Alberto Vázquez-Figueroa, la vida a cara o cruz

Uno se lo ha imaginado siempre en mil y una situaciones: de niño en el desierto, como freganchín en un mercante, de profesor de buceo, tecleando crónicas de guerra o novelas de éxito, invitado año tras año al Festival de Cannes, encamado con señoras propias o ajenas, inventando inventos imposibles (o no tanto)... Lo dicho: en mil y una situaciones. Sin embargo, como no se lo imagina uno es frecuentando el mundillo literario ese, siendo capaz de lo que sea por un premio, tratando de vender sus novelas puerta a puerta como antaño los agentes del Círculo de Lectores. (Si se dará poca importancia, el tío, que una vez enviada la entrevista para su revisión -es política de la casa-, únicamente pidió que se nombrara en algún lugar -aquí, por ejemplo- a Iche, el bellezón que tiene por mujer, y a la que hará lo posible por ocultar algunas de las aventuras que aquí se cuentan, como si ella no las supiera ya.)

-¿El desierto es solo arena y viento?

-Para el que llega por primera vez, sí. Para ese el desierto es arena y viento, asco y calor. Pero cuando vives tiempo allí (yo lo hice hasta los dieciséis o los diecisiete años) es mucho más que eso, son miles de cosas que vas descubriendo poco a poco y que te marcan para siempre.

-¿Por ejemplo?

-La colección de grabados de mi tío, administrador civil del fuerte militar de Tarfaya, en el cabo Juby. Su colección de grabados, sí, y también su biblioteca, inmensa, con miles de títulos. Como no había colegio -solo uno para párvulos-, aprendí con lo que me enseñaba mi tío y, sobre todo, leyendo. 

-¿A qué autores?

-Stevenson, Verne, Jack London… A algunos me los sabía de memoria, no importaba que hubiesen escrito auténticos tochos. Total, no tenía otra cosa que hacer. A las nueve se apagaban las luces del fuerte y yo seguía leyendo con un cabito de vela. Leía y leía y soñaba con algún día escribir aventuras así, con vivir aventuras así.

-¿De ahí te viene la vocación?

-De ahí y de mi tío, que quiso ser escritor. También lo quiso ser mi abuelo, farero en el faro de la Isla de Lobo, donde nació y creció mi madre. Mi abuelo, de hecho, llegó a escribir un libro que tituló Bajo una luz intermitente. Lo tituló así porque, como no tenía más iluminación que la del faro (no podía gastar ni en velas), tenía que esperar que la luz pasase y entonces escribía una palabra, volvía a pasar y otra, y así hasta completar un libro. Decía sentirse como un tartamudo mental.

-Por lo que cuentas del cabito de vela a las tantas, tampoco es que tú lo tuvieras fácil.

-En el desierto no teníamos nevera, por eso no comíamos nada que pudiera estropearse. Tampoco teníamos televisión. Era la prehistoria.

-Madrid ya era otra cosa.

-A Madrid me viene a estudiar Periodismo, en la Escuela Oficial.

 "A los jóvenes que quieren viajar y no tienen dinero, les digo que no pueden gastarse en unas deportivas lo que un hombre en zapatos toda su vida o ser aventureros en hoteles de cinco estrellas"

-Profesión que ejerciste durante años, a pesar de no haber pisado una redacción en tu vida.

-Una vez nos llevaron a la del ABC, para que viéramos cómo funcionaba un periódico por dentro. Y en otra ocasión, a mi vuelta de África, donde había pasado varios años de corresponsal para la revista Destino, me llamaron de La Vanguardia, porque querían contratarme. En una y otra ocasión me pareció estar en un laboratorio farmacéutico o en una sucursal bancaria (solo que sin ordenadores, que era otra época). Deben de ser, las redacciones, lugares aburridísimos, ¿no? 

-Aburridísimos, sí.

-Habría sido un mal redactor, no creo que hubiese servido. 

-Oye, y las prácticas de fin de carrera, ¿qué?

-Terminé en el 59, no recuerdo si en mayo o en junio. Al mes siguiente, compré con otros dos un buque hundido en Mallorca, lo arreglamos y a principios de septiembre zarpamos hacia Marruecos primero y la Polinesia después. El viaje duró año y pico. 

-¿Cómo es eso que dicen, eso de que si quieres viajar y no tienes dinero, hazte marinero?

-A los chavales que me dicen que quieren ver mundo pero no tienen recursos, les digo que me presten su DNI -edad incluida, claro- y 20 euros para cenar esa noche.

-¿Qué harías tú con eso?

-Irme a un puerto y decirle al capitán de uno de esos buques que van al Caribe que me llevase a bordo, a cambio de fregar platos, limpiar la cubierta o lo que fuera. Y lo mismo a la vuelta. Lo que no puedes pretender es gastarte en unas deportivas más que un hombre en zapatos toda su vida o ser aventurero en hoteles de cinco estrellas.

-¿Eres de los que sostienes que para vivir cosas que otros no creerían no es necesario siquiera salir de tu país?

-Antes de mi viaje a la Polinesia fui jefe del equipo que sacó los cadáveres de la catástrofe de Ribadelago, la rotura de la presa de Vega de Tera que causó la muerte de 144 personas.

-No serían los últimos cadáveres que verías en tu vida.

-Me acuerdo ahora de la guerra del Chad, todas esas gentes de las caravanas muertas por los caminos. Aquella fue la guerra más cruel, la más terrible que viví, en mitad del desierto, con hasta 60 grados por el día, que descendían a 4 por la noche, y todo el mundo pegando tiros, sin saber por qué ni a quién.

"Siempre navegué con bandera de pendejo, una expresión venezolana que significa ir de tonto cuando los demás van de listos"

-¿Por qué la guerra? Esa o cualquier otra. O sea, ¿por qué tú en la guerra?

-Porque era mi trabajo. Y porque me gustaba. Si no me gustara, no habría ido. O solo habría ido a la primera. A la segunda le hubiese sacado un dedo a mi director y le habría dicho que por aquí.

-La historia es que viviste para contarlo.

-Porque siempre navegué con bandera de pendejo.

-¿Con bandera de pendejo?

-Es un término muy venezolano. Es ir de tonto cuando los demás van de listos. Donde más navegué con bandera de pendejo fue en Nigeria, en el 61, con el país recién independizado y un odio salvaje a los blancos. Pero yo ponía cara de tonto y me metía en los barrios más peligrosos, con mi cámara: “Hola, soy spanish. No english. No french. Spanish. ¿Puedo? ¿Foto?”. Y ellos me miraban como preguntándose: ¿qué hacemos con el gilipollas este, nos lo comemos, nos lo follamos o le dejamos que nos saque una foto?

-Entendido. Regla número uno: navegar con bandera de pendejo.

-No es eso lo único. Si vas a la guerra, mujeres todas las que quieras, pero procura ni drogarte ni emborracharte. 

-Pues la gente…

-La gente se hace unas ideas de las cosas muy raras. Si no puedes soportar la tensión o ver muertos, mejor no vayas a la guerra. Es como al que le da miedo el toro; no te metas a torero. O el cirujano que no puede ver la sangre y se droga o emborracha; se le morirán todos los pacientes. No hay que ser un crápula para ser corresponsal. O novelista. Eso es un cuento chino. Si yo lo hubiera sido, me habrían pegado tres tiros o habría escrito mis libros dándole a las teclas del revés. 

-O sea, que ni drogas ni alcohol.

-En mi vida me he fumado un porro. En cuanto al whisky, probé un poco el día que terminamos la Escuela de Periodismo y -¡puah!- me supo a cucaracha. Desde entonces, cada vez que me alaban un whisky diciéndome los muchísimos años que tiene, pienso: pobrecito, qué viejo estará. Por no hablar de la ginebra, que no he probado en mi vida. El otro día me enteré de que había no sé cuántos tipos. Yo solo recuerdo unas botellas amarillas en las que ponía Larios. Otra cosa es el vino. 

-¿Qué pasa con el vino?

-Que no te digo yo que una copa no ayude en la comida. Aunque ahora me he acostumbrado al tinto de verano; tanto, que me los preparo con botellas muy buenos que me regalan. ¿Que suena poco sofisticado? Es que ser sofisticado, además de aburrido, es de gilipollas. Como el tío ese que fue a Lucio con una señora o señorita y, para impresionarla, mandó abrir cuatro o cinco botellas, porque a todas les faltaba algo. Hasta que Lucio se hartó y le dijo que iba a tener que comer con agua, porque de vinos no tenía ni puta idea. Pero me preguntabas por la guerra. 

© Fernando Díaz Villanueva

-Y por las mil y una maneras de no morir en el intento.

-Depende de si la guerra es urbana o a campo abierto. 

-¿Si urbana…?

-Conduce un coche pequeño -un Volkswagen, por ejemplo- de los que llevan el motor atrás, con lo que puedes poner sacos de arena delante, para protegerte. ¡Ah! Y llévalo siempre con el mínimo de gasolina. Que han muerto más por reventar una bala el depósito que por acertarles en la cabeza. 

-¿Y si a campo abierto…?

-Entonces, lleva un coche potente, hasta arriba de gasolina, de ruedas amplias, con mucha goma, para que no se pinchen, o se pinchen lo menos posible, y puedas salir volando de allí cuando las cosas se pongan feas. Y, bueno, un montón de trucos más que te enseña el oficio, más allá de llegar allí y preguntar quiénes son los malos, aunque esto también sea importante. 

-¿Por qué?

-Porque si vas con los malos y te capturan los otros, los menos malos, cabe la posibilidad de que les enseñes tu pasaporte y tu carnet de periodista y te dejen seguir trabajando. Porque si es al revés, entonces no sales vivo o, si sales, lo haces con una pata menos. Aunque lo más importante de todo es no olvidar nunca que en las guerras se muere. Por eso muchos solo duran una. Que a quien se le ocurre grabar con la cámara desde la ventana de un hotel.

-A José Couso, sin ir más lejos.

-Acusaron a los militares de su muerte y debieron acusarle a él, el único responsable. Que ni en su época ni en la mía ni en otra a ningún periodista le han mandado ir a la guerra. A la guerra siempre ha ido el que ha querido. Antonio Cifariello, por ejemplo. 

-¿Quién fue?

-Un actor italiano que se cansó de cogerle las tetas a Sofía Loren y otras actrices (con lo divertido que debía de ser cogerle las tetas a Sofía Loren; si hasta ella misma decía que el cinemascope se inventó para que pudieran vérselas enteras en la pantalla; si no, no habría sido posible). 

-El caso es que el tipo se cansó de la Loren.

-Y se fue a la guerra. Le conocí en República Dominicana, donde le conseguí una entrevista para la RAI con el coronel Caamaño, que era amigo mío. Antonio también le hizo unas fotos a Héctor García Godoy, el político más decente que he conocido nunca; tan decente era que duró solo un año en la presidencia; le asesinaron. 

-¿Y Cifariello?

-Cuando terminó el follón de Santo Domingo, Antonio y unos amigos suyos alquilaron una avioneta y pusieron rumbo a Zambia, donde había estallado otro jaleo. Me preguntó si quería acompañarles. 

"Para mí, ser escritor, contar historias, era pan comido, me salía con la punta de la gorra y, encima, daba dinero a espuertas"

-¿Qué le respondiste?

-Que no podía, que mi periódico me mandaba a México, donde acababa de tener lugar la matanza de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas. Pero si me esperaba, cubría lo de México, y me iba con él a Zambia. 

-¿No te esperó?

-No solo eso, sino que recién aterrizado en México, me metieron en la cárcel, de donde me sacaron a los tres días, para deportarme a los Estados Unidos. De Houston volé a Miami, donde se estaba celebrando el concurso de Miss Universo. Me pasé quince días allí, follando como un loco. Fue divertidísimo. Peor suerte corrió Antonio. 

-¿Qué pasó con él?

-Que nada más pisar Zambia lo mataron; a él y a los que le acompañaban. Era su segunda guerra. ¿Qué necesidad tenía aquel chico -alto, guapo, encantador- de dejar de hacer películas con Sofía Loren e irse a la guerra? 

