Una vez dije de Fernando Díaz Villanueva que era un grupo multimedia a una mochila pegado: hace texto, hace fotos, hace audio, hace vídeos, y todo lo hace en tiempo y forma. Lo dije -si es que soy un visionario- mucho antes de que al tío le diera por montar en su casa un podcast, La ContraCrónica, con el que hoy le habla de tú a tú (en iVoox, entiéndase, no en el EGM) a los popes de la radio. Alrededor de La ContraCrónica han empezado a brotar, de forma orgánica, textos, vídeos y fotos, todos con la firma de FDV -lo dicho, un multimedia-, la suma de lo cual le alcanza para pagar las facturas y llegar a fin de mes. De estas y otras muchas cosas hablamos en la entrevista, donde no le afeé en público modos, maneras y, sobre todo, fijaciones personales suyas que sí le he reconvenido en privado alguna vez (tampoco muchas, eh, que uno es su amigo, no su padre).

-¿Cómo reaccionaron tus padres el día que llegaste a casa y les dijiste que eras de derechas?

-¿Cómo quieres que reaccionaran? Pues bien. Ten en cuenta que mis padres nacieron poco después de terminar la guerra y vivieron buena parte de su vida durante el franquismo. Las pasiones políticas ya se habían atemperado (se normalizarían luego en la Transición), tras haber vivido el país peligrosamente desde las grandes huelgas revolucionarias del 17 hasta el final de la guerra en el 39.

-Te lo pregunto porque les tenía, a tu padre y a tu madre, por dos comunistas furibundos.

-Mi padre nunca lo fue. Votaba al PSP de Tierno Galván porque le parecía más fino e ilustrado. En cuanto a los Villanueva, es verdad que eran del partido -del Partido Comunista-, solo que unos estaban más convencidos que otros; mi madre era de estos últimos.

-¿En qué se traducía ese compromiso light?

-En votar al PCE. Pero al PCE de la Transición.

-¿Por qué la precisión?

-Porque con aquel PCE uno no sabía dónde terminaba el comunismo y dónde empezaba el antifranquismo. 

-Eso lo cuentan muy bien aquellos que en los sesenta y en los setenta se hicieron comunistas por antifranquistas.

-Otro que lo contaría muy bien sería mi abuelo, si viviera. Estoy seguro de que si le preguntáramos, su comunismo no sería como el de Alberto Garzón, sino que nos reconocería que estaba marcado por el franquismo.

“Me acuerdo de las clásicas cenas de Navidad en casa de mis padres, donde se montaban unas broncas tremendas, con unos a favor de Felipe y otros en contra; terminada la discusión, todos seguían jugando al mus, como si nada”

-¿Tanto influyó ese periodo?

-El franquismo fue un trauma. Un trauma doloroso para mucha gente, pero también un trauma en el sentido de ruptura. El franquismo marca un antes y un después, es un parteaguas de la historia de España como lo fueron las guerras napoleónicas en la historia de Francia. No solo influyó en las generaciones que vivieron a lo largo de esos cuarenta años, sino que nos sigue influyendo hoy, incompresiblemente.

-¿Incompresiblemente?

-Incomprensiblemente, sí. Para comprenderlo, habría que preguntarles a aquellos empeñados en el error de que esa herida no cicatrice nunca, cuando debería haberlo hecho ya.

-De hecho, hoy se habla más y con más pasión de Franco que cuando tú y yo éramos pequeños, con el cadáver del general todavía caliente.

-Es que lo de radicalizar las posturas hasta hacerlas irreconciliables es una cosa de ahora, de hace cuatro o cinco años. Y espero que dure poco. De momento, sigue siendo posible -y normal- tener amigos que no compartan tus ideas políticas. Hablando de todo esto, me estoy acordando de una cosa.

-¿De qué?

-De las clásicas cenas de Navidad en casa, donde se montaban unas discusiones políticas de padre y muy señor mío, con unos a favor de Felipe y otros en contra. El caso era que, terminada la discusión, todos seguían jugando al mus como si nada. 

-La referencia a Felipe nos sitúa automáticamente en la España de los ochenta.

-La feliz España de los ochenta. 

-La España en la que los Díaz Villanueva, como tantas otras familias, prosperaran.

-Fue un momento de crecimiento para el país y también para la gente trabajadora y bien formada, como mi padre, ingeniero de telecomunicaciones y hombre muy inteligente. A mi padre le empieza a ir bien profesionalmente y nosotros, su familia, pasamos a vivir de forma confortable, en mejora constante: mejor casa, mejor coche, mejor todo. Ese, el de la clase media alta de la época, es el ambiente en el que yo me crié.

-Ambiente, cabe insistir, poco o nada politizado.

-En casa la política no se respiraba. Si acaso, se comentaba por encima. Muy por encima. Qué sé yo, el debate del aborto del 85, por ejemplo.

-¿Y nunca te sedujo el historial antifranquista de alguno de los miembros de tu familia?

