Uno se lo ha imaginado siempre en mil y una situaciones: de niño en el desierto, como freganchín en un mercante, de profesor de buceo, tecleando crónicas de guerra o novelas de éxito, invitado año tras año al Festival de Cannes, encamado con señoras propias o ajenas, inventando inventos imposibles (o no tanto)… Lo dicho: en mil y una situaciones. Sin embargo, como no se lo imagina uno es frecuentando el mundillo literario ese, siendo capaz de lo que sea por un premio, tratando de vender sus novelas puerta a puerta como antaño los agentes del Círculo de Lectores. (Si se dará poca importancia, el tío, que una vez enviada la entrevista para su revisión -es política de la casa-, únicamente pidió que se nombrara en algún lugar -aquí, por ejemplo- a Iche, el bellezón que tiene por mujer, y a la que hará lo posible por ocultar algunas de las aventuras que aquí se cuentan, como si ella no las supiera ya.)

-¿El desierto es solo arena y viento?

-Para el que llega por primera vez, sí. Para ese el desierto es arena y viento, asco y calor. Pero cuando vives tiempo allí (yo lo hice hasta los dieciséis o los diecisiete años) es mucho más que eso, son miles de cosas que vas descubriendo poco a poco y que te marcan para siempre.

-¿Por ejemplo?

-La colección de grabados de mi tío, administrador civil del fuerte militar de Tarfaya, en el cabo Juby. Su colección de grabados, sí, y también su biblioteca, inmensa, con miles de títulos. Como no había colegio -solo uno para párvulos-, aprendí con lo que me enseñaba mi tío y, sobre todo, leyendo. 

-¿A qué autores?

-Stevenson, Verne, Jack London… A algunos me los sabía de memoria, no importaba que hubiesen escrito auténticos tochos. Total, no tenía otra cosa que hacer. A las nueve se apagaban las luces del fuerte y yo seguía leyendo con un cabito de vela. Leía y leía y soñaba con algún día escribir aventuras así, con vivir aventuras así.

-¿De ahí te viene la vocación?

-De ahí y de mi tío, que quiso ser escritor. También lo quiso ser mi abuelo, farero en el faro de la Isla de Lobo, donde nació y creció mi madre. Mi abuelo, de hecho, llegó a escribir un libro que tituló Bajo una luz intermitente. Lo tituló así porque, como no tenía más iluminación que la del faro (no podía gastar ni en velas), tenía que esperar que la luz pasase y entonces escribía una palabra, volvía a pasar y otra, y así hasta completar un libro. Decía sentirse como un tartamudo mental.

-Por lo que cuentas del cabito de vela a las tantas, tampoco es que tú lo tuvieras fácil.

-En el desierto no teníamos nevera, por eso no comíamos nada que pudiera estropearse. Tampoco teníamos televisión. Era la prehistoria.

-Madrid ya era otra cosa.

-A Madrid me viene a estudiar Periodismo, en la Escuela Oficial.

 “A los jóvenes que quieren viajar y no tienen dinero, les digo que no pueden gastarse en unas deportivas lo que un hombre en zapatos toda su vida o ser aventureros en hoteles de cinco estrellas”

-Profesión que ejerciste durante años, a pesar de no haber pisado una redacción en tu vida.

-Una vez nos llevaron a la del ABC, para que viéramos cómo funcionaba un periódico por dentro. Y en otra ocasión, a mi vuelta de África, donde había pasado varios años de corresponsal para la revista Destino, me llamaron de La Vanguardia, porque querían contratarme. En una y otra ocasión me pareció estar en un laboratorio farmacéutico o en una sucursal bancaria (solo que sin ordenadores, que era otra época). Deben de ser, las redacciones, lugares aburridísimos, ¿no? 

-Aburridísimos, sí.

-Habría sido un mal redactor, no creo que hubiese servido. 

-Oye, y las prácticas de fin de carrera, ¿qué?

-Terminé en el 59, no recuerdo si en mayo o en junio. Al mes siguiente, compré con otros dos un buque hundido en Mallorca, lo arreglamos y a principios de septiembre zarpamos hacia Marruecos primero y la Polinesia después. El viaje duró año y pico. 