-Pues como no lo sepas tú…

-Es verdad que la guerra tiene su aquel: conoces a gente interesante y, al arriesgar más que tus compañeros, pues te pagan también más. Yo, con veintitantos años, conducía un deportivo blanco, un Panhard Levassor con motor transversal, un modelo del que solo se fabricaron doscientos o trescientos coches, siendo el mío el único en toda España. Tengo una foto por ahí. 

-Como para ponerte a buscarla, con la cantidad que tienes, guardadas y decorando tus paredes, cada una con una historia.

-En esa otra de ahí, salimos la tripulación del Cruz del Sur. Solo quedo vivo yo. El último en morir fue Gonzalo Manglano. Gonzalo, que tenía alzheimer, murió hace un año. Con él también coincidí a las órdenes de Costeau, quien nos enseñó submarinismo y oceanografía.

-Disciplina una y otra que, supongo, no te dieron tanto dinero como el reporterismo de guerra. O los libros.

-Para mí, ser escritor, contar historias, era pan comido. Y sí, daba dinero a espuertas. Ahora bien, en mi caso el éxito tardó en llegar. La novela que me dio la fama -la fama, qué gilipollez- fue Ébano. Tenía casi cuarenta años y antes había escrito otras trece novelas que pasaron sin pena ni gloria. Para vivir, había tenido que hacer muchas cosas. Algunas ya te las he contado y otras, en cambio, no.

-¿Por ejemplo?

-Ser cazador profesional en África. Pero esa es otra historia. 

-Sigamos entonces con la de ser escritor.  

-Algo que no tiene ninguna importancia: sirves o no sirves, tienes el don o no lo tienes. A mí, como te digo, me salía con la punta de la gorra. Nunca he entendido a esos novelistas que se tiran años para contar una historia, costándoles, encima, sangre, sudor o lágrimas. Los libros o te salen espontáneos o no te salen. Por lo menos a mí. Como me tire más de dos meses con uno, ya sé que va a ser malo. Por eso, cuando pongo a los personajes en una situación de la que ni yo mismo sé cómo sacarlos, rompo las tres últimas páginas y sigo por otro lado. 

"¿Mi mejor premio? Veinticinco millones de ejemplares vendidos y varias estanterías con la edición completa de mis obras en distintos idiomas"

-¿Significa eso que todos tus libros son buenos?

-Ya no sé ni cuántos he escrito, ochenta y tantos. Pues bien, de todos ellos solo salvaría seis o siete.

-¿A saber?

-Manaos, El Perro, Tuareg, la serie Cienfuegos, quizás Coltán y puede que alguno más. 

-Manaos fue uno de tus primeros éxitos.

-Y eso que ni siquiera lo escribí. 

-¿Quieres decir que te lo escribió otro?

-Quiero decir que la historia la dicté con una grabadora estando en un hotel en Almería y luego me la pasaron a máquina.

-Otro éxito: El Perro.

-Ese lo escribí en poco más de un fin de semana. De El Perro se ha hecho dos veces la película, aparte de ser de los más traducidos y vendidos, no más, eso sí, que Tuareg.

-¿Tu gran obra?

-Sin duda. Tardé en escribirla algo más que El Perro (menos de un mes, eso seguro), se tradujo a casi todos los idiomas del mundo y vendí tres millones de ejemplares.

-Oye, ¿y la suma total de ejemplares de todas tus novelas?

-Calculo que unos veinticinco millones de ejemplares. Ese es mi mejor premio. Ese y varias estanterías con la edición completa de mis libros en español, pero también en francés, inglés, italiano, noruego, sueco, ruso, hebreo, árabe, japonés… Otro premio es que algunos de mis libros -pocos, repito- no estén mal del todo.

-Déjame salvar uno.

-A ver.

-La taberna de los cuatro vientos.

-Es la única vez que he hecho teatro. Y lo pasé muy bien. 

-La historia es asombrosa. ¿Basada en hechos reales o pura ficción?

-Cuando se estrenó, los críticos y, sobre todo, los historiadores, dijeron que me había tomado demasiadas licencias. Todo por decir que Cristóbal Colón, Núñez de Balboa, Alonso de Ojeda, Francisco de Pizarro, Hernán Cortés y Juan Ponce de León se conocieron en una taberna llamada De Los Cuatro Vientos. 

-¿Y fue así, coincidieron?

-Si lees sus vidas, todos te cuentan que hacia 1502 se encontraban en Santo Domingo, en esa época punto de llegada a América, una ciudad entonces con unos pocos centenares de habitantes. Allí había solo dos tabernas, la de El Mulero, un lodazal lleno de borrachos, y otra donde se comía muy bien, la de Los Cuatro Vientos, regentada por Catalina Barrancas, inventora del pan tumaca, y conocida de todos ellos. 

© Fernando Díaz Villanueva

-Ante una exposición así de los hechos, ¿cómo reaccionaron los críticos?

-Callándose. Lo que no significa que fueran malos historiadores. Su problema era otro: la especialización, el no saber relacionar unas cosas con otras, algo muy importante en mi oficio. 

-¿Oficio que te sigue divirtiendo?

-Una de las cosas que más me divertían -y me siguen divirtiendo, sí- es poner a los personajes en situaciones dificilísimas y sacarlos de ahí aplicando mis conocimientos a la imaginación. 

-¿Por ejemplo?

-Como he vivido años en el desierto, sé que si a un camello moribundo le metes una cuchillada con una gumia en un punto determinado, sale un chorrito de agua, lo suficiente para no morirte de sed. O lo mismo si estás en la selva -he recorrido el Amazonas no sé cuántas veces- y cortas determinadas lianas por arriba o por abajo. 

-Tus conocimientos aplicados a la imaginación no solo tienen como resultado novelas, sino también inventos: máquinas que convierten el agua del mar en potable, bosques que no arden...

-Yo vivía en mi casa de Lanzarote, tenía escritos cuarenta o cincuenta libros, muchos de ellos éxitos de venta, en definitiva, era lo que había soñado de niño: un escritor súper famoso. Entonces descubrí que la vida no iba de pasarlo bien, ganar mucho dinero o entretener a millones de personas. Tenía que aportar algo. 

-¿A qué precio?

-Al precio de hipotecarme, tener problemas con Hacienda y no poder dejarles a mis hijos cuatro casas, seis coches, un yate y millones en el banco. ¿Pero qué otra cosa podía hacer, si se me ocurre la idea de llevar gratis agua a gente que se está muriendo de sed y unos ingenieros me dicen que sí, que es posible? 

-Eso te pasa por juntarte con ingenieros.

-Pues son más divertidos que los escritores, lo que tampoco es difícil, porque los escritores son aburridísimos, unos coñazos de tíos, todo el día hablando de sus libros y dándose premios los unos a los otros. Aunque para divertida, la gente del cine. 

-Tú, desde luego, pasas por un actor.

-Mil veces me lo ofrecieron y mil veces que no. 

"Mis ochenta y tantos libros demuestran que de literatura no tengo ni puta idea"

-Lo que sí hiciste fue dirigir.

-Pero pronto me di cuenta de que no era lo mío. Levantarte a las cinco de la mañana, en pleno Amazonas, pelearte con los actores (que querían salir todos guapísimos, lo mismo que las actrices), tener que rodar escenas de quinientos indios en piraguas y contar únicamente con diez extras y una canoa… Con lo fácil que era escribir una historia dónde y cuándo me diera la gana. 

-¿Entonces, qué te divertía del cine?

-Ir a los rodajes a la hora del almuerzo y echar unas risas con el director y el resto del equipo. O, como decía un ayudante mío, grabar escenas en plan: Hotel Eurobuilding. Interior noche. Tía buenísima. (Me habrían quedado unas películas cojonudas.) También me divertía el Festival de Cannes, al que estuve yendo treinta y tantos años, del primer día al último, siempre a la misma habitación -la 314- del Majestic, el hotel de las estrellas.

-¿Ibas como periodista acreditado?

-Iba como productor de las veintitantas películas que se han hecho de mis novelas. En Cannes, por cierto, sí que se ligaba mucho.

-Ándate con ojo no sea que las feministas te monten una campaña.

-A propósito de eso, en Cannes conocí al hijo de perra ese de Harvey Weinstein. Una noche, Giovanni Bertolucci y yo cenamos con él y con su hermano en un restaurante italiano muy de moda entre la gente del cine, Le Vesuvio, cerca del Hotel Martinez. Me pareció un tipo tan brutalmente desagradable y grosero, que nada más salir del restaurante le dije a Giovanni que yo la película no la hacía con él. 

-¿Qué película era?

-Tuareg.

-Cuyo papel protagonista habría bordado Omar Sharif, ¿no crees?

-Omar Sharif era un tipo extraordinario. Hablaba varios idiomas a la perfección y era capaz de leer un libro y memorizarlo en un solo día. Es el hombre más inteligente y culto que he conocido en mi vida, aparte de agradable y exitoso con las mujeres.

-Tú, como no hables de mujeres, revientas.

-Es de las pocas cosas de las que entiendo. ¿De qué quieres que hable, si no? ¿De música? Me quedé sordo de un oído haciendo submarinismo y a duras penas distinto a Mozart de los Beatles. ¿De pintura? Ponme delante un Velázquez y un Picasso y no sabré decirte cuál es cuál. ¿De religión? Tampoco, porque no practico. ¿De literatura? Vuelvo a decirte que mis ochenta y tantos libros demuestran que no tengo ni puta idea.

-Definitivamente, no hay crítico más implacable con Alberto Vázquez Figueroa que Alberto Vázquez Figueroa.

-Porque soy el que mejor lo conoce. 

"La Jacqueline Bisset quiso ligar conmigo en la piscina de un hotel en Cannes. Como yo no me lo podía creer, ella se cansó y se fue. Trenes así solo pasan una vez en la vida"

-¿Por eso una vez dijiste de él que, de haberle dedicado menos tiempo a planear (y ejecutar) aventuras eróticas, habría escrito el doble de libros?

-¿Dije yo eso? 

-En una entrevista, sí.

-Pues ahora digo que las mujeres no hacen perder el tiempo. Es verdad que de haber estado con menos, es probable que hubiese escrito más, aunque seguramente peor, que ya es decir. Además, me habría divertido la mitad. Porque por muy bien que te lo pases escribiendo historias, siempre te divertirás menos que con una señora de primera categoría. 

-Tú has estado con muchas señoras así.

-Estuve veintitantos años casado con la que en su día fue la mujer más guapa del mundo, modelo de las medias Marie Claire, la Claudia Schiffer de la época. Con ella tuve dos hijos.

-¿Y con otras, cuántos has tenido en total?

-Muchos.

-¿Cuántos?

-Eso es secreto. Como es un secreto el nombre de las mujeres con las que he estado. 

-¿Jacqueline Bisset, por ejemplo?

-Con ella nunca tuve nada, pero sí me pasó una cosa muy curiosa. En Cannes, sin ir más lejos. Acababa yo de desayunar en la piscina del hotel, cuando enfrente de mí se sentó ella, que no paraba de mirar. Yo pensaba que se trataría de alguien a mis espaldas, pero por más que me volvía, allí no había nadie. Entre que eso no podía estar pasándome a mí y que una cosa era que mi mujer aguantara mis cosas y otra que me liara con la Jacqueline Bisset, se ve que ella se cansó de esperar y se fue. 

-O sea, que quería algo contigo.

-Cuando al rato bajó Giovanni Bertolucci y se lo conté, me preguntó si estaba bobo, que claro que quería ligar conmigo, tan liberal como ella era y entonces sin compromiso. Yo con un cabreo…

-¿No hubo manera de que se te pasara?

-Años después coincidí con ella en el jurado de la reina del carnaval de Tenerife. Durante la cena le dije: oye, Jacqueline, no sé si te acordarás de una vez en el bar de la piscina del Majestic… Y ella: ay, querido, no me acuerdo, pero trenes así solo pasan una vez en la vida. 

-¿Y qué otros trenes has perdido? O te lo pregunto de otra forma: ¿si volvieras a nacer…?

-¿… volvería a vivir como lo he hecho? Es que muchas cosas no han dependido de mí.

-¿Por ejemplo?

