fastidiar, me preguntaron si lo sabíamos, porque se suponía que los etarras estaban en Francia. Vi clara la respuesta: sí, lo sabíamos. Engañé, mentí, pero era la respuesta que tenía que dar. 

¿Por qué?

Porque quien hubiera filtrado la foto -alguien del Cesid de entonces, sospecho- quería desactivar, liquidar la vía de Argelia, que a nosotros, en cambio, nos parecía vital. Bueno, a nosotros y al resto de partidos. Porque por el despacho de Corcuera, entonces ministro de Interior, pasaron Manuel Fraga, de AP; Santiago Carrillo, del PCE; José Ramón Caso, del CDS. Con todos ellos acordamos abrir las conversaciones con ETA. Con ellos y también con el PNV y con CiU.

¿Con qué finalidad?

Encontrar una vía de solución al problema etarra.

¿Y bajo qué condiciones?

La de que solo hablaríamos de temas relacionados con los presos, la de que nunca plantearíamos una negociación política. Otra cosa es que le diéramos un revestimiento de conversación política para darle una baza al mundo de Herri Batasuna.

¿Presente también en Argel?

Nos constaba que había miembros de HB asesorando a los terroristas. Pude comprobar, y es testigo Juan Manuel Eguiagaray, entonces delegado del Gobierno en Murcia y luego ministro de Industria con González, que las posiciones de la sala de al lado, donde estaban los batasunos -Iñigo Iruin y compañía-, eran más duras que las de los pistoleros -los Macarios y las Belenes-, quienes ya acusaban un cierto cansancio.

¿Fantaseaban acaso con una escisión como la de los polis-milis?

No. Aunque ya que saca el tema, deje que le cuente una anécdota curiosa: el último secuestro de los polis-milis, el de un industrial muy importante de Valencia, sirvió para financiar la primera campaña electoral de Euskadiko Ezkerra, el partido de Bandrés y de Onaindia. Pero estábamos en Argelia.

“La verborrea política de Antxon, todo el rato con el marxismo, era insoportable de escuchar, infumable”

La cosa no llegó a buen puerto.

Porque Txomin se mató.

En un accidente en el desierto.

Eso es lo que contó el Gobierno argelino. 

¿Y no?

No. Se mató, tal como nos lo reconocieron, en unas maniobras cerca de Argel, en Shouma, donde estaba la escuela de la Policía. Porque Txomin era coronel de la Policía argelina.

¿Un etarra alto mando de unas fuerzas de seguridad?

Y con coche oficial, para darle la importancia que él quería. El caso es que se mató, como digo, en unas maniobras cerca de Argel. ETA perdió a uno de sus líderes más carismáticos. 

Y ustedes, el Gobierno, a un interlocutor válido. 

Fue entonces que trasladamos desde Sudamérica a Antxon, jefe político de ETA, y le colocamos al frente de las conversaciones, con la condición al Gobierno argelino de que si la negociación fracasaba, expulsaba a todos los etarras de su territorio y los trasladábamos a la República Dominicana, con la que habíamos pactado previamente. Como todo el mundo sabe, la negociación fracasó. 

¿Cómo fue su desarrollo?

Tuvimos tres encuentros, siendo lo primero fue una puesta en escena con un comunicado de ellos y uno nuestro donde anunciábamos nuestra intención de comprobar la posibilidad de que la banda recapacitara y abandonase la actividad terrorista.

Todo acompañado de una tregua.

De quince días, sí, que luego se prolongaría unos meses y, a partir de esa tregua, mucha palabrería por su parte, muy rimbombante. La verborrea política de Antxon, todo el rato con el marxismo, era insoportable de escuchar, infumable. Hasta que  rompimos.

¿Y mientras, en España, cuál era el papel de las fuerzas se seguridad?

Fueron días, semanas, meses, muy duros. Por ejemplo, Galindo tenía localizado un comando en el País Vasco, dentro de Guipuzcoa, un comando muy peligroso que había recibido instrucciones de pasar a Francia a esperar. ¿Qué hacíamos, dejarles escapar sabiendo que, si la tregua se rompía, volverían a España a matar? ¿O les deteníamos, como era nuestra obligación, poniendo en peligro las conversaciones?

¿Qué hicieron?

Primero, pedirle a Galindo que alargara el operativo, corriendo sus hombres grandes riesgos, y cuando ya estaban los etarras a punto de huir, detenerles; menos mal que todo coincidió con la ruptura de la tregua por parte de la banda; ruptura que no fue fácil, y no solo con los terroristas. 