-¿Cómo es eso que dicen, eso de que si quieres viajar y no tienes dinero, hazte marinero?

-A los chavales que me dicen que quieren ver mundo pero no tienen recursos, les digo que me presten su DNI -edad incluida, claro- y 20 euros para cenar esa noche.

-¿Qué harías tú con eso?

-Irme a un puerto y decirle al capitán de uno de esos buques que van al Caribe que me llevase a bordo, a cambio de fregar platos, limpiar la cubierta o lo que fuera. Y lo mismo a la vuelta. Lo que no puedes pretender es gastarte en unas deportivas más que un hombre en zapatos toda su vida o ser aventurero en hoteles de cinco estrellas.

-¿Eres de los que sostienes que para vivir cosas que otros no creerían no es necesario siquiera salir de tu país?

-Antes de mi viaje a la Polinesia fui jefe del equipo que sacó los cadáveres de la catástrofe de Ribadelago, la rotura de la presa de Vega de Tera que causó la muerte de 144 personas.

-No serían los últimos cadáveres que verías en tu vida.

-Me acuerdo ahora de la guerra del Chad, todas esas gentes de las caravanas muertas por los caminos. Aquella fue la guerra más cruel, la más terrible que viví, en mitad del desierto, con hasta 60 grados por el día, que descendían a 4 por la noche, y todo el mundo pegando tiros, sin saber por qué ni a quién.

“Siempre navegué con bandera de pendejo, una expresión venezolana que significa ir de tonto cuando los demás van de listos”

-¿Por qué la guerra? Esa o cualquier otra. O sea, ¿por qué tú en la guerra?

-Porque era mi trabajo. Y porque me gustaba. Si no me gustara, no habría ido. O solo habría ido a la primera. A la segunda le hubiese sacado un dedo a mi director y le habría dicho que por aquí.

-La historia es que viviste para contarlo.

-Porque siempre navegué con bandera de pendejo.

-¿Con bandera de pendejo?

-Es un término muy venezolano. Es ir de tonto cuando los demás van de listos. Donde más navegué con bandera de pendejo fue en Nigeria, en el 61, con el país recién independizado y un odio salvaje a los blancos. Pero yo ponía cara de tonto y me metía en los barrios más peligrosos, con mi cámara: “Hola, soy spanish. No english. No french. Spanish. ¿Puedo? ¿Foto?”. Y ellos me miraban como preguntándose: ¿qué hacemos con el gilipollas este, nos lo comemos, nos lo follamos o le dejamos que nos saque una foto?

-Entendido. Regla número uno: navegar con bandera de pendejo.

-No es eso lo único. Si vas a la guerra, mujeres todas las que quieras, pero procura ni drogarte ni emborracharte. 

-Pues la gente…

-La gente se hace unas ideas de las cosas muy raras. Si no puedes soportar la tensión o ver muertos, mejor no vayas a la guerra. Es como al que le da miedo el toro; no te metas a torero. O el cirujano que no puede ver la sangre y se droga o emborracha; se le morirán todos los pacientes. No hay que ser un crápula para ser corresponsal. O novelista. Eso es un cuento chino. Si yo lo hubiera sido, me habrían pegado tres tiros o habría escrito mis libros dándole a las teclas del revés. 

-O sea, que ni drogas ni alcohol.

-En mi vida me he fumado un porro. En cuanto al whisky, probé un poco el día que terminamos la Escuela de Periodismo y -¡puah!- me supo a cucaracha. Desde entonces, cada vez que me alaban un whisky diciéndome los muchísimos años que tiene, pienso: pobrecito, qué viejo estará. Por no hablar de la ginebra, que no he probado en mi vida. El otro día me enteré de que había no sé cuántos tipos. Yo solo recuerdo unas botellas amarillas en las que ponía Larios. Otra cosa es el vino. 

-¿Qué pasa con el vino?

-Que no te digo yo que una copa no ayude en la comida. Aunque ahora me he acostumbrado al tinto de verano; tanto, que me los preparo con botellas muy buenos que me regalan. ¿Que suena poco sofisticado? Es que ser sofisticado, además de aburrido, es de gilipollas. Como el tío ese que fue a Lucio con una señora o señorita y, para impresionarla, mandó abrir cuatro o cinco botellas, porque a todas les faltaba algo. Hasta que Lucio se hartó y le dijo que iba a tener que comer con agua, porque de vinos no tenía ni puta idea. Pero me preguntabas por la guerra. 