-La cárcel de mi padre, el suicidio de mi madre, los años del desierto… No han dependido de mí, pero sí soy el resultado y habría sido absurdo que, después de todo eso, hubiese terminado de empleado de banca. Lo que sí dependió de mí fue otra cosa.

-¿Qué?

-No buscar excusas para no hacer nada, para no salir de casa, para no atreverme. La prueba es que he hecho lo que he querido y la vida me la he jugado a cara o cruz.


FDV: marca, medio y personaje

Una vez dije de Fernando Díaz Villanueva que era un grupo multimedia a una mochila pegado: hace texto, hace fotos, hace audio, hace vídeos, y todo lo hace en tiempo y forma. Lo dije -si es que soy un visionario- mucho antes de que al tío le diera por montar en su casa un podcast, La ContraCrónica, con el que hoy le habla de tú a tú (en iVoox, entiéndase, no en el EGM) a los popes de la radio. Alrededor de La ContraCrónica han empezado a brotar, de forma orgánica, textos, vídeos y fotos, todos con la firma de FDV -lo dicho, un multimedia-, la suma de lo cual le alcanza para pagar las facturas y llegar a fin de mes. De estas y otras muchas cosas hablamos en la entrevista, donde no le afeé en público modos, maneras y, sobre todo, fijaciones personales suyas que sí le he reconvenido en privado alguna vez (tampoco muchas, eh, que uno es su amigo, no su padre).

-¿Cómo reaccionaron tus padres el día que llegaste a casa y les dijiste que eras de derechas?

-¿Cómo quieres que reaccionaran? Pues bien. Ten en cuenta que mis padres nacieron poco después de terminar la guerra y vivieron buena parte de su vida durante el franquismo. Las pasiones políticas ya se habían atemperado (se normalizarían luego en la Transición), tras haber vivido el país peligrosamente desde las grandes huelgas revolucionarias del 17 hasta el final de la guerra en el 39.

-Te lo pregunto porque les tenía, a tu padre y a tu madre, por dos comunistas furibundos.

-Mi padre nunca lo fue. Votaba al PSP de Tierno Galván porque le parecía más fino e ilustrado. En cuanto a los Villanueva, es verdad que eran del partido -del Partido Comunista-, solo que unos estaban más convencidos que otros; mi madre era de estos últimos.

-¿En qué se traducía ese compromiso light?

-En votar al PCE. Pero al PCE de la Transición.

-¿Por qué la precisión?

-Porque con aquel PCE uno no sabía dónde terminaba el comunismo y dónde empezaba el antifranquismo. 

-Eso lo cuentan muy bien aquellos que en los sesenta y en los setenta se hicieron comunistas por antifranquistas.

-Otro que lo contaría muy bien sería mi abuelo, si viviera. Estoy seguro de que si le preguntáramos, su comunismo no sería como el de Alberto Garzón, sino que nos reconocería que estaba marcado por el franquismo.

"Me acuerdo de las clásicas cenas de Navidad en casa de mis padres, donde se montaban unas broncas tremendas, con unos a favor de Felipe y otros en contra; terminada la discusión, todos seguían jugando al mus, como si nada"

-¿Tanto influyó ese periodo?

-El franquismo fue un trauma. Un trauma doloroso para mucha gente, pero también un trauma en el sentido de ruptura. El franquismo marca un antes y un después, es un parteaguas de la historia de España como lo fueron las guerras napoleónicas en la historia de Francia. No solo influyó en las generaciones que vivieron a lo largo de esos cuarenta años, sino que nos sigue influyendo hoy, incompresiblemente.

-¿Incompresiblemente?

-Incomprensiblemente, sí. Para comprenderlo, habría que preguntarles a aquellos empeñados en el error de que esa herida no cicatrice nunca, cuando debería haberlo hecho ya.

-De hecho, hoy se habla más y con más pasión de Franco que cuando tú y yo éramos pequeños, con el cadáver del general todavía caliente.

-Es que lo de radicalizar las posturas hasta hacerlas irreconciliables es una cosa de ahora, de hace cuatro o cinco años. Y espero que dure poco. De momento, sigue siendo posible -y normal- tener amigos que no compartan tus ideas políticas. Hablando de todo esto, me estoy acordando de una cosa.

-¿De qué?

-De las clásicas cenas de Navidad en casa, donde se montaban unas discusiones políticas de padre y muy señor mío, con unos a favor de Felipe y otros en contra. El caso era que, terminada la discusión, todos seguían jugando al mus como si nada. 

-La referencia a Felipe nos sitúa automáticamente en la España de los ochenta.

-La feliz España de los ochenta. 

-La España en la que los Díaz Villanueva, como tantas otras familias, prosperaran.

-Fue un momento de crecimiento para el país y también para la gente trabajadora y bien formada, como mi padre, ingeniero de telecomunicaciones y hombre muy inteligente. A mi padre le empieza a ir bien profesionalmente y nosotros, su familia, pasamos a vivir de forma confortable, en mejora constante: mejor casa, mejor coche, mejor todo. Ese, el de la clase media alta de la época, es el ambiente en el que yo me crié.

-Ambiente, cabe insistir, poco o nada politizado.

-En casa la política no se respiraba. Si acaso, se comentaba por encima. Muy por encima. Qué sé yo, el debate del aborto del 85, por ejemplo.

-¿Y nunca te sedujo el historial antifranquista de alguno de los miembros de tu familia?

-Pero es que la mayoría eran antifranquistas de parchís, o sea, de comerse una y contar veinte. Por otro lado, el comunismo, ya entonces, me parecía rancio, cosa de puretas, y los comunistas, más vistos que el TBO. Miraba las marchas anti-OTAN a la base de Torrejón y pensaba: “¿Estos son los parias de la tierra? Pues, de entrada, ni me gustan ni me interesan”. Hoy, si tuviera quince años, podrían llamarme la atención los de Podemos, quién sabe. Porque a esa edad las modas y las percepciones importan.

"De niño aborrecía la Física y las Matemáticas. Por eso, cuando me castigaban a estudiar, me llevaba a la habitación alguno de los libros de mi padre, normalmente clásicos del Siglo de Oro. Así me aficioné a la lectura"

-Y no solo a esa edad.

-La mayoría no suele adscribirse a una ideología política concreta por las conclusiones que extrae de la teoría o de la realidad, sino por eso que te digo, las modas, las impresiones, o porque soy de derechas -o de izquierdas- porque mi padre lo es y, claro, mi padre no puede estar equivocado.

-Tú en cambio…

-Yo me molesté en bajar al detalle, en someter a revisión todo lo que había visto y oído en casa, y como me gusta llevar la contraria, pues llegué el día aquel y dije -simplificando mucho la realidad- que me había hecho de derechas. No hablo de los 80, que la política no me interesaba nada y mis curiosidades eran otras. Hablo de los 90.

-Cuando el comunismo está cayendo en el mundo…

-… y yo empiezo a leer ciertas cosas en la universidad.

-Antes de que me hagas la lista con los títulos, deja que te pregunte si hasta entonces los libros habían sido algo extraño para ti.

-Para nada. En mi casa había muchos libros porque a mi padre le gustaba leer. También era aficionado a la música, con lo que también había un montón discos o, más que discos, cintas de casete, que era lo que se escuchaba en los años 80. Hablo de Mozart, Beethoven, Bach…

-Eso por lo que respecta a la música. ¿Y los libros?

-Mucho Quevedo, Lope, Tirso… Es que de joven mi padre quiso ser actor, ¿sabes? También había libros de historia y de arte y de otras cosas que le interesaban a él.

-Y que terminan por interesarte también a ti, vista tu trayectoria posterior.

-Si te exponen a los libros desde la niñez, es lógico que te contagies. A ti te debió de pasar algo parecido. ¿Entras en casa de tu madre y qué hay? Libros. Pero si hasta tu padre tuvo una biblioteca que da gusto verla, con volúmenes de todo tipo. En mi caso, además, se daba otra circunstancia.

-¿Cuál?

-La de que aborrecía la Física y las Matemáticas y, en general, las asignaturas de Ciencias, que siempre me quedaban para septiembre. Mis padres me castigaban a estudiar, sin salir de la habitación. ¿Qué hacía yo? Encerrarme con uno de esos libros. En parte los leía porque no me apetecía hacer ecuaciones de segundo grado, en parte porque me gustaban (yo creo que de ahí me viene esa afición mía por la prosa un poco así, quevediana). Pero, ya digo, es lo que había en casa. Si en vez de libros o discos hubiera habido ejemplares de la revista Hola… 

-Tu suerte, sin embargo, fue otra.

-Otra y mejor. O eso pienso yo.

-¿Hasta qué punto lo crees?

-Hasta el de que si voy a una casa y veo que no hay un libro, siento lástima por los niños que viven ahí, que no van a tener el mismo acceso a la lectura que tuvimos nosotros, que llegábamos al salón y lo encontrábamos repleto. 

"En un país genuinamente libre, Soraya, los Nadal y toda la banda no habrían pasado de secretarios de juzgados, que es todo para lo que valen"

-Los niños de ahora tienen internet.

-La gran biblioteca universal a la distancia de un click de ratón. La realidad luego es que se tiran el día con Pokemon y los videojuegos. Ojo, que no digo que esté mal. A mí de niño me gustaba Mario Bros. Con tal de no pasarte la vida con eso…

-Tú no lo has hecho. Si no, entre otras cosas, no te habrías licenciado en Historia. A propósito, ¿por qué Historia?

-Por darle el gusto a mi padre, que quería que estudiara una carrera. Yo, en cambio, no quería. A los dieciocho años ya intuía que la universidad era una pérdida de tiempo, a no ser que quisieras ser abogado, médico, arquitecto o cualquier otra profesión para las que necesites una titulación con la que colegiarte y ejercer. Pero ¿historiador? Podías serlo -y muy solvente- estudiando por tu cuenta. Lo pensaba entonces y lo sigo pensando hoy, todavía más.

-¿Qué te reafirmó en la idea?

-Mi paso por la universidad, precisamente. Fui allí donde me di cuenta de que aquello es una fábrica de empleados públicos. La carrera de Historia, por ejemplo, está pensada para formar profesores de enseñanza pública. La de Derecho, registradores de la propiedad. La de Economía, técnicos comerciales del Estado. Y así podíamos seguir con el resto. No se trata de que aprendas nada.

-¿De qué entonces?

-De que memorices un temario y te presentes a una oposición. Si memorizas el cien por cien, sacarás un diez, y serás Álvaro Nadal. Yo nunca quise trabajar para el Estado ni, mucho menos, ser Álvaro Nadal… 

-No les puedes ver, ¿eh?

-¿A quién, a los Nadal, Soraya y el resto de la banda? No puedo, no. Y no puedo porque son gente que, en un país genuinamente libre, no habrían pasado de secretarios de juzgado, que es para todo lo que valen. El mundo no lo hacen avanzar ni ellos ni otros como ellos, sino los aficionados entregados a un tema, las personas capaces de algo original. Todo esto, que más o menos sospechaba con dieciocho años, lo fui luego teorizando. 

-En parte, en los pasillos y aulas de una universidad pública, según confesión tuya propia.

-Pasillos, aulas y, sobre todo, departamentos que me generaron un rechazo inexplicable (porque yo era un crío) por lo burocrático y el lenguaje administrativo; tanto, que si hoy leo el BOE, me dan los siete males, tengo que coger luego un clásico para desintoxicarme. 

-El caso es que llegas a la universidad, ves de qué va la cosa y, sin embargo, no sales corriendo.

-Tenía que darle el gusto a mi padre, como te digo. Lo que sí tuve claro es que la carrera que fuese sería de Letras, más fáciles que las de Ciencias. Y como la historia me gustaba… Además, la cosa consistía, básicamente, en pillar la bibliografía el primer día, leértela a lo largo del curso y, al final, presentarte a los exámenes. ¡Ah! Y sin dedicarle demasiado tiempo. 

"Al acabar la carrera, quise conocer mundo, pero como no tenía dinero, me enrolé en un crucero, donde estuve años trabajando; al principio, pinchando música en el night-club"

-Todo eso en la Autónoma.

-Sí, porque aunque la Complutense era la que me tocaba por distrito, en la Autónoma podía cumplir una de mis fantasías juveniles: ser arqueólogo. Me hice incluso unas tarjetas.