-Pero es que la mayoría eran antifranquistas de parchís, o sea, de comerse una y contar veinte. Por otro lado, el comunismo, ya entonces, me parecía rancio, cosa de puretas, y los comunistas, más vistos que el TBO. Miraba las marchas anti-OTAN a la base de Torrejón y pensaba: “¿Estos son los parias de la tierra? Pues, de entrada, ni me gustan ni me interesan”. Hoy, si tuviera quince años, podrían llamarme la atención los de Podemos, quién sabe. Porque a esa edad las modas y las percepciones importan.

“De niño aborrecía la Física y las Matemáticas. Por eso, cuando me castigaban a estudiar, me llevaba a la habitación alguno de los libros de mi padre, normalmente clásicos del Siglo de Oro. Así me aficioné a la lectura”

-Y no solo a esa edad.

-La mayoría no suele adscribirse a una ideología política concreta por las conclusiones que extrae de la teoría o de la realidad, sino por eso que te digo, las modas, las impresiones, o porque soy de derechas -o de izquierdas- porque mi padre lo es y, claro, mi padre no puede estar equivocado.

-Tú en cambio…

-Yo me molesté en bajar al detalle, en someter a revisión todo lo que había visto y oído en casa, y como me gusta llevar la contraria, pues llegué el día aquel y dije -simplificando mucho la realidad- que me había hecho de derechas. No hablo de los 80, que la política no me interesaba nada y mis curiosidades eran otras. Hablo de los 90.

-Cuando el comunismo está cayendo en el mundo…

-… y yo empiezo a leer ciertas cosas en la universidad.

-Antes de que me hagas la lista con los títulos, deja que te pregunte si hasta entonces los libros habían sido algo extraño para ti.

-Para nada. En mi casa había muchos libros porque a mi padre le gustaba leer. También era aficionado a la música, con lo que también había un montón discos o, más que discos, cintas de casete, que era lo que se escuchaba en los años 80. Hablo de Mozart, Beethoven, Bach…

-Eso por lo que respecta a la música. ¿Y los libros?

-Mucho Quevedo, Lope, Tirso… Es que de joven mi padre quiso ser actor, ¿sabes? También había libros de historia y de arte y de otras cosas que le interesaban a él.

-Y que terminan por interesarte también a ti, vista tu trayectoria posterior.

-Si te exponen a los libros desde la niñez, es lógico que te contagies. A ti te debió de pasar algo parecido. ¿Entras en casa de tu madre y qué hay? Libros. Pero si hasta tu padre tuvo una biblioteca que da gusto verla, con volúmenes de todo tipo. En mi caso, además, se daba otra circunstancia.

-¿Cuál?

-La de que aborrecía la Física y las Matemáticas y, en general, las asignaturas de Ciencias, que siempre me quedaban para septiembre. Mis padres me castigaban a estudiar, sin salir de la habitación. ¿Qué hacía yo? Encerrarme con uno de esos libros. En parte los leía porque no me apetecía hacer ecuaciones de segundo grado, en parte porque me gustaban (yo creo que de ahí me viene esa afición mía por la prosa un poco así, quevediana). Pero, ya digo, es lo que había en casa. Si en vez de libros o discos hubiera habido ejemplares de la revista Hola… 

-Tu suerte, sin embargo, fue otra.

-Otra y mejor. O eso pienso yo.

-¿Hasta qué punto lo crees?

-Hasta el de que si voy a una casa y veo que no hay un libro, siento lástima por los niños que viven ahí, que no van a tener el mismo acceso a la lectura que tuvimos nosotros, que llegábamos al salón y lo encontrábamos repleto. 

“En un país genuinamente libre, Soraya, los Nadal y toda la banda no habrían pasado de secretarios de juzgados, que es todo para lo que valen”

-Los niños de ahora tienen internet.

-La gran biblioteca universal a la distancia de un click de ratón. La realidad luego es que se tiran el día con Pokemon y los videojuegos. Ojo, que no digo que esté mal. A mí de niño me gustaba Mario Bros. Con tal de no pasarte la vida con eso…

-Tú no lo has hecho. Si no, entre otras cosas, no te habrías licenciado en Historia. A propósito, ¿por qué Historia?

-Por darle el gusto a mi padre, que quería que estudiara una carrera. Yo, en cambio, no quería. A los dieciocho años ya intuía que la universidad era una pérdida de tiempo, a no ser que quisieras ser abogado, médico, arquitecto o cualquier otra profesión para las que necesites una titulación con la que colegiarte y ejercer. Pero ¿historiador? Podías serlo -y muy solvente- estudiando por tu cuenta. Lo pensaba entonces y lo sigo pensando hoy, todavía más.

-¿Qué te reafirmó en la idea?

-Mi paso por la universidad, precisamente. Fui allí donde me di cuenta de que aquello es una fábrica de empleados públicos. La carrera de Historia, por ejemplo, está pensada para formar profesores de enseñanza pública. La de Derecho, registradores de la propiedad. La de Economía, técnicos comerciales del Estado. Y así podíamos seguir con el resto. No se trata de que aprendas nada.

-¿De qué entonces?

-De que memorices un temario y te presentes a una oposición. Si memorizas el cien por cien, sacarás un diez, y serás Álvaro Nadal. Yo nunca quise trabajar para el Estado ni, mucho menos, ser Álvaro Nadal… 

-No les puedes ver, ¿eh?