“Lo que no sabían los etarras de República Dominicana era que en la casa en la que vivían se les grababa todo; teníamos información de primera”

¿Quién más lo puso difícil?

Un sector del Gobierno argelino, al que costó convencer de lo de la expulsión, a pesar de haberse comprometido. Sostenían algunos que el suyo era un país de referencia para los movimientos de liberación. Ellos mismos se habían independizado de Francia y allí tenía su sede central la OLP de Arafat. Querían seguir siendo un referente mundial, pero si rompían con ETA, temían que su prestigio revolucionario saliese perjudicado.

Y sin embargo…

Sin embargo, contamos con el apoyo sin fisuras del jefe de gabinete del presidente Chadli Bendjedid, el general Belgheir, y también con el del ministro del Interior y el del director de los servicios de inteligencia. Los tres cumplieron su palabra de expulsar a los etarras, así que enviamos un avión para llevarlos a República Dominicana, con el compromiso por nuestra parte de no devolverlos a España. Pero se enteró Garzón, que estaba de guardia, y, claro, nos entró un miedo tremendo. 

¿A qué, exactamente?

A que hiciera una garzonada, por ejemplo, ordenar al avión aterrizar mientras sobrevolaba espacio aéreo español, poniéndonos en un compromiso diplomático con los argelinos. Pero finalmente no hizo de las suyas y nosotros respiramos aliviados. 

República Dominicana, decía.  

Sí, allí se instaló todo el grupo ese de Antxon, Macario, Belén, Soares Gamboa… Y allí también cada cierto tiempo recibían, como si del Dalai Lama se trataran, visitas del mundo de Herri Batasuna. Lo que no sabían, como decía antes, era que la casa en que vivían estaba vigilada por los servicios dominicanos, que lo grababan todo. Teníamos una información de primera, mejor de la que hubiéramos podido tener con los etarras en la cárcel.

Todo esto demuestra que la política de Interior tiene mucho de exterior.  

Pero no solo por ETA. También por el terrorismo islamista, entonces vinculado a grupos palestinos, y que ya empezaba a actuar aquí. Hablábamos antes de la bomba en el bar El Descanso, pero también se atentó contra un funcionario de la embajada de Israel en Madrid y contra las oficinas en Gran Vía de El Al, las líneas aéreas israelíes; logramos detener a los autores y meterlos en la cárcel.

Por situarnos en el tiempo…

Sucedió cuando el Gobierno de Felipe González estableció relaciones diplomáticas con Israel, abriendo una embajada allí. Lo cual, por cierto, me pareció necesario y oportuno, más después de lo bien que se portaron siempre con nosotros los israelíes en materia antiterrorista, con medios y con asesoramiento. Pero es verdad que aquello provocó una reacción en el mundo árabe, donde hasta ese momento nos veían como a un país amigo. 

¿Cómo decidieron anticiparse en Interior a lo que pudiera pasar?

Creando un grupo llamado la Brigada Exterior. Lo creamos con la ayuda de la CIA. Porque, claro, atender a todos los frentes nosotros solos era difícil.

“Una facción chiita secuestró a unos españoles y yo, que era joven e impaciente, le dije a Barrionuevo: ‘oye, ministro, que me voy para Beirut'”

Viene al caso aquí que hablemos de su aventura beirutí.

Supongo que sé a lo que se refiere.

Al secuestro de unos españoles en Beirut y el papel por usted jugado para su liberación.

Yo entonces era subsecretario de Interior y, como tal, dada la situación, me correspondió mandar a los geos, la unidad especial de la Policía Nacional, como refuerzos a determinadas embajadas, entre ellas, la del Líbano, por aquellos tiempos un caos, con su eterna lucha entre cristianos y chiitas. El caso es que en el camino del aeropuerto a la embajada, los geos fueron secuestrados, y con ellos, el conductor del automóvil. 

Todo un mazazo.

Sobre todo para los compañeros de los geos, con la moral ya muy baja por ser constantemente utilizados aquí, en España, en acciones de mucha tensión y peligro, como eran las operaciones antiterroristas. Sumémosle a esto que la situación en Beirut se enquistó; pasaba el tiempo y no sabíamos cómo afrontarla. Y yo, que entonces era joven, impaciente y no me importaba arriesgar nada, de buenas a primeras le dije a Barrionuevo: “oye, ministro, que me voy para Beirut”. 

Y para Beirut se fue.

Había que establecer contacto con los secuestradores y resolver el tema ya, no podíamos seguir así. 