-¿Unas tarjetas?

-De esas de máquina que en el metro costaban quinientas pesetas cincuenta. ¿Te acuerdas? Pues me hice unas que ponía: “Fernando Díaz Villanueva. Arqueólogo y aventurero”. Era para dárselas a las chicas en los bares. “Oye, ¿y tú a qué te dedicas?”. “¿Yo? Arqueólogo y aventurero”. Y le sacudías el tarjetazo. La tía, claro, se quedaba flipada y tus posibilidades de ligar con ella aumentaban considerablemente.

-Para que digan que la Arqueología no sirve para nada.

-En primer curso me metí en un taller de Arqueología. Debí de durar cuatro días, porque aquello era un coñazo. Todo el día limpiando piezas y metiéndolas en bolsas de plástico. “Esto es una estafa”, pensé. “Ni estos tíos son Indiana Jones ni aquí hay aventura”.

-La aventura tendría que esperar hasta que acabases la carrera y liases el petate, como un lobo de mar.  

-Tenía ganas de ver mundo, pero no tenía dinero. Así que durante años trabajé en cruceros, enrolado. Empecé pinchando música en el night-club, pero como enseguida vieron que tenía estudios y sabía manejar el ordenador, me pusieron a hacer el periódico para los pasajeros de habla hispana y también a diseñar el programa del día, con sus excursiones y sus actividades. No digo que conociera el mundo entero, pero sí al menos todos sus puertos.

-¿Y qué tal la experiencia?

-Me gustó mucho, la verdad. Aprendí a ver a mi país con perspectiva, valorando lo que tenía. Que es que en España somos especialmente críticos con lo nuestro, a mi juicio demasiado.

-Acabamos de dar la vuelta al mundo en un par de preguntas y como nos descuidemos sigo sin preguntarte por las lecturas que te supusieron un antes y un después.

-Fueron muchas. Por ejemplo, El conocimiento inútil, de Jean François Revel. Cayó en mis manos porque lo había prologado Javier Tusell y El País hizo autobombo (en mi casa, claro, mi padre compraba El País). La crítica lo ponía tan bien que me dije: pues voy a leerlo.

-Y lo leíste.

-Recuerdo lo mucho que me llamó la atención que Revel se llamara así mismo, una y otra vez, “liberal”. Creo que fue la primera vez que leí la palabra; una palabra, a propósito, inventada en España, y que me sonaba bien, que me molaba. 

© Sebastián Díaz Krieg

-Más títulos.

-Historia económica de la población mundial, de Carlo Maria Cipolla. El tema es que Cipolla me abrió las puertas de la Economía, que hasta entonces no me había interesado demasiado, pero que terminaría interesándome mucho más que la Arqueología. Poco a poco, eso sí, que los intereses, lo mismo que los edificios, no se construyen de golpe, sino ladrillo a ladrillo, libro a libro.

-A Cipolla le seguirían otros autores.

-Cuando todavía estaba en la universidad, oí hablar de un profesor de la Complutense que, al parecer, era el recolmo del liberalismo: Jesús Huerta de Soto. Total, que una tarde, ni corto ni perezoso, cogí mi Vespa y me presenté en la facultad de Derecho. Coincidió que fue el día que Huerta llevó al aula un busto de Mises (lo llevaba el bedel, claro, porque Jesús es muy señorito). Empezó la clase, Huerta se puso a hablar de Economía, y yo me quedé maravillado. Debía de ser 1994 o 1995. 

-Supongo que tu admiración por Huerta no se limitó a aquella tarde.  

-Empecé a ir como oyente a sus clases. Y a leer sus artículos recopilados en unos libritos azules muy populares entre los discípulos de Huerta. Porque Jesús ha formado a una generación entera de liberales españoles, entre los que me incluyo. Fue clave para todos nosotros, antes incluso de que arrancase internet.

-Con eso último no sé si te estarás refiriendo a Libertad Digital, donde llegáis a daros cita todos o casi.

-También me refiero a los blogs. ¿Tú sabías que en España los blogs, antes incluso de que la palabra se pusiera de moda, los empezamos cuatro liberales, hará como quince años? ¿Y que nunca jamás nos invitaron a un evento ni nos dieron un premio ni nada? Y los mismo ahora con los podcast. Pero me preguntabas por Libertad Digital.

-Te preguntaba, sí.

-Empecé a colaborar en 2000, cuando Libertad Digital era poca cosa (LD y, en general, internet). Para que te hagas una idea, el periódico ni siquiera tenía editoriales. Los empezó a tener a partir de 2001. El editorialista entonces se llamaba -y se sigue llamando, porque no ha muerto y espero que viva muchos años- Jesús Gómez, que luego se echaría a perder dedicándose a la política (llegó a ser alcalde del Leganés con el PP). El director, por cierto, se llamaba -y se sigue llamando, porque felizmente vive, hoy ya jubilado- Javier Rubio. 

-¿Es Javier quien te ficha?

-Sí, es él quien me llama para irme a Libertad Digital como jefe de opinión, a lo que yo le respondo que sí, que claro, que un honor. Pero el internet de la época, como te digo, no daba para sostenerte, así que escribía editoriales al mismo tiempo que trabajaba en una tele, en jornadas de 16 horas. Pero si no te pluriempleas con veintitantos años, no sé cuándo lo vas a hacer. Por cierto, que ahora le echo al día tantas horas como antes, pero como tengo mucha energía, tampoco me cuesta demasiado. 

"Empecé en Telecinco, en un programa de crónica negra primero y luego haciendo cosas de zapping"

-Escribir a diario ejercita los dedos.

-Y la cabeza. De hecho, me preguntan cómo puedo opinar todos los días sobre un tema en La Contracrónica y yo respondo que porque me he tirado quince años escribiendo editoriales. Con la diferencia de que lo de ahora es más fácil, porque la opinión es mía, mientras que antes la opinión era la del periódico. 

-Se nos ha olvidado mencionar algo: el nombre de la tele para la que trabajabas.

-Telecinco. Empecé en un programa con Paco Pérez Abellán, uno de los maestros de este oficio, que me enseñó los rudimentos, y con el que volvería a trabajar, años después, en otra televisión. 

-Entiendo que el programa era de crónica negra, que para algo Pérez Abellán es uno de los grandes del género.

-Se llamaba Código Rojo, lo producíamos en Telecinco, en sus estudios, y luego lo dábamos a través de una serie de cadenas locales, algunas con nombres muy graciosos, como Giralda TV. Te estoy hablando de antes de la TDT. 

-No fue lo único que hiciste en Telecinco.

-Código Rojorealizaba una serie de paradas técnicas durante el verano y al personal nos metían en otros programas, estos ya sí propiamente de Telecinco. Programas de zapping y de cosas así.

-¿Telebasura, quizás?

-No me gusta llamarlo así. 

-¿Por qué?

-Porque si esos programas existen, si se producen, es porque hay quien los compra, porque tienen su demanda. Pasa lo mismo con la llamada “comida basura”. No es verdad que si comes en un MacDonalds, estés comiendo basura. Estás comiendo comida que pasa todos los criterios sanitarios. ¿Que no es la más saludable como para comerla todos los días? Eso es otra cosa. Pero ni es basura ni tampoco lo es el que la coma. 

-No creo que nadie diga que el que se zampa un whopper es basura.  

-En el momento en que alguien dice “telebasura”, ya está juzgando, y a mí no me gusta juzgar. ¿Qué pasa, que si ves los documentales de La 2 eres refinado y, en cambio, si estás enganchado a Gandía Shore eres basura? Pues tengo que decir que el gusto por las pasiones más básicas del ser humano ha existido siempre, solo que ahora tienen una expresión mayor con la televisión y con internet. Además… 

-Di.

-Reinhard Heydrich, aparte de un tío cultísimo, era el jefe de las SS. Quiero decir que hay gente que es basura y no necesariamente por los programas de televisión que ve. 

-¿Tú qué tele ves?

-Tampoco es que siga mucho ninguna.

"Con el fútbol me pasa lo que con programas como Gran Hermano, que he hecho lo posible por aficionarme, por ser temas de conversación habituales, pero no lo he conseguido"

 -Que tienes otros gustos, vaya.

-Pero no más elevados que los de nadie; en todo caso, más minoritarios. En eso consiste la grandeza de las sociedades libres: que cada uno queda franco para tener las aficiones que le de la gana. Y si, por lo que fuera, las mías me parecieran mejores que las de los demás, estos siempre podrán decir que lo que son es más coñazo: leer, escucharme una ópera o darme un paseo -andando, en bici, en moto- sin parar en una sola terraza.

-¿Y ese perfil morigerado de dónde lo sacas?

-Yo creo que de mi padre, un tipo raro al que jamás vi tomarse una caña, todo lo contrario que el español medio.

-La pregunta es quién es el español medio.

-Nos lo dice siempre la publicidad. En los años 60, por ejemplo, cuando las ciudades empezaban a llenarse de autopistas y subterráneos, el español medio era aquel que fumaba Ducados y tenía un coche o aspiraba a tenerlo. Y el que no, casi no era un hombre. Hoy, en cambio, el español medio es el que va en bici a todas partes y compra alimentos bio. Así es como lo presenta la publicidad.

-El español medio, en su versión urbanita, diga lo que diga la publicidad, también es aficionado a los gin-tonicsy a los after-worksesos. Tú, en cambio, no.

-Eso, ya te digo, es porque mi padre no me llevaba a bares de pequeño. 

-Bares donde se habla mucho de fútbol.

-Con el fútbol me pasa lo que con programas como Gran Hermano: que he hecho esfuerzos por aficionarme por ser un tema de conversación habitual entre la gente. Pero no lo he conseguido. No me sé ni los nombres de los jugadores. Ahora, me siento a ver un partido y a los cinco minutos me quedo frío. “¿Tú has visto qué jugadón?”. “Pero si sólo le ha pasado uno el balón a otro”. Lo que no quita para que entienda que haya a quien compre el Marca, sepa de fútbol y, caramba, le guste. Bueno, yo sé de otras cosas. Todas igual de válidas, insisto.

-¿Por qué la insistencia?

-Porque el gran drama de nuestra época consiste en que todos tengamos la misma escala de valores.

-¿Cómo llamamos a eso?

-Corrección política. Combatir el fenómeno va a ser la gran batalla para lo que queda de siglo. Si no se da, si asumimos sin más los grandes consensos, los planteamientos inquisitoriales, caeremos en la tiranía. Porque toda tiranía se basa en eso. La República Islámica de Irán, por ejemplo. 

-Tampoco hace falta irse tan lejos teniendo como tenemos cerca a los chicos de Podemos.

-El podemita medio es el típico Don Perfecto que se cree que todos tenemos que vivir como él. Pero que tú seas vegano no significa que yo tenga que dejar de comer chuletón. Vive tú tu vida y déjame a mí vivir la mía. Por cierto… 

"Pablo Iglesias me preguntó si había posibilidades de que lo invitaran a Intereconomía; lo comenté y le invitaron. Decir que por eso que soy el responsable de la irrupción de Podemos es una chorrada"

-Dime.

-Que cuando Podemos nació esa fue la crítica que les hice.

-Crítica, todo hay que decirlo, que les hiciste cara a cara, y no es una frase hecha.

-Eso lo dices porque sabes que soy perroflautólogo y, como tal, me conozco el mundillo de la extrema izquierda, su who is who, desde hace años, por lo menos, desde principios de siglo, cuando los movimientos antiglobalización, o sea, mucho antes del 15M.

-De hecho, a Pablo Iglesias lo conoces antes de ser Pablo Iglesias.

-A Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y todos los demás los seguía desde que tengo uso de internet, cuando navegaba por agregadores de izquierdas como Nodo50. Leyendo sus textos y viendo sus vídeos he descubierto auténticos hits, como tío Manolo. La cuestión es que, allá por 2012, Pablo Iglesias se pone en contacto conmigo y me invita a su programa.

 -Tú encantado, claro.

-¿Qué quieres qué le haga, si me gusta que me lleven la contraria?

-¿El programa cuál era, Fort Apache?