-¿A quién, a los Nadal, Soraya y el resto de la banda? No puedo, no. Y no puedo porque son gente que, en un país genuinamente libre, no habrían pasado de secretarios de juzgado, que es para todo lo que valen. El mundo no lo hacen avanzar ni ellos ni otros como ellos, sino los aficionados entregados a un tema, las personas capaces de algo original. Todo esto, que más o menos sospechaba con dieciocho años, lo fui luego teorizando. 

-En parte, en los pasillos y aulas de una universidad pública, según confesión tuya propia.

-Pasillos, aulas y, sobre todo, departamentos que me generaron un rechazo inexplicable (porque yo era un crío) por lo burocrático y el lenguaje administrativo; tanto, que si hoy leo el BOE, me dan los siete males, tengo que coger luego un clásico para desintoxicarme. 

-El caso es que llegas a la universidad, ves de qué va la cosa y, sin embargo, no sales corriendo.

-Tenía que darle el gusto a mi padre, como te digo. Lo que sí tuve claro es que la carrera que fuese sería de Letras, más fáciles que las de Ciencias. Y como la historia me gustaba… Además, la cosa consistía, básicamente, en pillar la bibliografía el primer día, leértela a lo largo del curso y, al final, presentarte a los exámenes. ¡Ah! Y sin dedicarle demasiado tiempo. 

“Al acabar la carrera, quise conocer mundo, pero como no tenía dinero, me enrolé en un crucero, donde estuve años trabajando; al principio, pinchando música en el night-club”

-Todo eso en la Autónoma.

-Sí, porque aunque la Complutense era la que me tocaba por distrito, en la Autónoma podía cumplir una de mis fantasías juveniles: ser arqueólogo. Me hice incluso unas tarjetas.

-¿Unas tarjetas?

-De esas de máquina que en el metro costaban quinientas pesetas cincuenta. ¿Te acuerdas? Pues me hice unas que ponía: “Fernando Díaz Villanueva. Arqueólogo y aventurero”. Era para dárselas a las chicas en los bares. “Oye, ¿y tú a qué te dedicas?”. “¿Yo? Arqueólogo y aventurero”. Y le sacudías el tarjetazo. La tía, claro, se quedaba flipada y tus posibilidades de ligar con ella aumentaban considerablemente.

-Para que digan que la Arqueología no sirve para nada.

-En primer curso me metí en un taller de Arqueología. Debí de durar cuatro días, porque aquello era un coñazo. Todo el día limpiando piezas y metiéndolas en bolsas de plástico. “Esto es una estafa”, pensé. “Ni estos tíos son Indiana Jones ni aquí hay aventura”.

-La aventura tendría que esperar hasta que acabases la carrera y liases el petate, como un lobo de mar.  

-Tenía ganas de ver mundo, pero no tenía dinero. Así que durante años trabajé en cruceros, enrolado. Empecé pinchando música en el night-club, pero como enseguida vieron que tenía estudios y sabía manejar el ordenador, me pusieron a hacer el periódico para los pasajeros de habla hispana y también a diseñar el programa del día, con sus excursiones y sus actividades. No digo que conociera el mundo entero, pero sí al menos todos sus puertos.

-¿Y qué tal la experiencia?

-Me gustó mucho, la verdad. Aprendí a ver a mi país con perspectiva, valorando lo que tenía. Que es que en España somos especialmente críticos con lo nuestro, a mi juicio demasiado.

-Acabamos de dar la vuelta al mundo en un par de preguntas y como nos descuidemos sigo sin preguntarte por las lecturas que te supusieron un antes y un después.

-Fueron muchas. Por ejemplo, El conocimiento inútil, de Jean François Revel. Cayó en mis manos porque lo había prologado Javier Tusell y El País hizo autobombo (en mi casa, claro, mi padre compraba El País). La crítica lo ponía tan bien que me dije: pues voy a leerlo.

-Y lo leíste.

-Recuerdo lo mucho que me llamó la atención que Revel se llamara así mismo, una y otra vez, “liberal”. Creo que fue la primera vez que leí la palabra; una palabra, a propósito, inventada en España, y que me sonaba bien, que me molaba. 

© Sebastián Díaz Krieg

-Más títulos.

Historia económica de la población mundial, de Carlo Maria Cipolla. El tema es que Cipolla me abrió las puertas de la Economía, que hasta entonces no me había interesado demasiado, pero que terminaría interesándome mucho más que la Arqueología. Poco a poco, eso sí, que los intereses, lo mismo que los edificios, no se construyen de golpe, sino ladrillo a ladrillo, libro a libro.

-A Cipolla le seguirían otros autores.

-Cuando todavía estaba en la universidad, oí hablar de un profesor de la Complutense que, al parecer, era el recolmo del liberalismo: Jesús Huerta de Soto. Total, que una tarde, ni corto ni perezoso, cogí mi Vespa y me presenté en la facultad de Derecho. Coincidió que fue el día que Huerta llevó al aula un busto de Mises (lo llevaba el bedel, claro, porque Jesús es muy señorito). Empezó la clase, Huerta se puso a hablar de Economía, y yo me quedé maravillado. Debía de ser 1994 o 1995. 