© Fernando Díaz Villanueva

-Y por las mil y una maneras de no morir en el intento.

-Depende de si la guerra es urbana o a campo abierto. 

-¿Si urbana…?

-Conduce un coche pequeño -un Volkswagen, por ejemplo- de los que llevan el motor atrás, con lo que puedes poner sacos de arena delante, para protegerte. ¡Ah! Y llévalo siempre con el mínimo de gasolina. Que han muerto más por reventar una bala el depósito que por acertarles en la cabeza. 

-¿Y si a campo abierto…?

-Entonces, lleva un coche potente, hasta arriba de gasolina, de ruedas amplias, con mucha goma, para que no se pinchen, o se pinchen lo menos posible, y puedas salir volando de allí cuando las cosas se pongan feas. Y, bueno, un montón de trucos más que te enseña el oficio, más allá de llegar allí y preguntar quiénes son los malos, aunque esto también sea importante. 

-¿Por qué?

-Porque si vas con los malos y te capturan los otros, los menos malos, cabe la posibilidad de que les enseñes tu pasaporte y tu carnet de periodista y te dejen seguir trabajando. Porque si es al revés, entonces no sales vivo o, si sales, lo haces con una pata menos. Aunque lo más importante de todo es no olvidar nunca que en las guerras se muere. Por eso muchos solo duran una. Que a quien se le ocurre grabar con la cámara desde la ventana de un hotel.

-A José Couso, sin ir más lejos.

-Acusaron a los militares de su muerte y debieron acusarle a él, el único responsable. Que ni en su época ni en la mía ni en otra a ningún periodista le han mandado ir a la guerra. A la guerra siempre ha ido el que ha querido. Antonio Cifariello, por ejemplo. 

-¿Quién fue?

-Un actor italiano que se cansó de cogerle las tetas a Sofía Loren y otras actrices (con lo divertido que debía de ser cogerle las tetas a Sofía Loren; si hasta ella misma decía que el cinemascope se inventó para que pudieran vérselas enteras en la pantalla; si no, no habría sido posible). 

-El caso es que el tipo se cansó de la Loren.

-Y se fue a la guerra. Le conocí en República Dominicana, donde le conseguí una entrevista para la RAI con el coronel Caamaño, que era amigo mío. Antonio también le hizo unas fotos a Héctor García Godoy, el político más decente que he conocido nunca; tan decente era que duró solo un año en la presidencia; le asesinaron. 

-¿Y Cifariello?

-Cuando terminó el follón de Santo Domingo, Antonio y unos amigos suyos alquilaron una avioneta y pusieron rumbo a Zambia, donde había estallado otro jaleo. Me preguntó si quería acompañarles. 

“Para mí, ser escritor, contar historias, era pan comido, me salía con la punta de la gorra y, encima, daba dinero a espuertas”

-¿Qué le respondiste?

-Que no podía, que mi periódico me mandaba a México, donde acababa de tener lugar la matanza de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas. Pero si me esperaba, cubría lo de México, y me iba con él a Zambia. 

-¿No te esperó?

-No solo eso, sino que recién aterrizado en México, me metieron en la cárcel, de donde me sacaron a los tres días, para deportarme a los Estados Unidos. De Houston volé a Miami, donde se estaba celebrando el concurso de Miss Universo. Me pasé quince días allí, follando como un loco. Fue divertidísimo. Peor suerte corrió Antonio. 

-¿Qué pasó con él?

-Que nada más pisar Zambia lo mataron; a él y a los que le acompañaban. Era su segunda guerra. ¿Qué necesidad tenía aquel chico -alto, guapo, encantador- de dejar de hacer películas con Sofía Loren e irse a la guerra? 

-Pues como no lo sepas tú…

-Es verdad que la guerra tiene su aquel: conoces a gente interesante y, al arriesgar más que tus compañeros, pues te pagan también más. Yo, con veintitantos años, conducía un deportivo blanco, un Panhard Levassor con motor transversal, un modelo del que solo se fabricaron doscientos o trescientos coches, siendo el mío el único en toda España. Tengo una foto por ahí. 