-No, era La Tuerka. Un programa que yo seguía -por supuesto- desde que empezaron a hacerlo, cuando era casi imposible de ver, porque estaba muy mal realizado, como por aficionados (fíjate si estaba mal realizado que, a cada rato, se les iba el sonido). Luego ya fueron mejorándolo. El programa entonces se hacía en el Canal 33, calle Atocha arriba, por Antón Martín, en un estudio enano donde en verano te morías de calor y en invierno... pues también. 

-Tú por entonces colaborabas con Intereconomía, si es que no estabas ya en nómina.

-Por eso Pablo Iglesias me comenta un día si cabría la posibilidad de que alguna vez les invitaran a él y a Tania Sánchez Melero. Yo lo comenté en Intereconomía y así es como les llevaron a Dando caña, un día que lo presentabas no sé si tú o Javier Algarra.

-Noelia Atance.

-Eso, Noelia Atance. Pablo y Tania van y, como era de esperar, discutimos. Y como el tío daba mucho juego, pues lo llevan a El gato al agua. 

-Así nace el Pablo Iglesias animal televisivo, criatura cuya paternidad no pocos te atribuyen.

-Lo cual es una chorrada porque si no le invito yo, le habría invitado otro. La irrupción de Podemos era inevitable. Digamos que era la consecuencia final de unos años de crisis no resuelta por sucesivos Gobiernos, primero el de Zapatero y luego el de Rajoy. El país deseaba a alguien como Pablo, con ese espíritu redentor, casi mesiánico.

@ Sebastián Díaz Krieg

-Y él, claro, se deja querer. 

-Se presenta con un muestrario de productos como la renta básica, que enseguida le quita de las manos mucha gente joven, resultado todos ellos de décadas de trabajo de zapa. ¿Consecuencia? Podemos se monta en tres meses y saca cinco eurodiputados. 

-Y tú, que en esos momentos te has quedado en la calle, sin empleo ni perspectivas a corto de encontrar uno, gambeteando la pobreza o casi, en lugar de comprar la mercancía averiada podemita, haces las maletas y te instalas con tu mujer y tus hijos en Centroamérica, en busca de un porvenir mejor, pudiendo presumir de ser de los pocos que han pasado de Guatepeor a Guatemala.

-Gabriel Calzada, entonces -y todavía hoy- rector de la Universidad Francisco Marroquín, y al que yo conocía desde hacía muchos años del Instituto Juan de Mariana, me ofreció irme a Guatemala para abrir una escuela de cine y artes visuales. Acepté y te diría que, nada más aterrizar, me puse a trabajar, pero no fue propiamente así. Porque en la Marroquín se hace cualquier cosa menos sacar nada adelante. Todo era enormemente burocrático.

-Pero la burocracia va de suyo en las organizaciones humanas, sobre todo a partir de cierto número.

-150, según Robin Dunbar, el antropólogo. Cosa distinta es la burocracia con mayúsculas, como la del Estado español, con tres millones de tíos trabajando para el Gobierno.

-No sería ese el caso de la Marroquín.

-No, su drama era el de tantas otras empresas: la ambición desmedida de ciertos elementos generalmente mediocres y dispuestos a lo que fuera por dinero o, peor aún, por comprarse un coche más grande. 

-O por puro ego.

-Eso se da, sobre todo, en nuestro oficio, el periodismo; oficio que cae en un lugar extraño, un explosivo cruce de caminos donde se encuentran el show business, la política y el mundillo de la fama. ¿A cuántos periodistas de los que no saben hacer la “o” con un canuto hemos visto llegar lejos solo por llevar en la boca el carnet del partido? ¿Y a cuántos otros cuya única obsesión era “hacer cámara”, como nos confesaban, pero no por transmitir una idea o algo, sino por verse el puto careto en la tele? 

-Algún día tendremos que escribir sobre todo aquello.

-Eso, la tragedia de una empresa por dentro, lo ha tratado muy bien el cine, con películas como Glengarry Glen Ross, que tanto te gusta. Son dramas del día a día con una diferencia, eso sí, respecto al Estado.

-¿Cuál?

-Que lo que pasa en una empresa se queda en la empresa, no afecta al resto de la sociedad. La ventaja de los sistemas libres es que si en una empresa todos los incentivos que genera para sus empleados son negativos y no sabe servir bien al cliente, primero entrará en decadencia y luego desaparecerá, yéndose a la mierda, bien quebrando, bien absorbida por otra, y en el pecado llevará la penitencia. O sea, que la empresa que la hace -y la hace mal-, la paga. 

"Si es verdad que Dios creó a Adán y Eva, los puso a vivir en el altiplano guatemalteco, uno de los lugares más bonitos del planeta"

-Permíteme que ponga eso en duda.

-A ver, estoy hablando de empresas que no reciben respiración asistida en forma de contratos y ayudas por parte del poder político.

-¿Es eso el capitalismo de amigotes?

-Así es como lo llaman. Aunque lo cierto es que en esos casos no hay capitalismo ninguno (siempre que vayamos a la definición canónica de capitalismo, claro). Porque que me expliquen dónde está el capitalismo en que yo llegue, le pague las putas a un concejal y, a cambio, este me recalifique unos terrenos. ¿Mercantilismo entonces, poniéndonos tremendos? Pues tampoco. Es, sin más ni más, corrupción. Son, llamémoslo así, los amigotes del Estado. O el Estado y sus amigotes.

-Lo cual no es privativo de los países del tercer mundo.

-¡Ah, no! En países como España se da mucho. Aquí las mayores fortunas se han hecho siempre en las cercanías del Estado. Y no me refiero a Amancio Ortega o Paco Roig; empresarios como ellos, de los que hacen funcionar las cosas, son la excepción.

-Ya has dejado claro -aquí y, sobre todo, en tus foros y tribunas- que los incentivos de la Marroquín no eran los de Inditex y los de Mercadona.

-Y eso que no he contado la historia entera. Algún día lo haré y más de uno temblará.

-Sí que guardas mal recuerdo.

-Pero no de Guatemala ni de mi año allí. Conocí a gente magnífica, hice grandes amigos y pude recuperar una costumbre que, por falta de tiempo, llevaba tiempo sin practicar: leer mucho. Aparte de los libros que me llevé en el kindle, estaban los de la biblioteca de la universidad. Y como la vida académica es tranquila y plácida, pues fue un buen año para el estudio y la reflexión. Y también estaba, te repito, el país. 

-¿Qué pasaba con él?

-Que si es verdad que Dios creo a Adán y Eva, los puso a vivir en el altiplano guatemalteco, de un verdor exuberante, con cascadas de agua, árboles frutales, barrancos, volcanes y una temperatura perfecta de entre veinte y veinticinco grados todo el año. De los lugares más bonitos no solo de América, sino de todo el planeta. Merece la pena visitarlo.

-Dejando a un lado tu agria polémica con el equipo rector de la Marroquín, ¿por qué volviste?

-Por mí me hubiese quedado unos años más, tan ricamente. Pero mi familia tampoco es que estuviera muy a gusto. Que eso no es como España, siempre con el caramelo de salir a la calle de paseo en cuanto hace bueno. Allí, en cambio, es fácil que te roben. Y luego pasa otra cosa.

"Para un madrileño, el viaje empieza y termina en Madrid. Olvídate. No hay más"

-¿Cuál?

-Que Guate es un sitio precioso, sí, pero también apartado del mundo, con un mercado pequeño, y donde tampoco es que se hagan cosas muy interesantes. No es Buenos Aires, ni Ciudad de México, ni Miami, ciudades con vuelos diarios a Madrid. Mi gran miedo era quedarme varado allí. Porque yo fui a Guate a hacer un proyecto -que luego no salió, todo lo que quieras-, pero siempre con la idea de continuar mi vida en Madrid.

-Tú y tu Madrid.

-Para un madrileño -y tú también lo eres- el viaje empieza y termina aquí. Olvídate. No hay más. Nací en Madrid y quiero estirar la pata, despedirme del mundo, en su punto neurálgico. O sea, en Madrid. ¿Que si algún día tengo fortuna suficiente no me importaría pasar temporadas en algún lugar bonito, como la costa vasca? No te digo que no. Pero al final siempre está Madrid. 

-Eres gato gato.

-Totalmente. Cien por cien. De hecho, una de las cosas que siempre le han faltado a mi ciudad es madrileños que la sientan.

-¿Y no es ese uno de sus encantos?

-Encanto ninguno. Los madrileños tenemos sentir nuestra ciudad, como los sevillanos Sevilla o los parisinos París. Lo que pasa es que hay cierto sentimiento de culpa.

-¿Culpa de qué?

-Culpa de la Corte. Porque en Madrid hay dos ciudades: está la villa y está la Corte. La Corte son los sorayos que vienen de fuera a politiquear y hacernos la vida imposible a todos. La Corte la padecemos porque no nos queda más remedio. Antiguamente se decía: mientras la Corte esté en la villa. Pues ya podrían llevarse la Corte a Barcelona durante una temporada; unos doscientos o trescientos años.

-¿Y la villa?

-La villa que nos la dejen, que es la que merece la pena. Si te fijas, cuando Madrid ha sido más Madrid es cuando ha sido menos Corte. O sea, los últimos treinta años.

-¿Sí?

-Sí. Es verdad que siguen en Madrid los ministerios, pero al estar todo transferido, son solo cáscaras vacías. Ha sido aligerar la carga de la Corte, sacarnos de encima buena parte de la política, e inmediatamente coger fuerza la villa, revitalizarse. Hoy Madrid es prácticamente la primera ciudad de España en todo: renta per cápita, innovación, empresas... Caray, que deberíamos ser más villanos, y no en la acepción medieval del término.

-Lo cierto es que, tras hacer las Américas, ya estás de vuelta, en la villa que no Corte.

-Y en el mejor de los lugares posibles. ¿O ya no te acuerdas cuál decíamos que era el mejor lugar del mundo?

-El que más lejos del jefe está.

-Ese.

"La ContraCrónica empezó hace dos años, con un micrófono que me costó 100 euros y muchas ganas. El primer trimestre hice 67.000 descargas; este último, 1.100.000"

-Pero qué mal mandado has sido siempre.

-Y qué mal jefe también. Por blando y porque nunca me interesó serlo. En cuanto a lo de mandado, no es que sea un tío rebelde, pero tampoco soy fácil ni disciplinado. Lo que soy es poco corporativo y no muy hábil. Hay quien sabe qué decir y cómo decirlo. Yo, en cambio, tengo la habilidad inversa. ¿Qué es lo que no hay que decir y a quién? Pues voy y se lo digo. No puedo evitarlo. Y así, claro, no hay tutía ni manera de prosperar en una empresa. 

-Salvo que la empresa sea tuya: La ContraCrónica.

-Después de toda una vida yendo a lo mío, por fin he encontrado mi lugar, he terminado haciendo lo que siempre quise hacer.

-¿Que es exactamente qué?

-Dirigirme al cliente final, sin intermediarios, como un artesano, en cierto modo. Porque no quiero trabajar para IKEA, sino fabricar y vender yo mis propios muebles. La ContraCrónica es pura artesanía.

-¿Cómo y cuándo empezó esta tu nueva etapa?

-Hace dos años, con un micrófono que me costó 100 euros y muchas ganas. El primer trimestre conseguí 67.000 descargas; este último, 1.100.000. 

-Para que luego digas que no tienes jefes.

-Tengo muchos, sí: los oyentes. Y es verdad que, entre tantos, puede tocarte algún que otro hueso, pero son los menos. Además, al ser muchos, la capacidad de presionar es menor y no dependes de uno solo. Por otro lado, estoy encantado de responder ante ellos y ante mis lectores, que son quienes me están permitiendo hacer de La ContraCrónica un modo de vida modesto pero sostenible.

-Que no vuelves tú a una redacción ni esposado por la Guardia Civil, vaya.

-Veo a mis compañeros de oficio ahora y me recuerdan lo mal que lo pasé cuando la crisis. ¿Y sabes qué? 

-¿Qué?