-Supongo que tu admiración por Huerta no se limitó a aquella tarde.  

-Empecé a ir como oyente a sus clases. Y a leer sus artículos recopilados en unos libritos azules muy populares entre los discípulos de Huerta. Porque Jesús ha formado a una generación entera de liberales españoles, entre los que me incluyo. Fue clave para todos nosotros, antes incluso de que arrancase internet.

-Con eso último no sé si te estarás refiriendo a Libertad Digital, donde llegáis a daros cita todos o casi.

-También me refiero a los blogs. ¿Tú sabías que en España los blogs, antes incluso de que la palabra se pusiera de moda, los empezamos cuatro liberales, hará como quince años? ¿Y que nunca jamás nos invitaron a un evento ni nos dieron un premio ni nada? Y los mismo ahora con los podcast. Pero me preguntabas por Libertad Digital.

-Te preguntaba, sí.

-Empecé a colaborar en 2000, cuando Libertad Digital era poca cosa (LD y, en general, internet). Para que te hagas una idea, el periódico ni siquiera tenía editoriales. Los empezó a tener a partir de 2001. El editorialista entonces se llamaba -y se sigue llamando, porque no ha muerto y espero que viva muchos años- Jesús Gómez, que luego se echaría a perder dedicándose a la política (llegó a ser alcalde del Leganés con el PP). El director, por cierto, se llamaba -y se sigue llamando, porque felizmente vive, hoy ya jubilado- Javier Rubio. 

-¿Es Javier quien te ficha?

-Sí, es él quien me llama para irme a Libertad Digital como jefe de opinión, a lo que yo le respondo que sí, que claro, que un honor. Pero el internet de la época, como te digo, no daba para sostenerte, así que escribía editoriales al mismo tiempo que trabajaba en una tele, en jornadas de 16 horas. Pero si no te pluriempleas con veintitantos años, no sé cuándo lo vas a hacer. Por cierto, que ahora le echo al día tantas horas como antes, pero como tengo mucha energía, tampoco me cuesta demasiado. 

“Empecé en Telecinco, en un programa de crónica negra primero y luego haciendo cosas de zapping”

-Escribir a diario ejercita los dedos.

-Y la cabeza. De hecho, me preguntan cómo puedo opinar todos los días sobre un tema en La Contracrónica y yo respondo que porque me he tirado quince años escribiendo editoriales. Con la diferencia de que lo de ahora es más fácil, porque la opinión es mía, mientras que antes la opinión era la del periódico. 

-Se nos ha olvidado mencionar algo: el nombre de la tele para la que trabajabas.

-Telecinco. Empecé en un programa con Paco Pérez Abellán, uno de los maestros de este oficio, que me enseñó los rudimentos, y con el que volvería a trabajar, años después, en otra televisión. 

-Entiendo que el programa era de crónica negra, que para algo Pérez Abellán es uno de los grandes del género.

-Se llamaba Código Rojo, lo producíamos en Telecinco, en sus estudios, y luego lo dábamos a través de una serie de cadenas locales, algunas con nombres muy graciosos, como Giralda TV. Te estoy hablando de antes de la TDT. 

-No fue lo único que hiciste en Telecinco.

Código Rojorealizaba una serie de paradas técnicas durante el verano y al personal nos metían en otros programas, estos ya sí propiamente de Telecinco. Programas de zapping y de cosas así.

-¿Telebasura, quizás?

-No me gusta llamarlo así. 

-¿Por qué?

-Porque si esos programas existen, si se producen, es porque hay quien los compra, porque tienen su demanda. Pasa lo mismo con la llamada “comida basura”. No es verdad que si comes en un MacDonalds, estés comiendo basura. Estás comiendo comida que pasa todos los criterios sanitarios. ¿Que no es la más saludable como para comerla todos los días? Eso es otra cosa. Pero ni es basura ni tampoco lo es el que la coma. 

-No creo que nadie diga que el que se zampa un whopper es basura.  

-En el momento en que alguien dice “telebasura”, ya está juzgando, y a mí no me gusta juzgar. ¿Qué pasa, que si ves los documentales de La 2 eres refinado y, en cambio, si estás enganchado a Gandía Shore eres basura? Pues tengo que decir que el gusto por las pasiones más básicas del ser humano ha existido siempre, solo que ahora tienen una expresión mayor con la televisión y con internet. Además… 

-Di.

-Reinhard Heydrich, aparte de un tío cultísimo, era el jefe de las SS. Quiero decir que hay gente que es basura y no necesariamente por los programas de televisión que ve. 

-¿Tú qué tele ves?

-Tampoco es que siga mucho ninguna.

“Con el fútbol me pasa lo que con programas como Gran Hermano, que he hecho lo posible por aficionarme, por ser temas de conversación habituales, pero no lo he conseguido”

 -Que tienes otros gustos, vaya.