Aparte del ministro, ¿con quién más habló?

Con nuestro embajador en el Líbano, Pedro de Arístegui (padre, por cierto, de Gustavo), un gran tipo destinado antes en otros países complicados, como Nicaragua, y que había sido gobernador civil en Guipúzcoa. Hablé con él y también con Rafael Pastor, director general de Consulares, un hombre muy decidido, muy valiente, al que cuando se lo comenté me dijo: “vámonos”. 

Y se fueron.

Cogimos un Mystère, sí, y nos fuimos. Con tan mala pata de que no nos dejaron aterrizar en el aeropuerto de Beirut y tuvimos que hacerlo en Chipre, y desde allí, en un barco de viajeros, hasta el Líbano, en uno de cuyos puertos fue a esperarnos Arístegui, que nos llevó a la embajada.

Bien, ya están en Beirut.

Y lo primero que hacemos es entrevistarnos con un médico de allí que nos presenta el embajador. Los médicos, por esa labor humanitaria que hacen, conocen a mucha gente. Este a quien conocía era a uno de los líderes de las facciones chiitas de Beirut: Abi Berri. Fuimos, claro, a verle. 

Cabe suponer que el barrio chiita no era visita turística obligada, como tampoco lo sería el cristiano.

Era como atravesar un campo de minas, con francotiradores apostados de un lado y de otro; la línea verde, la llamaban. El caso es que llegamos hasta Abi Berri, que nos recibió y con quien tuvimos dos o tres encuentros más, negociando. Ellos entregaban a los secuestrados y nosotros, a cambio, una vez de vuelta a casa, y pasado un tiempo prudencial, liberaríamos a sus hombres detenidos en España.

© Fernando Díaz Villanueva

¿Cumplió Abi Berri?

Nos engañó en una cosa. 

¿Cuál?

Que a los secuestradores no los controlaba él, que era un grupo joven, radicalizado, pero que iba a hacer todo lo posible para hablar con ellos y convencerles.

Por lo demás…

Una mañana recibimos una llamada en la embajada citándonos para el día siguiente. Así que volvimos a cruzar la línea verde y, al rato, una puerta se abrió y de ella salieron -aseados, afeitados- los geos y el funcionario secuestrados. Nada más reconocernos, pasaron de las caras largas a la sonrisas de oreja a oreja; sabían que eran hombres libres. 

Ahora les tocaba a ustedes, el Gobierno, cumplir con su parte del plan.  

Unos meses de nuestra llegada a España, tramitamos con Justicia una rebaja de la condena, en realidad un indulto encubierto, y enviamos a los detenidos de vuelta al Líbano.

¿Cómo lo justificaron?

Diciendo que no habíamos negociado con terroristas, sino con un grupo político, entonces en guerra con los cristianos; un grupo que representaba a muchos cientos de miles de personas; grupo, a su vez, que negoció con otro más pequeño, al cual no controlaba directamente, pero que sí operaba en su territorio. De nosotros dependía la liberación de aquellos hombres o su liquidación. ¿Qué querían que hiciésemos?

De haber fracasado en su intento, hubiera tenido que asistir al funeral de aquellos agentes, no precisamente una novedad para usted.

No digo que asistiera a todos, pero sí al 70 por ciento de los funerales. O al 60. ¿Y sabe qué? Nunca me acostumbré. Al final, incluso me costaba mucho.

¿Por qué?

Porque aunque los terroristas eran los que mataban, tú eras el responsable de evitar que volvieran a hacerlo y era a ti a quien correspondía dar explicaciones. El paso del tiempo, las cosas que has visto, lo mucho que has sufrido, hace que se atempere la ilusión con la que en su día aceptaste una responsabilidad como la mía aquellos años.

Llevamos un buen rato hablando de seguridad, pero referida en todo caso al terrorismo, no a otros muchos aspectos.

A veces es que es difícil distinguir. Por ejemplo, la conflictividad laboral de aquellos años, con la reconversión industrial, la aprovechó en el País Vasco el sindicato LAB, el más radical, para hacer constantes llamadas a la clase trabajadora para manifestarse e ir a la huelga; eso nos obligaba a tener allí un considerable dispositivo policial de reserva, dedicado no solo a la lucha antiterrorista. Pero sí, la seguridad afectaba a muchos otros aspectos, para lo cual hay que comparar la España de hoy con la de entonces. 

“La primera reforma socialista del Código Penal puso en la calle a 9.000 delincuentes comunes, siendo los más afectados por la medida los barrios de clase media y baja”

Proceda pues.