-Que no quiero volver a pasar por eso, todo el día con miedo a qué será de mí si el periódico o la televisión en los que trabajo cierran. Y mucho menos ahora que la tecnología -¡bendito internet!- me permite un programa de radio con una calidad como los de la mejor de las emisoras y con una inversión y unos costes mínimos. ¡Ah! Y sin que nadie me pueda quitar ni el micrófono, ni la columna, ni nada por el estilo, que bien sabes que, en mi caso, ha sido lo tristemente habitual. 

-O sea, que la falta de medios ya no es una excusa.

-De la misma manera que lo que vale de un artículo no es el ordenador con el que lo escribes, lo que vale de un programa de radio no es el micrófono, es el contenido, la cantidad de conocimiento que le pongas. Aquí todos partimos de cero. Aquí no hay ventajas. Aquí nadie puede decir que el otro tiene más postes. Porque todos tenemos los mismos: los móviles de los oyentes.

"Me conformo con vivir honradamente de los que sé hacer, con seguir yendo a mi aire, y con llegar a viejo conservando todas las piezas dentales"

-Todo esto está muy bien, pero ¿y el riesgo de convertirte en un pope del liberalismo?

-Analizo todos los días un tema político, el cual procuro pasar a través de un prisma: el de mis ideas y convicciones, que son liberales, sí, pero nada más. Ni pretendo ser el predicador del liberalismo ni lo he pretendido nunca. Además, ese puesto tiene mucha competencia, si es que no está ocupado ya.

-Mira que hay predicadores en España, y no solo de la cosa liberal.

-Porque vivimos en un país de Savonarolas, donde todos tenemos nuestra opinión, que estamos deseando decir; opinión, por supuesto, excluyente de la de los demás. Pero es que, si te fijas, los predicadores son algo muy de su tiempo.

-¿Qué quieres decir?

-Que el propio Savonarola, por ejemplo, era la leche en la Florencia del siglo XV, como la Inquisición era tremendamente popular entre los cristianos de la época. Hoy, sin embargo, dices Inquisición, dices Savonarola, ¿y en qué piensas? En fanatismo.

-¿Cómo conjurarlo?

-Sometiendo tus ideas y convicciones a continua evolución y cambio. Confrontándolas con la realidad. Procurando no quedarte anclado. Y evitando  construir y aplicar -más que nada porque no son posibles- sistemas completos. 

-A ver, ¿cómo es lo último?

-Sistemas, sí. O sea: esto es así porque tiene que ser así. Se da entre algunos liberales -pocos, afortunadamente- que, de tanto negarse a bajar al terreno, terminan haciendo marxismo liberal. 

-“¡Anatema!”, “¡Traidor!”, te soltará algún torquemadilla.

-A grande rasgos, sigo pensando lo mismo que en 2000, solo que con muchos más matices. Porque si a los sesenta sigues siendo el mismo que a los veinte, significa que no ha pasado la vida por ti.

-Pero a ti te queda mucho todavía para los sesenta.

-Estoy ya a mitad de camino, macho, que esto son cuatro putos días.

-¿Y en qué se reconoce -o en qué no- el FDV de ahora en aquel otro de hace quince o veinte años?

-Ya no soy tan idealista, ni muchísimo menos. Pero es lo que tiene vivir (mira que te lo avisan cuando eres joven, pero hasta que no lo ves, nada). Y si siempre fui algo escéptico, ahora lo soy todavía más, en ocasiones lindando con el cinismo. No es que haya perdido el entusiasmo ni que ya no crea en nada; es que creo en pocas cosas.

-¿Por ejemplo?

-No creo en la política, eso te lo aseguro. Si alguna vez pude tener una esperanza, por pequeña que fuera, hoy ya no la tengo. Me parece una broma macabra y no existe partido capaz de ilusionarme. Tampoco me entusiasma ser millonario, tener poder, ni cosas así. 

-¿Y qué sí te entusiasma?

-Las ideas. Y, cada vez más, las grandes narraciones, las grandes historias, leerlas y contarlas.

-Con muy poco te conformas.

-Me conformo con vivir honradamente de lo que sé hacer: la divulgación histórica y el análisis político, sobre todo. Me conformo también con que con mis proyectos funcionen. Con seguir yendo a mi aire. Con llegar a viejo conservando todas las piezas dentales. Con espicharla solo después de haber escrito mi último artículo, sin deberle nada ni a Dios ni a los hombres, y sin nadie que pueda decir: ya murió el hijoputa este.

 

 


Rafael Vera, la Seguridad del Estado

A Rafael Vera le sucede que si algún día hicieran una película sobre su vida -un biopic de esos- el responsable del reparto se las vería y desearía para encontrar un actor con el empaque del personaje. No es descabellado, no, lo de la película. Desde que se retiró de la primera línea de la vida política, hace ya unos años, Vera ha novelado algunos de los episodios de los que fue testigo o protagonista como hombre fuerte de Interior durante los Gobiernos de González. De sus libros, uno ha sido llevado a la pequeña pantalla, con muy buenos datos de audiencia, y ya están preparando el guión de otro. Él, por su parte, trabaja en otros proyectos, literarios y cinematográficos, todos relacionados con su paso por la Seguridad del Estado. No lo hace por exorcizar demonios ni como una alternativa a la petanca. O no solo. Lo hace, dice, con un propósito patriótico: que las nuevas generaciones tengan noticia de lo que en un tiempo no muy lejano hicieron por su país unos hombres de uniforme, allá en la primera línea del peligro. Ahora bien, su testimonio definitivo, el de Vera, serán sus memorias, las cuales no tendrá la necesidad de novelar, pues en su caso la realidad supera a la ficción, y de largo.

¿Considera haber tenido una vida de novela, de película?

En muchos aspectos, sí. Aunque lo que de verdad he tenido ha sido una vida muy diferente a la que preveía. 

¿Qué la hizo tan diferente?

Un cúmulo de circunstancias no previstas. Por ejemplo, mis tres años en el Ayuntamiento de Madrid, en el área de Seguridad, y luego doce en Interior. 

En total, quince años.

Quince años que pasaron muy deprisa, pero que son el núcleo de mi vida, hasta el punto de que durante ese tiempo no pude desarrollar otros aspectos que no fueran la política. Todo lo de después cuelga de aquellos años, para bien o para mal. 

Típica pregunta: ¿si volviera atrás…?

¿… volvería a actuar como lo hice? En la mayoría de los casos, sí. Ahora bien, no contaría con según qué colaboradores. 

¿Tanto se equivocó?

Fue en lo que más. Y a lo mejor me volvía a equivocar, pues nunca estás al cien por cien seguro. Pero ahora mediría mejor. Porque he aprendido a acertar con la gente sin apenas conocerla. Otras cualidades no tendré, pero esa me funciona bastante. Es que como responsable de Interior he tratado, directa o indirectamente, y en momentos muy difíciles, con 150.000 hombres.

"No hace falta que me animen a escribir mis memorias. Soy yo el que sigue teniendo el mismo deseo que cuando dejé Interior. Quizás más. Pero..."

Algún amigo haría.

Lo tengo claro: no puedes entrar en política para hacer amigos. A lo mejor tropiezas con alguien que antepone la parte humana a los intereses de partido, alguien a quien llamar “amigo”. Pero se pueden contar con los dedos de una mano. Después de todos esos años en política, no sabría decir el número exacto de amigos; solo que fueron pocos.

¿Pocos?

Pocos, al menos, con los que hoy mantenga una relación. Es cierto que de vez en cuando me veo con alguno. Pero, la verdad, no es una amistad como las que se hacían en el colegio o en la universidad. 

Años que cada vez van quedando más lejos.

Pero ahora internet facilita las reuniones de promoción y, por tanto, el contacto con los amigos de entonces. Porque antes terminabas -el colegio, la universidad- y muchas veces o dejabas de verlos o los veías menos. Aunque lo que quiero decir con todo esto es otra cosa.

¿Qué?

Que tener amigos de verdad es muy difícil. Amigos, me refiero, de los que se prueban en la adversidad; amigos que se acercan a la condición de hermano. 

¿Usted los tiene?

Ahora sí. 

¿Sí?

Sí. 

¿De dónde han salido?

De circunstancias, de casualidades, de la vida. Por ejemplo, cuando salí de Interior, me dediqué mucho a mis hijos, entre otras cosas, participando de sus cosas, siempre a salvo la distancia de los años. Ahí me encuentro con otros padres, adultos de mi misma edad, con los que establezco un contacto que, con los años, se convierte en amistad. 

Aparte de volcarse con sus hijos y sus aficiones, ¿ha encontrado tiempo para usted y sus cosas?

Mi mujer y yo tenemos una casita en Segovia, a la que vamos muchos fines de semana a refugiarnos. Me gusta el paisaje austero castellano, por supuesto el de la meseta, pero sobre todo el de la sierra. El monte es una de mis aficiones y es precisamente allí donde he hecho amigos de esos que considero hermanos. Nos llamamos con frecuencia, salimos a caminar, organizamos comidas… 

¿Y le animan a escribir sus memorias?

No hace falta que me animen. Soy yo el que sigue teniendo el mismo deseo que cuando dejé Interior. Quizás más. Pero… 

¿Pero?

Pero no acabo de verlo. 

Habrá editores que sí.

Lara padre, por ejemplo. Tuve algún encuentro con él, hace años. Y no me quedó  del todo claro que fuese su deseo publicar mis memorias. Más bien, mi sensación fue la de que lo que pretendía era comprarlas y ya vería luego qué hacer con ellas. Como no me pareció aceptable, rechacé la oferta. Y eso que era una cantidad económica importante. Por otro lado… 

Sí.

Si algún día me animo, no quisiera limitarme a contar una serie de anécdotas. 

Anécdotas tendrá muchas.

Miles. Pero unas memorias, y más si son políticas, no pueden ser eso. Tienen que contar la verdad; la verdad de lo que se hizo, la verdad de lo que se dijo. ¿Y eso a qué conduce? 

"Felipe pudo haber dado un paso al frente. Pero seguramente hubo quien le aconsejó que no lo hiciera. Alguien tenía que hacer de muro de contención: yo"

Usted dirá.

Conduce a perjudicar a determinadas instituciones y a hacer daño a algunas personas. Y como sé lo mal que se pasa -porque, a pesar del tiempo transcurrido, sigo teniendo coletazos- pues me costaría mucho hacerlo. 

¿Ni siquiera planteándoselo como un ajuste de cuentas?

No soy rencoroso. No lo soy porque no me sale. Soy de los que no olvidan, pero sí perdonan, incluso a aquellos que no se han portado bien conmigo. Pero hay que pensar que lo que se cuente no les afectará solo a ellos, también a su entorno, que no se merece sufrir.

Dice hablar con conocimiento de causa.

El precio que paga la familia es demoledor. Lo veo en mi mujer. Por muy fuerte que sea (que lo es), todo esto ha terminando por hacer mella en su salud. Y lo veo también en mi hijo, todavía joven, pero con una herida abierta que no deja de sangrar, provocada por la falta de reconocimiento a su padre y por los reproches.

¿La adversidad les ha unido?

Tendría que ver a mi mujer y a mi hijo. Son uña y carne los dos. Una cosa espectacular. A todo lo que pasó, se une el recuerdo del hermano y del hijo que se mató en accidente de moto. Eso ha fortalecido mucho su relación.

Su hijo llegó a ofrecerse para ir a la cárcel por usted.

Mi hijo es un chaval espléndido, un tipo de primera, y me alegro de haberle tenido cerca todos estos años. Igual que a mi hija Macarena, que sin ser ella consciente fue uno de los firmes baluartes de mi resistencia. Lo de la cárcel, bueno, es lo que diría cualquier hijo con una relación como debe ser con su padre. 

Y ese mismo padre, ¿qué debería contestar a su hijo?

“Déjame a mí la cárcel y vive tú la vida, que te queda todavía mucha”. 

Hablaba antes de reproches. ¿A quién los dirige usted?

A nadie. Ni siquiera a los que me dieron de lado por cobardía o porque no se los llevaran conmigo por delante.

¿Incluimos ahí a Felipe González?

Es verdad que Felipe pudo haber dado un paso al frente, decir aquí estoy yo, hacer una intervención en el Congreso, votar, y allí hubiera acabado todo. Pero seguramente hubo quien le aconsejó que no lo hiciera. Alguien tenía que hacer de muro de contención.