-Pero no más elevados que los de nadie; en todo caso, más minoritarios. En eso consiste la grandeza de las sociedades libres: que cada uno queda franco para tener las aficiones que le de la gana. Y si, por lo que fuera, las mías me parecieran mejores que las de los demás, estos siempre podrán decir que lo que son es más coñazo: leer, escucharme una ópera o darme un paseo -andando, en bici, en moto- sin parar en una sola terraza.

-¿Y ese perfil morigerado de dónde lo sacas?

-Yo creo que de mi padre, un tipo raro al que jamás vi tomarse una caña, todo lo contrario que el español medio.

-La pregunta es quién es el español medio.

-Nos lo dice siempre la publicidad. En los años 60, por ejemplo, cuando las ciudades empezaban a llenarse de autopistas y subterráneos, el español medio era aquel que fumaba Ducados y tenía un coche o aspiraba a tenerlo. Y el que no, casi no era un hombre. Hoy, en cambio, el español medio es el que va en bici a todas partes y compra alimentos bio. Así es como lo presenta la publicidad.

-El español medio, en su versión urbanita, diga lo que diga la publicidad, también es aficionado a los gin-tonicsy a los after-worksesos. Tú, en cambio, no.

-Eso, ya te digo, es porque mi padre no me llevaba a bares de pequeño. 

-Bares donde se habla mucho de fútbol.

-Con el fútbol me pasa lo que con programas como Gran Hermano: que he hecho esfuerzos por aficionarme por ser un tema de conversación habitual entre la gente. Pero no lo he conseguido. No me sé ni los nombres de los jugadores. Ahora, me siento a ver un partido y a los cinco minutos me quedo frío. “¿Tú has visto qué jugadón?”. “Pero si sólo le ha pasado uno el balón a otro”. Lo que no quita para que entienda que haya a quien compre el Marca, sepa de fútbol y, caramba, le guste. Bueno, yo sé de otras cosas. Todas igual de válidas, insisto.

-¿Por qué la insistencia?

-Porque el gran drama de nuestra época consiste en que todos tengamos la misma escala de valores.

-¿Cómo llamamos a eso?

-Corrección política. Combatir el fenómeno va a ser la gran batalla para lo que queda de siglo. Si no se da, si asumimos sin más los grandes consensos, los planteamientos inquisitoriales, caeremos en la tiranía. Porque toda tiranía se basa en eso. La República Islámica de Irán, por ejemplo. 

-Tampoco hace falta irse tan lejos teniendo como tenemos cerca a los chicos de Podemos.

-El podemita medio es el típico Don Perfecto que se cree que todos tenemos que vivir como él. Pero que tú seas vegano no significa que yo tenga que dejar de comer chuletón. Vive tú tu vida y déjame a mí vivir la mía. Por cierto… 

“Pablo Iglesias me preguntó si había posibilidades de que lo invitaran a Intereconomía; lo comenté y le invitaron. Decir que por eso que soy el responsable de la irrupción de Podemos es una chorrada”

-Dime.

-Que cuando Podemos nació esa fue la crítica que les hice.

-Crítica, todo hay que decirlo, que les hiciste cara a cara, y no es una frase hecha.

-Eso lo dices porque sabes que soy perroflautólogo y, como tal, me conozco el mundillo de la extrema izquierda, su who is who, desde hace años, por lo menos, desde principios de siglo, cuando los movimientos antiglobalización, o sea, mucho antes del 15M.

-De hecho, a Pablo Iglesias lo conoces antes de ser Pablo Iglesias.

-A Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y todos los demás los seguía desde que tengo uso de internet, cuando navegaba por agregadores de izquierdas como Nodo50. Leyendo sus textos y viendo sus vídeos he descubierto auténticos hits, como tío Manolo. La cuestión es que, allá por 2012, Pablo Iglesias se pone en contacto conmigo y me invita a su programa.

 -Tú encantado, claro.

-¿Qué quieres qué le haga, si me gusta que me lleven la contraria?

-¿El programa cuál era, Fort Apache?

-No, era La Tuerka. Un programa que yo seguía -por supuesto- desde que empezaron a hacerlo, cuando era casi imposible de ver, porque estaba muy mal realizado, como por aficionados (fíjate si estaba mal realizado que, a cada rato, se les iba el sonido). Luego ya fueron mejorándolo. El programa entonces se hacía en el Canal 33, calle Atocha arriba, por Antón Martín, en un estudio enano donde en verano te morías de calor y en invierno… pues también. 

-Tú por entonces colaborabas con Intereconomía, si es que no estabas ya en nómina.

-Por eso Pablo Iglesias me comenta un día si cabría la posibilidad de que alguna vez les invitaran a él y a Tania Sánchez Melero. Yo lo comenté en Intereconomía y así es como les llevaron a Dando caña, un día que lo presentabas no sé si tú o Javier Algarra.

-Noelia Atance.

-Eso, Noelia Atance. Pablo y Tania van y, como era de esperar, discutimos. Y como el tío daba mucho juego, pues lo llevan a El gato al agua. 

-Así nace el Pablo Iglesias animal televisivo, criatura cuya paternidad no pocos te atribuyen.