-Como para ponerte a buscarla, con la cantidad que tienes, guardadas y decorando tus paredes, cada una con una historia.

-En esa otra de ahí, salimos la tripulación del Cruz del Sur. Solo quedo vivo yo. El último en morir fue Gonzalo Manglano. Gonzalo, que tenía alzheimer, murió hace un año. Con él también coincidí a las órdenes de Costeau, quien nos enseñó submarinismo y oceanografía.

-Disciplina una y otra que, supongo, no te dieron tanto dinero como el reporterismo de guerra. O los libros.

-Para mí, ser escritor, contar historias, era pan comido. Y sí, daba dinero a espuertas. Ahora bien, en mi caso el éxito tardó en llegar. La novela que me dio la fama -la fama, qué gilipollez- fue Ébano. Tenía casi cuarenta años y antes había escrito otras trece novelas que pasaron sin pena ni gloria. Para vivir, había tenido que hacer muchas cosas. Algunas ya te las he contado y otras, en cambio, no.

-¿Por ejemplo?

-Ser cazador profesional en África. Pero esa es otra historia. 

-Sigamos entonces con la de ser escritor.  

-Algo que no tiene ninguna importancia: sirves o no sirves, tienes el don o no lo tienes. A mí, como te digo, me salía con la punta de la gorra. Nunca he entendido a esos novelistas que se tiran años para contar una historia, costándoles, encima, sangre, sudor o lágrimas. Los libros o te salen espontáneos o no te salen. Por lo menos a mí. Como me tire más de dos meses con uno, ya sé que va a ser malo. Por eso, cuando pongo a los personajes en una situación de la que ni yo mismo sé cómo sacarlos, rompo las tres últimas páginas y sigo por otro lado. 

“¿Mi mejor premio? Veinticinco millones de ejemplares vendidos y varias estanterías con la edición completa de mis obras en distintos idiomas”

-¿Significa eso que todos tus libros son buenos?

-Ya no sé ni cuántos he escrito, ochenta y tantos. Pues bien, de todos ellos solo salvaría seis o siete.

-¿A saber?

Manaos, El Perro, Tuareg, la serie Cienfuegos, quizás Coltán y puede que alguno más. 

-Manaos fue uno de tus primeros éxitos.

-Y eso que ni siquiera lo escribí. 

-¿Quieres decir que te lo escribió otro?

-Quiero decir que la historia la dicté con una grabadora estando en un hotel en Almería y luego me la pasaron a máquina.

-Otro éxito: El Perro.

-Ese lo escribí en poco más de un fin de semana. De El Perro se ha hecho dos veces la película, aparte de ser de los más traducidos y vendidos, no más, eso sí, que Tuareg.

-¿Tu gran obra?

-Sin duda. Tardé en escribirla algo más que El Perro (menos de un mes, eso seguro), se tradujo a casi todos los idiomas del mundo y vendí tres millones de ejemplares.

-Oye, ¿y la suma total de ejemplares de todas tus novelas?

-Calculo que unos veinticinco millones de ejemplares. Ese es mi mejor premio. Ese y varias estanterías con la edición completa de mis libros en español, pero también en francés, inglés, italiano, noruego, sueco, ruso, hebreo, árabe, japonés… Otro premio es que algunos de mis libros -pocos, repito- no estén mal del todo.

-Déjame salvar uno.

-A ver.

La taberna de los cuatro vientos.

-Es la única vez que he hecho teatro. Y lo pasé muy bien. 

-La historia es asombrosa. ¿Basada en hechos reales o pura ficción?

-Cuando se estrenó, los críticos y, sobre todo, los historiadores, dijeron que me había tomado demasiadas licencias. Todo por decir que Cristóbal Colón, Núñez de Balboa, Alonso de Ojeda, Francisco de Pizarro, Hernán Cortés y Juan Ponce de León se conocieron en una taberna llamada De Los Cuatro Vientos. 

-¿Y fue así, coincidieron?