Usted, por ejemplo.

Entiendo ciertas actitudes porque entiendo la condición humana; me muevo bien en ese terreno.

"No creo que sea incompatible defender a capa y espada la integridad territorial de mi país con querer para el mismo un proyecto de izquierdas"

Lo anterior por lo que respecta a la cúpula del PSOE. ¿Y los militantes?

Esa es la distinción que quería yo hacer. La militancia no tiene nada que ver con los de arriba. Los votantes y afiliados del PSOE siempre han sido cariñosísimos conmigo.

¿Todavía hoy, a pesar de los años transcurridos?

Todavía hoy, sí. Son gente de izquierdas, trabajadores, funcionarios, estudiantes, socialmente muy por delante de lo que puedan pensar sus líderes y, al mismo tiempo, con gran preocupación por su país; un país, España, que quieren sólido, fuerte, sin renunciar a su bandera y a sus símbolos. 

¿Lo mismo usted?

Una de las cosas que he ido consolidando a lo largo de todo este tiempo es mi amor por España. Y no creo que sea incompatible defender a capa y espada la integridad territorial de mi país con querer para el mismo un proyecto de izquierdas. Porque, ¿sabe?, socialmente hablando, a mí no me adelanta nadie por la izquierda.

No sé qué responderían a eso los actuales dirigentes del PSOE.

Yo tampoco porque hace ya mucho que no milito en el partido; me fui voluntariamente porque no quería perjudicarlo. 

Reconozca que le cuesta reconocer a aquel PSOE en este PSOE.

Lo que me cuesta es reconocer a aquella clase política en esta clase política. Ahora parece que aquí todos se han vuelto locos. Que si la lengua, que si los estatutos, que si la reforma de los estatutos… Ni entiendo lo que está pasando ni me gusta. 

¿Qué le gustaría?

Algo que es muy fácil decir y muy difícil hacer: un Gobierno de coalición entre los partidos con sentido de Estado, todos cerrando filas. Qué envidia cuando Martin Schulz, coge y negocia con Merkel, y luego dimite, precisamente para no entorpecer esa gran coalición. Pero, claro, Alemania está llena de alemanes y España, de españoles. 

Españoles que, a la hora de la verdad, han sacado la bandera a sus balcones, que no es poco.

Es verdad que se ven banderas, aunque me gustaría ver más. Porque si los partidos no perciben el gesto como un llamamiento masivo, llegarán las elecciones, la gente votará, y aquí no habrá cambiado nada.

"Damborenea era un tipo muy valiente. En las manifestaciones de Herri Batasuna, les plantaba cara a los proetarras, llegando a quitarse la chaqueta, como para ir a pegarse con ellos"

Le noto receloso.

Pues, aunque no me crea, suelo confiar en el Gobierno de turno. Confío porque es el que más información tiene de lo que pasa. Y sus motivos suele tener -una importante operación detrás, una decisión política de envergadura…- para hacer pública esa información o no. Por eso es tan fácil criticar a los Gobiernos: porque no conocemos el fondo de sus razones.

¿Vale esto tanto para Rajoy como para Sánchez?

Rajoy, sinceramente lo digo, me parece un hombre honesto al que le tocó gestionar momentos muy difíciles; mientras estuvo en el Gobierno, le deseé la mayor de las suertes. 

Los del PSOE de Sánchez son también momentos difíciles.

A lo que hay que sumar una situación de duda permanente, siempre mirando de reojo a otros partidos, a ver quién es más de izquierdas, cuando lo que toca es tomar decisiones y explicarlas a la gente. 

¿Qué tipo de explicaciones?

Sobre el modelo de España, por ejemplo. 

Eso ahora. ¿Y cuando el PSOE llegó al poder en el 82?

La explicación entonces era la importancia de la seguridad. Porque a la izquierda del momento le faltaba madurez -le sigue faltando hoy, en cierto modo- para entender que sin seguridad la libertad corre peligro. Hablo, sobre todo, de la seguridad del Estado.

Inseparablemente unida a su nombre durante una docena de años. ¿Cómo empezó todo?

En la Navidad de 1982, cuando llegué al Ministerio del Interior, donde llegaría a ser secretario de Estado.

¿Por mérito, por capacidad, por azares de la política?

Yo creo que un poco por todo. Por ejemplo, a la dirección general de Seguridad del Estado llegué por un desliz de Julián Sancristóbal, a quien sustituí. Fue cuando aquel atentado islamista contra El Descanso, un bar de Torrejón al que iban los americanos de la base. La explosión provocó el derrumbe del edificio y montones de muertos. Yo acudí, con los rescoldos aún recientes, acompañado por el entonces director de la Policía, Rafael del Río. A Sancristóbal, en cambio, todo eso le cogió en el País Vasco. 

¿Consolando quizás a las víctimas de otro atentado, este de autoría etarra?

No. En un congreso del partido allí; un congreso que enfrentó a Txiki Benegas y a Ricardo García Damborenea. 

Damborenea, otro nombre de la crónica política y judicial de aquellos años.

Un tipo inteligente, por cierto. Y valiente. Muy valiente. No solo se enfrentó con el PNV, al que acusó de tibieza, sino que en las manifestaciones de Herri Batasuna, les plantaba cara a los proetarras, llegando a quitarse la chaqueta, como para ir a pegarse con ellos. Para desplazar a Txiki Benegas, Damborenea contaba con apoyos en la UGT, con muchos afiliados en el País Vasco. Bueno, y contaba también con el apoyo de algunos dirigentes, como Sancristóbal. 

© Fernando Díaz Villanueva

¿Ese fue su desliz?

En el partido -y también en el Gobierno- sentó fatal que estuviera en aquel congreso cuando lo de El Descanso. Así que le cesaron y, en su lugar, me nombraron a mí para la dirección general, solo que con categoría de secretaría de Estado.

Todo un señor ascenso.

He de decir que hubiese preferido la dirección general de la Benemérita, pues por primera vez iban a nombrar a un civil. Pero tanto Su Majestad El Rey como Felipe González me pidieron que aceptara la dirección general de la Seguridad del Estado; al fin y al cabo, manejaba los dos cuerpos policiales. 

Sustituye a Sancristóbal… ¿y hereda todo su equipo?

En el gabinete de Información seguía el comisario Paco Álvarez, pero yo ya tenía en mi cabeza al comisario Ballesteros. Para nombrar a este, aproveché una metedura de pata de aquel: equivocarse en el nombre de un etarra en uno de los pasquines que hacíamos con las caras de los comandos; una cosa tonta, pero importante en ese momento. Así cesé a Álvarez -dándole, eso sí, la oportunidad de elegir el destino que quisiera- y puse en su lugar a Ballesteros. 

Tanto Ballesteros como Álvarez y tantos otros mandos policiales de la época habían hecho buena parte de su carrera durante el régimen anterior. ¿Le reprocharon desde la izquierda que contara con ellos?

Tuve presiones y hubo comentarios de que mi comportamiento no era el que se esperaba de un socialista, pero afortunadamente nunca me contaminé de la cosa partidista; mi visión era otra. 

¿Cuál?

La de mantener una actitud imparcial, objetiva, porque el tema -o sea, la seguridad- era muy delicado y afectaba a todos los españoles, más que cualquier otro. Además, la estabilidad que proporcionaba el Ministerio del Interior favorecía que el resto del Gobierno trabajase mejor. Entendí que esa era mi obligación y sigo pensando que hice bien. La prueba es el buen cartel que dejé en el mundo policial. ¿Que cometí errores? Sin duda.

Fiarse de según qué colaboradores, decía antes. ¿Paesa, por ejemplo?

A Paesa no le conocí nunca, a pesar de la escena de la película El espía de las mil caras, donde le saludo en unas escaleras del ministerio.

¿Entonces?

Paesa desembarca en Interior estando todavía Sancristóbal de director general de la Seguridad del Estado y Paco Álvarez en el gabinete de Información. Los tres protagonizaron una operación contra ETA que acabó en desastre: la venta a la banda de cien Sig Sauer con un dispositivo de seguimiento que no funcionó. Las pistolas se irían recuperando con la caída de los comandos y el desmantelamiento de los zulos. Pero durante años, los terroristas hicieron uso de ellas. Por eso digo que la operación fue un desastre.

"El papel que Paesa jugó en la operación Sokoa fue el de señorito vende misiles"

No así la operación Sokoa, de idéntico esquema, con los mismos protagonistas, y de mucha mayor envergadura.  

Pero Sokoa fue un éxito; nos llevó hasta Bidart, donde detuvimos a la entonces cúpula de ETA, el colectivo Artapalo, o sea, Pakito, Txelis y Fitipaldi. A propósito, ya se está trabajando en el guión para el cine de mi libro Sokoa.

Libro que no habría escrito de no haber sido un éxito la operación, entre otras cosas, porque no viviría para contarlo.  

Teníamos información de que ETA quería hacerse con unos misiles para derribar el avión con el que los altos cargos de Interior viajábamos al País Vasco cuando había un atentado. Así que logramos venderles en el mercado negro lo que querían, solo que con los correspondientes dispositivos de seguimiento. 

La pregunta es cómo fueron adelante con la operación, viniendo de un fracaso como el de las Sig Sauer.

Porque contamos con la colaboración de los Estados Unidos, en concreto, la CIA, con una tecnología infinitamente más avanzada que la nuestra. En cuanto a los participantes, es cierto que Paesa jugó un papel: el de señorito vendedor de misiles. 

Un inciso: ¿es habitual la compra venta de material entre servicios secretos?

Los departamentos de inteligencia no venden su tecnología, salvo que innoven una mejor de la que tenían, como hacen mucho los israelíes, los más sofisticados del mundo en este aspecto.

Cierro inciso y vuelvo a Paesa: ¿fue aquella su última colaboración con Interior?

Años después, se le utilizaría para disuadir a Amedo y Domínguez, cuando ya estaban decididos a tirar de la manta en el caso GAL; pero yo en eso no quise participar. 

Que no se fiaba del personaje, vaya.

En su momento, cuando el secuestro del industrial Emiliano Revilla, Paesa intentó colarnos una información falsa para hacernos patinar. Ahí me di cuenta de la clase de personaje que era. Menos mal que actuamos con cuidado y prudencia.

Sin embargo, no todos los informadores resultaron tipos de los que desconfiar. Ángel Guerrero, por ejemplo.  

Ángel Guerrero fue un personaje controvertido. Venía de militar en el mundo anarquista y presumía de haber intentado atentar contra el general Franco. Algunos policías de la época, sin embargo, lo ponían en duda. Es más, me aseguraban que incluso le infiltraron en los círculos del exilio parisino.

"Uno de nuestros colaboradores, Ángel Guerrero, pertenecía a la masonería, lo que explica su asombrosa capacidad para moverse por los pasillos y despachos del Ministerio del Interior de París"

O sea, que usted manejaba información de cuando estuvo en Interior, pero también de etapas anteriores.

Es lo que tiene la función pública: que te nombran para algo y son muchos los que se quieren congratular contigo, por ejemplo, contándote cosas.

Volviendo a Guerrero. ¿Cómo llegó hasta su despacho?

Desde Moncloa, por recomendación de Julio Feo, secretario de Presidencia. He de decir que le recibí con ciertos recelos. 

¿Qué los disipó?

Su asombrosa capacidad para introducirse en París. Y cuando digo “París”, digo el Ministerio del Interior, sus pasillos y despachos, así como la fiscalía y la judicatura. Hay que recordar que entonces España no tenía una relación muy fluida con Francia en materia antiterrorista, situación que no empezaría a cambiar hasta finales de los ochenta. Documentos que Francia no nos podía facilitar oficialmente, Ángel Guerrero nos los traía directamente desde París.

La pregunta es cómo.

Algo debió de influir su pertenencia a la masonería. Le he contado cómo Ángel Guerrero desembarcó en Interior desde Moncloa, pero no cómo llegó hasta allí: recomendado por una destacada dirigente del PSOE también vinculada a la masonería: Carmen García Bloise. En cualquier caso, fue un hombre de mucho interés para nosotros, la entonces cúpula del ministerio. 