-Lo cual es una chorrada porque si no le invito yo, le habría invitado otro. La irrupción de Podemos era inevitable. Digamos que era la consecuencia final de unos años de crisis no resuelta por sucesivos Gobiernos, primero el de Zapatero y luego el de Rajoy. El país deseaba a alguien como Pablo, con ese espíritu redentor, casi mesiánico.

@ Sebastián Díaz Krieg

-Y él, claro, se deja querer. 

-Se presenta con un muestrario de productos como la renta básica, que enseguida le quita de las manos mucha gente joven, resultado todos ellos de décadas de trabajo de zapa. ¿Consecuencia? Podemos se monta en tres meses y saca cinco eurodiputados. 

-Y tú, que en esos momentos te has quedado en la calle, sin empleo ni perspectivas a corto de encontrar uno, gambeteando la pobreza o casi, en lugar de comprar la mercancía averiada podemita, haces las maletas y te instalas con tu mujer y tus hijos en Centroamérica, en busca de un porvenir mejor, pudiendo presumir de ser de los pocos que han pasado de Guatepeor a Guatemala.

-Gabriel Calzada, entonces -y todavía hoy- rector de la Universidad Francisco Marroquín, y al que yo conocía desde hacía muchos años del Instituto Juan de Mariana, me ofreció irme a Guatemala para abrir una escuela de cine y artes visuales. Acepté y te diría que, nada más aterrizar, me puse a trabajar, pero no fue propiamente así. Porque en la Marroquín se hace cualquier cosa menos sacar nada adelante. Todo era enormemente burocrático.

-Pero la burocracia va de suyo en las organizaciones humanas, sobre todo a partir de cierto número.

-150, según Robin Dunbar, el antropólogo. Cosa distinta es la burocracia con mayúsculas, como la del Estado español, con tres millones de tíos trabajando para el Gobierno.

-No sería ese el caso de la Marroquín.

-No, su drama era el de tantas otras empresas: la ambición desmedida de ciertos elementos generalmente mediocres y dispuestos a lo que fuera por dinero o, peor aún, por comprarse un coche más grande. 

-O por puro ego.

-Eso se da, sobre todo, en nuestro oficio, el periodismo; oficio que cae en un lugar extraño, un explosivo cruce de caminos donde se encuentran el show business, la política y el mundillo de la fama. ¿A cuántos periodistas de los que no saben hacer la “o” con un canuto hemos visto llegar lejos solo por llevar en la boca el carnet del partido? ¿Y a cuántos otros cuya única obsesión era “hacer cámara”, como nos confesaban, pero no por transmitir una idea o algo, sino por verse el puto careto en la tele? 

-Algún día tendremos que escribir sobre todo aquello.

-Eso, la tragedia de una empresa por dentro, lo ha tratado muy bien el cine, con películas como Glengarry Glen Ross, que tanto te gusta. Son dramas del día a día con una diferencia, eso sí, respecto al Estado.

-¿Cuál?

-Que lo que pasa en una empresa se queda en la empresa, no afecta al resto de la sociedad. La ventaja de los sistemas libres es que si en una empresa todos los incentivos que genera para sus empleados son negativos y no sabe servir bien al cliente, primero entrará en decadencia y luego desaparecerá, yéndose a la mierda, bien quebrando, bien absorbida por otra, y en el pecado llevará la penitencia. O sea, que la empresa que la hace -y la hace mal-, la paga. 

“Si es verdad que Dios creó a Adán y Eva, los puso a vivir en el altiplano guatemalteco, uno de los lugares más bonitos del planeta”

-Permíteme que ponga eso en duda.

-A ver, estoy hablando de empresas que no reciben respiración asistida en forma de contratos y ayudas por parte del poder político.

-¿Es eso el capitalismo de amigotes?

-Así es como lo llaman. Aunque lo cierto es que en esos casos no hay capitalismo ninguno (siempre que vayamos a la definición canónica de capitalismo, claro). Porque que me expliquen dónde está el capitalismo en que yo llegue, le pague las putas a un concejal y, a cambio, este me recalifique unos terrenos. ¿Mercantilismo entonces, poniéndonos tremendos? Pues tampoco. Es, sin más ni más, corrupción. Son, llamémoslo así, los amigotes del Estado. O el Estado y sus amigotes.

-Lo cual no es privativo de los países del tercer mundo.

-¡Ah, no! En países como España se da mucho. Aquí las mayores fortunas se han hecho siempre en las cercanías del Estado. Y no me refiero a Amancio Ortega o Paco Roig; empresarios como ellos, de los que hacen funcionar las cosas, son la excepción.

-Ya has dejado claro -aquí y, sobre todo, en tus foros y tribunas- que los incentivos de la Marroquín no eran los de Inditex y los de Mercadona.

-Y eso que no he contado la historia entera. Algún día lo haré y más de uno temblará.

-Sí que guardas mal recuerdo.

-Pero no de Guatemala ni de mi año allí. Conocí a gente magnífica, hice grandes amigos y pude recuperar una costumbre que, por falta de tiempo, llevaba tiempo sin practicar: leer mucho. Aparte de los libros que me llevé en el kindle, estaban los de la biblioteca de la universidad. Y como la vida académica es tranquila y plácida, pues fue un buen año para el estudio y la reflexión. Y también estaba, te repito, el país. 