-Si lees sus vidas, todos te cuentan que hacia 1502 se encontraban en Santo Domingo, en esa época punto de llegada a América, una ciudad entonces con unos pocos centenares de habitantes. Allí había solo dos tabernas, la de El Mulero, un lodazal lleno de borrachos, y otra donde se comía muy bien, la de Los Cuatro Vientos, regentada por Catalina Barrancas, inventora del pan tumaca, y conocida de todos ellos. 

© Fernando Díaz Villanueva

-Ante una exposición así de los hechos, ¿cómo reaccionaron los críticos?

-Callándose. Lo que no significa que fueran malos historiadores. Su problema era otro: la especialización, el no saber relacionar unas cosas con otras, algo muy importante en mi oficio. 

-¿Oficio que te sigue divirtiendo?

-Una de las cosas que más me divertían -y me siguen divirtiendo, sí- es poner a los personajes en situaciones dificilísimas y sacarlos de ahí aplicando mis conocimientos a la imaginación. 

-¿Por ejemplo?

-Como he vivido años en el desierto, sé que si a un camello moribundo le metes una cuchillada con una gumia en un punto determinado, sale un chorrito de agua, lo suficiente para no morirte de sed. O lo mismo si estás en la selva -he recorrido el Amazonas no sé cuántas veces- y cortas determinadas lianas por arriba o por abajo. 

-Tus conocimientos aplicados a la imaginación no solo tienen como resultado novelas, sino también inventos: máquinas que convierten el agua del mar en potable, bosques que no arden…

-Yo vivía en mi casa de Lanzarote, tenía escritos cuarenta o cincuenta libros, muchos de ellos éxitos de venta, en definitiva, era lo que había soñado de niño: un escritor súper famoso. Entonces descubrí que la vida no iba de pasarlo bien, ganar mucho dinero o entretener a millones de personas. Tenía que aportar algo. 

-¿A qué precio?

-Al precio de hipotecarme, tener problemas con Hacienda y no poder dejarles a mis hijos cuatro casas, seis coches, un yate y millones en el banco. ¿Pero qué otra cosa podía hacer, si se me ocurre la idea de llevar gratis agua a gente que se está muriendo de sed y unos ingenieros me dicen que sí, que es posible? 

-Eso te pasa por juntarte con ingenieros.

-Pues son más divertidos que los escritores, lo que tampoco es difícil, porque los escritores son aburridísimos, unos coñazos de tíos, todo el día hablando de sus libros y dándose premios los unos a los otros. Aunque para divertida, la gente del cine. 

-Tú, desde luego, pasas por un actor.

-Mil veces me lo ofrecieron y mil veces que no. 

“Mis ochenta y tantos libros demuestran que de literatura no tengo ni puta idea”

-Lo que sí hiciste fue dirigir.

-Pero pronto me di cuenta de que no era lo mío. Levantarte a las cinco de la mañana, en pleno Amazonas, pelearte con los actores (que querían salir todos guapísimos, lo mismo que las actrices), tener que rodar escenas de quinientos indios en piraguas y contar únicamente con diez extras y una canoa… Con lo fácil que era escribir una historia dónde y cuándo me diera la gana. 

-¿Entonces, qué te divertía del cine?

-Ir a los rodajes a la hora del almuerzo y echar unas risas con el director y el resto del equipo. O, como decía un ayudante mío, grabar escenas en plan: Hotel Eurobuilding. Interior noche. Tía buenísima. (Me habrían quedado unas películas cojonudas.) También me divertía el Festival de Cannes, al que estuve yendo treinta y tantos años, del primer día al último, siempre a la misma habitación -la 314- del Majestic, el hotel de las estrellas.

-¿Ibas como periodista acreditado?

-Iba como productor de las veintitantas películas que se han hecho de mis novelas. En Cannes, por cierto, sí que se ligaba mucho.

-Ándate con ojo no sea que las feministas te monten una campaña.

-A propósito de eso, en Cannes conocí al hijo de perra ese de Harvey Weinstein. Una noche, Giovanni Bertolucci y yo cenamos con él y con su hermano en un restaurante italiano muy de moda entre la gente del cine, Le Vesuvio, cerca del Hotel Martinez. Me pareció un tipo tan brutalmente desagradable y grosero, que nada más salir del restaurante le dije a Giovanni que yo la película no la hacía con él. 