La España de hoy es, desde hace ya tiempo, una España en technicolor. Pero la España de aquellos años, la de los primeros ochenta, era todavía una España en blanco y negro, con una calle muy complicada, muy difícil, con mucha delincuencia.

¿Fruto de qué?

Fruto en parte -solo en parte- de la Transición. Alabamos mucho ese periodo. Y es verdad que se supo poner casi siempre el interés de España por encima de los intereses partidistas, a base de mucha negociación, de mucho acuerdo. Finalmente, la gente fue confiando cada vez más, estabilizándose el país y asentándose la democracia, a lo que contribuyó que a los golpistas se les neutralizase y la consolidación de los socialistas en el poder.

¿Y cuál fue la cara B de todo aquello?

Que la Transición se hizo sobre la marcha, a golpe de improvisación, sin planificar. Pero, ya digo, no solo la Transición.

¿Qué más?

El programa con el que los socialistas llegamos al poder, sin ir más lejos. Un programa que contemplaba una reforma del Código Penal y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal por la que se ponía en libertad a 9.000 presos comunes.

Las calles se llenaron de delincuentes.

Siendo los más afectados los barrios de clase media y baja, lo que nos obligó a poner en marcha operaciones especiales. Es lo que manifestaba al comienzo: sin seguridad no hay libertad, y sin libertad no hay democracia, no puede haberla. 

Eso lo entenderían muy bien los vecinos de aquellos barrios.

Otros, en cambio, no. Recuerdo ahora las críticas -durísimas- de El País en sus editoriales contra dos de nuestros dispositivos: la operación Loro y la operación Primavera. 

¿En qué consistió la primera?

En una serie de redadas por el tema de los robos de coches y también de las radios de los mismos. La clave era desmantelar a los compradores, los peristas. La operación la bautizamos “Loro” porque así era como se llamaba entonces a las radios.

¿Y la otra? ¿En qué consistió la otra, la operación Primavera?

Tenía que ver con la droga, para ser exactos, con España como punto de entrada natural de la droga procedente de Latinoamérica. Formamos una trilateral con Italia, segundo país de Europa de entrada, y, por supuesto, con Colombia.

¿Las claves del acuerdo?

Eran dos: controlar los productos químicos utilizados para convertir la hoja de coca en cocaína y controlar también el paso del estrecho hacia el Mediterráneo y las costas de Galicia, donde los contrabandistas de tabaco empezaban a pasarse a la nueva droga, con planeadoras y lanchas rápidas para descargar.

“La derecha tenía tantas prisas por llegar al poder que cualquier cosa le valía” 

¿Resultados?

Puedo decir que funcionó muy bien aquella trilateral, en la que se hicieron importantes operaciones, y donde llegó a participar Estados Unidos con su agencia antidroga, la DEA.

¿Hubo entendimiento con los americanos?

Les convencimos de que el problema no era solo de los países productores, sino de los consumidores también. Porque hasta entonces la lucha de la DEA consistía en arrasar con fuego las plantaciones, arruinando a los campesinos de países como Bolivia y Perú, donde la hoja de coca es un producto de consumo habitual para superar el mal de altura, aunque también como suministrador de vitaminas y minerales y, para muchas personas sin recursos, un sustitutivo alimenticio. Pero como todo dura lo que dura, la cosa funcionó hasta entonces. 

¿Se refiere a la trilateral?

Me refiero a la alarma social. Hubo presión en el tema de la droga mientras la opinión pública apretó, pero en el momento en que bajó el acelerador, dejó de haberla y dejaron de producirse informaciones preocupantes, escandalosas. Y el problema percibido como tal por la gente siguió siendo otro. 

¿El terrorismo?

Hubo un momento en que pareció que no seríamos capaces de acabar con él. Pero no porque cuando se detenía a un jefe ETA inmediatamente lo sustituía por otro, sino por el enorme impacto del fenómeno en la sociedad. Además… 

Sí.

En política pasó de haber un consenso y de no criticar la lucha antiterrorista a criticarla abiertamente, utilizándola como moneda partidista. Aquel fue un error gravísimo que produjo desasosiego en las fuerzas de seguridad y desconfianza en los servicios de inteligencia de otros países, pues todo se empezó a filtrar. Se tardarían años en recuperar lo que se había hecho.

¿Según usted, quién fue el responsable?