-¿Qué pasaba con él?

-Que si es verdad que Dios creo a Adán y Eva, los puso a vivir en el altiplano guatemalteco, de un verdor exuberante, con cascadas de agua, árboles frutales, barrancos, volcanes y una temperatura perfecta de entre veinte y veinticinco grados todo el año. De los lugares más bonitos no solo de América, sino de todo el planeta. Merece la pena visitarlo.

-Dejando a un lado tu agria polémica con el equipo rector de la Marroquín, ¿por qué volviste?

-Por mí me hubiese quedado unos años más, tan ricamente. Pero mi familia tampoco es que estuviera muy a gusto. Que eso no es como España, siempre con el caramelo de salir a la calle de paseo en cuanto hace bueno. Allí, en cambio, es fácil que te roben. Y luego pasa otra cosa.

“Para un madrileño, el viaje empieza y termina en Madrid. Olvídate. No hay más”

-¿Cuál?

-Que Guate es un sitio precioso, sí, pero también apartado del mundo, con un mercado pequeño, y donde tampoco es que se hagan cosas muy interesantes. No es Buenos Aires, ni Ciudad de México, ni Miami, ciudades con vuelos diarios a Madrid. Mi gran miedo era quedarme varado allí. Porque yo fui a Guate a hacer un proyecto -que luego no salió, todo lo que quieras-, pero siempre con la idea de continuar mi vida en Madrid.

-Tú y tu Madrid.

-Para un madrileño -y tú también lo eres- el viaje empieza y termina aquí. Olvídate. No hay más. Nací en Madrid y quiero estirar la pata, despedirme del mundo, en su punto neurálgico. O sea, en Madrid. ¿Que si algún día tengo fortuna suficiente no me importaría pasar temporadas en algún lugar bonito, como la costa vasca? No te digo que no. Pero al final siempre está Madrid. 

-Eres gato gato.

-Totalmente. Cien por cien. De hecho, una de las cosas que siempre le han faltado a mi ciudad es madrileños que la sientan.

-¿Y no es ese uno de sus encantos?

-Encanto ninguno. Los madrileños tenemos sentir nuestra ciudad, como los sevillanos Sevilla o los parisinos París. Lo que pasa es que hay cierto sentimiento de culpa.

-¿Culpa de qué?

-Culpa de la Corte. Porque en Madrid hay dos ciudades: está la villa y está la Corte. La Corte son los sorayos que vienen de fuera a politiquear y hacernos la vida imposible a todos. La Corte la padecemos porque no nos queda más remedio. Antiguamente se decía: mientras la Corte esté en la villa. Pues ya podrían llevarse la Corte a Barcelona durante una temporada; unos doscientos o trescientos años.

-¿Y la villa?

-La villa que nos la dejen, que es la que merece la pena. Si te fijas, cuando Madrid ha sido más Madrid es cuando ha sido menos Corte. O sea, los últimos treinta años.

-¿Sí?

-Sí. Es verdad que siguen en Madrid los ministerios, pero al estar todo transferido, son solo cáscaras vacías. Ha sido aligerar la carga de la Corte, sacarnos de encima buena parte de la política, e inmediatamente coger fuerza la villa, revitalizarse. Hoy Madrid es prácticamente la primera ciudad de España en todo: renta per cápita, innovación, empresas… Caray, que deberíamos ser más villanos, y no en la acepción medieval del término.

-Lo cierto es que, tras hacer las Américas, ya estás de vuelta, en la villa que no Corte.

-Y en el mejor de los lugares posibles. ¿O ya no te acuerdas cuál decíamos que era el mejor lugar del mundo?

-El que más lejos del jefe está.

-Ese.

“La ContraCrónica empezó hace dos años, con un micrófono que me costó 100 euros y muchas ganas. El primer trimestre hice 67.000 descargas; este último, 1.100.000”

-Pero qué mal mandado has sido siempre.

-Y qué mal jefe también. Por blando y porque nunca me interesó serlo. En cuanto a lo de mandado, no es que sea un tío rebelde, pero tampoco soy fácil ni disciplinado. Lo que soy es poco corporativo y no muy hábil. Hay quien sabe qué decir y cómo decirlo. Yo, en cambio, tengo la habilidad inversa. ¿Qué es lo que no hay que decir y a quién? Pues voy y se lo digo. No puedo evitarlo. Y así, claro, no hay tutía ni manera de prosperar en una empresa. 

-Salvo que la empresa sea tuya: La ContraCrónica.

-Después de toda una vida yendo a lo mío, por fin he encontrado mi lugar, he terminado haciendo lo que siempre quise hacer.

-¿Que es exactamente qué?

-Dirigirme al cliente final, sin intermediarios, como un artesano, en cierto modo. Porque no quiero trabajar para IKEA, sino fabricar y vender yo mis propios muebles. La ContraCrónica es pura artesanía.

-¿Cómo y cuándo empezó esta tu nueva etapa?

-Hace dos años, con un micrófono que me costó 100 euros y muchas ganas. El primer trimestre conseguí 67.000 descargas; este último, 1.100.000. 

-Para que luego digas que no tienes jefes.