-¿Qué película era?

Tuareg.

-Cuyo papel protagonista habría bordado Omar Sharif, ¿no crees?

-Omar Sharif era un tipo extraordinario. Hablaba varios idiomas a la perfección y era capaz de leer un libro y memorizarlo en un solo día. Es el hombre más inteligente y culto que he conocido en mi vida, aparte de agradable y exitoso con las mujeres.

-Tú, como no hables de mujeres, revientas.

-Es de las pocas cosas de las que entiendo. ¿De qué quieres que hable, si no? ¿De música? Me quedé sordo de un oído haciendo submarinismo y a duras penas distinto a Mozart de los Beatles. ¿De pintura? Ponme delante un Velázquez y un Picasso y no sabré decirte cuál es cuál. ¿De religión? Tampoco, porque no practico. ¿De literatura? Vuelvo a decirte que mis ochenta y tantos libros demuestran que no tengo ni puta idea.

-Definitivamente, no hay crítico más implacable con Alberto Vázquez Figueroa que Alberto Vázquez Figueroa.

-Porque soy el que mejor lo conoce. 

“La Jacqueline Bisset quiso ligar conmigo en la piscina de un hotel en Cannes. Como yo no me lo podía creer, ella se cansó y se fue. Trenes así solo pasan una vez en la vida”

-¿Por eso una vez dijiste de él que, de haberle dedicado menos tiempo a planear (y ejecutar) aventuras eróticas, habría escrito el doble de libros?

-¿Dije yo eso? 

-En una entrevista, sí.

-Pues ahora digo que las mujeres no hacen perder el tiempo. Es verdad que de haber estado con menos, es probable que hubiese escrito más, aunque seguramente peor, que ya es decir. Además, me habría divertido la mitad. Porque por muy bien que te lo pases escribiendo historias, siempre te divertirás menos que con una señora de primera categoría. 

-Tú has estado con muchas señoras así.

-Estuve veintitantos años casado con la que en su día fue la mujer más guapa del mundo, modelo de las medias Marie Claire, la Claudia Schiffer de la época. Con ella tuve dos hijos.

-¿Y con otras, cuántos has tenido en total?

-Muchos.

-¿Cuántos?

-Eso es secreto. Como es un secreto el nombre de las mujeres con las que he estado. 

-¿Jacqueline Bisset, por ejemplo?

-Con ella nunca tuve nada, pero sí me pasó una cosa muy curiosa. En Cannes, sin ir más lejos. Acababa yo de desayunar en la piscina del hotel, cuando enfrente de mí se sentó ella, que no paraba de mirar. Yo pensaba que se trataría de alguien a mis espaldas, pero por más que me volvía, allí no había nadie. Entre que eso no podía estar pasándome a mí y que una cosa era que mi mujer aguantara mis cosas y otra que me liara con la Jacqueline Bisset, se ve que ella se cansó de esperar y se fue. 

-O sea, que quería algo contigo.

-Cuando al rato bajó Giovanni Bertolucci y se lo conté, me preguntó si estaba bobo, que claro que quería ligar conmigo, tan liberal como ella era y entonces sin compromiso. Yo con un cabreo…

-¿No hubo manera de que se te pasara?

-Años después coincidí con ella en el jurado de la reina del carnaval de Tenerife. Durante la cena le dije: oye, Jacqueline, no sé si te acordarás de una vez en el bar de la piscina del Majestic… Y ella: ay, querido, no me acuerdo, pero trenes así solo pasan una vez en la vida. 

-¿Y qué otros trenes has perdido? O te lo pregunto de otra forma: ¿si volvieras a nacer…?

-¿… volvería a vivir como lo he hecho? Es que muchas cosas no han dependido de mí.

-¿Por ejemplo?

-La cárcel de mi padre, el suicidio de mi madre, los años del desierto… No han dependido de mí, pero sí soy el resultado y habría sido absurdo que, después de todo eso, hubiese terminado de empleado de banca. Lo que sí dependió de mí fue otra cosa.

-¿Qué?

-No buscar excusas para no hacer nada, para no salir de casa, para no atreverme. La prueba es que he hecho lo que he querido y la vida me la he jugado a cara o cruz.