La derecha, que tenía tantas prisas por gobernar que todo le valía. Yo dije en mi partido, y se lo dije a quien se lo tenía que decir, que teníamos que echarnos a un lado y no esforzarnos por mantenernos en el poder a toda costa. Pero, claro, uno se presenta a las elecciones para ganarlas, no para perderlas, por más que nosotros aquellas las perdiéramos.

No puede hablar sino de las del 96.

Hablo también de los años que las precedieron, el 94 y el 95, con el escándalo de la guerra sucia y los fondos reservados. 

¿Qué les desgastó más?

Los fondos reservados, sin ninguna duda. La guerra sucia era un asunto de segunda. Porque aquí, en España, es peor robar que matar. Si a los terroristas los liquidaban, pensaba la gente, era porque se lo merecían. Ojo por ojo, diente por diente. Otra cosa era el dinero… el dinero público. 

“¿Que si ordené un código rojo? Hombre, rojo-rojo no. Ahora, si me pregunta por un código naranja justo antes de llegar a rojo…”

Usted fue condenado por uno y otro caso, los fondos reservados y la guerra sucia. Entienda que, por más que ya haya sido juzgado, se lo tenga que preguntar: ¿robó?

Nuestro amigo Pedro J. nos acusó, con grandes titulares en su periódico, a José Luis Corcuera y a mí de tener cuentas en Andorra y en Suiza. Se me ocurrió una tontería que, vista ahora, me pregunto para qué, si bien en esa época de presión mediática tremenda fue lo que se me ocurrió para salvarme yo y salvar a mi familia.

¿Qué cosa fue aquella?

Ir a un notario de la plaza del marqués de Salamanca y pedirle poderes para que todos los directores de periódicos pudiesen investigar cualquier cuenta mía en el extranjero; poder que les remití por correo certificado. Ninguno encontró cuenta alguna en el extranjero. Pero ninguno tampoco rectificó. Hoy, te metes en internet, y de mí se dice lo que se dice: lo mismo que hace veinte, veinticinco años. Y, sin embargo, hay que hacerse una pregunta. 

¿Cuál?

¿Por qué, después de tantos años, aquí le han encontrado cuentas en el extranjero a todo el mundo menos a mí?

¿Por qué?

Fácil. Porque no las he tenido nunca. 

Cosa distinta son los fondos reservados.

Los socialistas no hicimos nada distinto de lo que se hacía en tiempos de la UCD. Es más, cuando Felipe llegó a la Moncloa, Leopoldo Calvo Sotelo le pidió poder distribuir entre sus colaboradores los fondos reservados que quedasen, como una indemnización por los servicios prestados. 

¿Está de acuerdo con el proceder?

Es lo menos que puedes hacer cuando estás exigiéndole a tus hombres un dedicación plena de 24 horas, sin vacaciones y tampoco la posibilidad de redondear ingresos ocupando cargos en consejos de empresas estatales. Ojo, que cuando hablamos de fondos reservados, hablamos de gratificaciones complementarias, no de llevarse el dinero en sacos, como decía El Mundo.

Hombre, uno que casi se lo llevó así, si es que directamente no lo hizo, fue Luis Roldán, director general de la Guardia Civil.

El caso Roldán fue el auténtico detonante de todo, aparte del peor escándalo de la democracia. Porque puede llegarse a entender que huya con el dinero el director general de Tráfico, incluso el de la Agencia Tributaria, ¡pero el de la Guardia Civil! Eso multiplicó por mil el efecto, que fue demoledor. Cuando estando él en París me llamó, así se lo dije: “oye, Luis, vente para acá y da la cara”.

¿Solo por lo de los fondos reservados o también por los GAL?

Los GAL cometieron un error de bulto, de principiante: ponerse un nombre. El que lo hizo, se equivocó. 

También tenía nombre el Batallón Vasco Español.

Que actuó en tiempos de la UCD y que provocó más muertos que la guerra sucia cuando los socialistas; muchos más. 

Empezábamos hablando de películas y, si le parece, vamos a terminar hablando de películas, en concreto, de Algunos hombres buenos, donde en un momento dado se le pregunta a uno de los protagonistas si se extralimitó en el ejercicio de su autoridad, si ordenó un código rojo. ¿Y usted?

Entenderá que la respuesta haya que modularla. Porque, qué duda cabe, hay barreras, límites, que no se pueden traspasar. Claro que todo depende de las circunstancias del momento. La sociedad hoy no permitiría lo que entonces, a principios de los 80, quizás sí. Pero me había hecho usted una pregunta ¿Que si ordené un código rojo? Hombre, rojo-rojo no. Ahora, si me pregunta por un código naranja justo antes de llegar a rojo…