-Tengo muchos, sí: los oyentes. Y es verdad que, entre tantos, puede tocarte algún que otro hueso, pero son los menos. Además, al ser muchos, la capacidad de presionar es menor y no dependes de uno solo. Por otro lado, estoy encantado de responder ante ellos y ante mis lectores, que son quienes me están permitiendo hacer de La ContraCrónica un modo de vida modesto pero sostenible.

-Que no vuelves tú a una redacción ni esposado por la Guardia Civil, vaya.

-Veo a mis compañeros de oficio ahora y me recuerdan lo mal que lo pasé cuando la crisis. ¿Y sabes qué? 

-¿Qué?

-Que no quiero volver a pasar por eso, todo el día con miedo a qué será de mí si el periódico o la televisión en los que trabajo cierran. Y mucho menos ahora que la tecnología -¡bendito internet!- me permite un programa de radio con una calidad como los de la mejor de las emisoras y con una inversión y unos costes mínimos. ¡Ah! Y sin que nadie me pueda quitar ni el micrófono, ni la columna, ni nada por el estilo, que bien sabes que, en mi caso, ha sido lo tristemente habitual. 

-O sea, que la falta de medios ya no es una excusa.

-De la misma manera que lo que vale de un artículo no es el ordenador con el que lo escribes, lo que vale de un programa de radio no es el micrófono, es el contenido, la cantidad de conocimiento que le pongas. Aquí todos partimos de cero. Aquí no hay ventajas. Aquí nadie puede decir que el otro tiene más postes. Porque todos tenemos los mismos: los móviles de los oyentes.

“Me conformo con vivir honradamente de los que sé hacer, con seguir yendo a mi aire, y con llegar a viejo conservando todas las piezas dentales”

-Todo esto está muy bien, pero ¿y el riesgo de convertirte en un pope del liberalismo?

-Analizo todos los días un tema político, el cual procuro pasar a través de un prisma: el de mis ideas y convicciones, que son liberales, sí, pero nada más. Ni pretendo ser el predicador del liberalismo ni lo he pretendido nunca. Además, ese puesto tiene mucha competencia, si es que no está ocupado ya.

-Mira que hay predicadores en España, y no solo de la cosa liberal.

-Porque vivimos en un país de Savonarolas, donde todos tenemos nuestra opinión, que estamos deseando decir; opinión, por supuesto, excluyente de la de los demás. Pero es que, si te fijas, los predicadores son algo muy de su tiempo.

-¿Qué quieres decir?

-Que el propio Savonarola, por ejemplo, era la leche en la Florencia del siglo XV, como la Inquisición era tremendamente popular entre los cristianos de la época. Hoy, sin embargo, dices Inquisición, dices Savonarola, ¿y en qué piensas? En fanatismo.

-¿Cómo conjurarlo?

-Sometiendo tus ideas y convicciones a continua evolución y cambio. Confrontándolas con la realidad. Procurando no quedarte anclado. Y evitando  construir y aplicar -más que nada porque no son posibles- sistemas completos. 

-A ver, ¿cómo es lo último?

-Sistemas, sí. O sea: esto es así porque tiene que ser así. Se da entre algunos liberales -pocos, afortunadamente- que, de tanto negarse a bajar al terreno, terminan haciendo marxismo liberal. 

-“¡Anatema!”, “¡Traidor!”, te soltará algún torquemadilla.

-A grande rasgos, sigo pensando lo mismo que en 2000, solo que con muchos más matices. Porque si a los sesenta sigues siendo el mismo que a los veinte, significa que no ha pasado la vida por ti.

-Pero a ti te queda mucho todavía para los sesenta.

-Estoy ya a mitad de camino, macho, que esto son cuatro putos días.

-¿Y en qué se reconoce -o en qué no- el FDV de ahora en aquel otro de hace quince o veinte años?

-Ya no soy tan idealista, ni muchísimo menos. Pero es lo que tiene vivir (mira que te lo avisan cuando eres joven, pero hasta que no lo ves, nada). Y si siempre fui algo escéptico, ahora lo soy todavía más, en ocasiones lindando con el cinismo. No es que haya perdido el entusiasmo ni que ya no crea en nada; es que creo en pocas cosas.

-¿Por ejemplo?

-No creo en la política, eso te lo aseguro. Si alguna vez pude tener una esperanza, por pequeña que fuera, hoy ya no la tengo. Me parece una broma macabra y no existe partido capaz de ilusionarme. Tampoco me entusiasma ser millonario, tener poder, ni cosas así. 

-¿Y qué sí te entusiasma?

-Las ideas. Y, cada vez más, las grandes narraciones, las grandes historias, leerlas y contarlas.

-Con muy poco te conformas.

-Me conformo con vivir honradamente de lo que sé hacer: la divulgación histórica y el análisis político, sobre todo. Me conformo también con que con mis proyectos funcionen. Con seguir yendo a mi aire. Con llegar a viejo conservando todas las piezas dentales. Con espicharla solo después de haber escrito mi último artículo, sin deberle nada ni a Dios ni a los hombres, y sin nadie que pueda decir: ya murió el hijoputa este.