¿Y para los que les sustituyeron? ¿También les fue de interés?

Cuando me marché de Interior, me sustituyó Margarita Robles, quien siguió recurriendo a sus servicios. Claro que la preocupación de ella y su equipo era blanquear la anterior etapa, la nuestra. Recuerdo ahora una cosa que contaba Ángel Guerrero con bastante gracia. 

¿Qué cosa?

La vez que hubo unas detenciones en Francia y Robles le llamó para que se trajera de allí toda la información posible. “¿Cómo quiere usted que la consiga?”, le preguntaba Guerrero. “Hombre, ya sabe…”, respondía ella. “Pues no, no sé”. “Ya sabe, apretando”. “Pero apretando cómo”. “Eso, apretando”. “Pero cuánto”. Y así la tuvo una tarde entera, provocándola, sin conseguir que le dijera ni cómo tenía que apretar, ni cuánto, ni hasta dónde.

La anécdota pone de manifiesto que los confidentes, informantes, colaboradores, o como quiera llamárseles, lo son de una persona, con nombres y apellidos, no de una institución.

Efectivamente. Todo ese mundo se mueve en una línea de confianza personal, rozando incluso la amistad, lo cual es peligroso, sobre todo para el destinatario de la información.

¿Peligroso por qué?

Porque no todas las veces te dicen la verdad. Y no siempre para hacerte patinar; en ocasiones, es curioso, lo hacen por seguir contando con tu protección. 

"He llegado a reunirme con dirigentes de Herri Batasuna para diseñar operaciones contra ETA; entenderá que no diga sus nombres"

¿Qué pasa, piensan que si no te cuentan cosas, les vas a dejar caer?

Por eso tienes que conocer su psicología, para poder manejarles y saber en qué momento te engañan y en qué momento no. 

¿Alguna vez conoció a alguno que no fallara nunca?

Sí, uno que ya murió, un confidente irrepetible, único en su especie por la calidad y precisión de su información y, sobre todo, por su honradez personal. Lo tuvo muchos años a su servicio el general Galindo, al que, por cierto, le hizo mucho daño la acusación de pagar a algunos informadores con la droga de los alijos. No era este, sin embargo, el caso.

Entiendo entonces que el súper confidente del que hablamos estaba relacionado con el submundo de ETA. ¿Era eso frecuente?

He llegado a reunirme con destacados dirigentes de Herri Batasuna que colaboraron con nosotros en operaciones importantes; entenderá que no diga sus nombres. 

¿Por qué esa doble militancia, por llamarla de alguna forma?

Porque, créame, la cárcel es muy dura, y todo el que puede, la evita. Muchos lo hacían convirtiéndose en colaboradores. Sin embargo, en ocasiones las pruebas eran tales, que resultaba muy difícil sacarles del embrollo y tenían que ser los policías los que explicaban a los jueces el papel que jugaban algunos encausados.

Supongo que la información de ETA no se la proporcionaba siempre gente del entorno.

Estoy trabajando en un libro, otro. Infiltrados, lo quiero titular. Un libro que pretendo que se convierta en serie, como pasó con mi novela El padre de Caín. La idea es contar casos especiales -y reales- protagonizados por policías y guardias civiles infiltrados en ETA. Que los hubo (mujeres incluidas, por cierto), más allá del famoso Mikel Lejarza “Lobo”, si bien este no era miembro de las fuerzas de seguridad.

Batasunos, policías, guardias civiles… ¿Más informadores?

Apunte también capos de la mafia. Fue uno de ellos -en concreto, de la mafia de Burdeos- quien nos contó en mi despacho que el principal problema de Interior con ETA era la existencia de un comando del que no sabíamos su existencia. Un comando, en fin, no radicado ni en Madrid, ni en Barcelona, ni en Sevilla, ni en ningún otro sitio, formado por militantes del País Vasco francés, algunos de ellos pied noirs, que cometían un atentado y enseguida regresaban a Francia. 

El famoso comando itinerante de Henri Parot.

Al que detuvo en Sevilla un sargento de la Guardia Civil al frente de un control montado, curiosamente, para el Grapo. 

Hablamos de ETA, hablamos del Grapo, sin embargo, la violencia política aquellos años también vino de la derecha, de la llamada extrema derecha.

Si bien había gente de extrema derecha que no era violenta, sí había violentos en la extrema derecha. Y muchos. En esa época, tenían incluso esperanzas de cambiar el sistema por la fuerza.

"El PNV le ofreció la jefatura de la Ertzaintza a Rodríguez Galindo"

¿Y era cierto que contaban con la cobertura de ciertos policías?

Lo que era cierto es que había policías que simpatizaban con la extrema derecha, aunque a la hora de la verdad, la información que manejaban esos agentes la utilizaban luego para neutralizar a los grupúsculos con los que se reunían; es lo que tiene estar a sueldo del Estado. Por otro lado, el control de los golpistas -de los militares, por supuesto-, fue lo que llevó a la desaparición de la extrema derecha en España.

No fueron aquellos militares los únicos que acabaron en la cárcel. El general Galindo también, solo que por muy distintos motivos.

Galindo, del que ya hemos dicho algo, destacó especialmente en la lucha contra ETA, primero como jefe de los servicios de información de Inchaurrondo y luego al frente de la comandancia de la Guardia Civil en Guipúzcoa. Para hacernos una idea de su liderazgo, la titularidad de las comandancias recaía en los tenientes coroneles, si bien con Galindo, siendo todavía comandante, se hizo una excepción, pues tenía una visión clara de cómo hacer las cosas.

¿Y cómo había que hacer las cosas?

Con inteligencia. Pero con inteligencia de verdad. Algo solo posible con gente de nivel, como los oficiales que reclutaba Galindo en Aranjuez, tenientes recién salidos de la academia y deseosos de combatir en la primera fila. 

Porque el País Vasco era la primera fila.

Era Fort Apache, con los cuarteles como fuertes, y los guardias civiles y sus familias rodeados por los indios. 

¿Solo por los indios?

También por una clase política siempre atacando la lucha antiterrorista y por unos jueces que, temerosos de sus vidas, procesaban a los guardias civiles a la mínima acusación de tortura. Únase a la desmoralización que esto provocaba, la escasa preparación de los agentes y el estado de las instalaciones. 

¿Cómo era este?

Desastroso. No digo que estuvieran en ruinas, pero casi. Por no hablar de las condiciones de vida y de las medidas de seguridad. En un cuartel con ocho o diez familias, a lo mejor había un solo cuarto de baño, y la protección a las entradas era con sacos terreros, no con garitas blindadas. 

¿Cuándo empezaron a tomarse cartas en el asunto?

En la época final de la UCD, con Rosón como ministro de Interior. Y luego con nosotros, que dedicamos un esfuerzo notable. Hasta entonces, ya digo, la situación era penosa. 

Hablamos de Guardia Civil, pero ¿y la Policía Nacional?

Al principio, era la Policía la que llevaba la lucha antiterrorista, entre otras razones, por esa falta de preparación de la Guardia Civil de la que hablaba; preparación que, poco a poco, fue adquiriéndose. Finalmente, con el despliegue de la Ertzaintza, la Policía se retiró (si bien siguió actuando), quedando la Guardia Civil en la vanguardia. Por cierto…

Sí. 

A lo mejor no se sabe que el PNV llegó a ofrecerle la jefatura de la Ertzaintza al que luego sería su gran enemigo: Galindo.

"¿Pedro J? Me he tomado más de un café con él"

Los amigos del nacionalismo burgués parecían ser otros: ETA, por ejemplo.

El PNV tenía un contacto muy fluido con los etarras en Francia; de hecho, muchos peneuvistas que vivían allí se movían a la perfección en ese mundo. 

Volviendo a Galindo, cuesta imaginarle sin tricornio, con la boina roja de la policía autonómica vasca. 

Galindo era ante todo guardia civil; tanto, que de joven fue el último guardia civil que salió de Guinea, llevándose consigo en el barco la bandera española.

Tiene sentido que los abertzales le convirtieran en su bestia negra, a Galindo, pero no que la derecha española le dejase caer.

Hubo un tiempo, cuando Aznar empezaba a percibirse como alternativa de Gobierno, en que fue a visitarle a Inchaurrondo, para homenajearle, agradecerle lo que hacía e intercambiar con él puntos de vista. Lo sé porque Aznar me pidió autorización a mí, todavía en Interior. Luego el PP ganaría las elecciones y a Galindo lo sacrificarían como a un corderito. Por decirlo suavemente, me pareció miserable.

Otro que fue inmisericorde con Galindo fue Pedro J. Ramírez, de quien Felipe González, por cierto, dice que nunca se tomaría un café con él. ¿Y usted?

Me he tomado más de uno. Tiene que ver el artículo que me dedicó en mi despedida de Interior, una de esas cartas del director que publicaba los domingos en El Mundo, a doble página y con ilustración. Espectacular. La llevo en el móvil para enseñársela a los no creyentes. Porque me ensalzaba, me ponía por las nubes. Que si el policía pacifista, que si los Juegos Olímpicos, que si el mejor director de la Seguridad del Estado. Luego vendría el caso GAL, los fondos reservados, el famoso vídeo...

En algunos de esos episodios, representó un papel -protagonista, qué menos- Baltasar Garzón, entonces juez de la Audiencia Nacional.

Quiero decir lo primero que, de no haber existido la Audiencia Nacional, habría que haberla inventado, por ser un organismo necesario y determinante en la lucha contra el terrorismo y la corrupción. 

Dicho esto…

Fue precisamente la proyección de esas sus funciones la que convirtió a la Audiencia Nacional en el teatrillo mediático por excelencia y a sus jueces, en estrellas. 

¿A todos sus jueces?

A todos no. Algunos, a pesar de su presencia casi diaria en los medios, se comportaron con prudencia y profesionalidad. Otros, en cambio, debido quizás a su juventud y sus ambiciones, no supieron ser discretos, proyectándose muy por encima del resto. Baltasar Garzón, el que más. 

© Fernando Díaz Villanueva

¿De qué llegó a ser capaz el súper juez con tal de figurar?

De firmar en blanco órdenes de entrada y registro o de intervención telefónica; lo sé porque las guardaba en un cajón de su despacho un comisario general de Información.

¿Órdenes en blanco?

De esa forma, Garzón se garantizaba que, si tenía lugar una operación, allí estaría él, el primero, pues suya era la orden. Por otro lado, el juez terminó siendo imprescindible para las fuerzas de seguridad, hasta el punto de que muchos responsables esperaban que estuviese él de guardia por lo mucho que les facilitaba la labor; todo a cambio de titulares. 

De titulares y de poder.

¿Lo dice por su paso por la política? Aquello fue cuando los partidos fichaban jueces de los llamados estrella como si fueran Cristiano Ronaldo. Parecía la única forma de blanquear la corrupción política, como si los jueces esos fueran impolutos, estuvieran por encima del bien y del mal, y no tuvieran sus defectos, sus errores, su corazoncito, como usted y como yo, como cualquiera. Fue un error que cometimos todos y que todavía hoy se sigue cometiendo.

¿Qué hacer?

Soy de los que defienden que si un juez pasa a la política, no debe volver al juzgado, pues queda contaminado, tocado de por vida, da igual si el partido es el PSOE, el PP, o el que sea. Los jueces no solo deben ser imparciales, deben también parecerlo. 

¿Y, en ocasiones, mirar para otro lado? Lo digo cuando un Gobierno se sienta a hablar con una banda terrorista. Argel, por ejemplo.  

O antes que Argel, Suiza, con Rosón y la UCD. Pero hablemos de Argel. Al fin y al cabo, quien más tiempo y esfuerzo dedicó a esas conversaciones fui yo.

¿Cómo empezaron?

Por las llamadas constantes de Francia a la negociación. A pesar de las muchas gestiones policiales y diplomáticas, incluso de los encuentros de Felipe González y Su Majestad el Rey con los máximos responsables políticos franceses, la respuesta por parte de estos siempre era la misma: colaboraremos, sí, pero busquen ustedes también una fórmula para resolver políticamente el conflicto.

¿O sea?

Negocien.

Y entre la extradición y la negociación, ¿no había una tercera vía?

La expulsión a terceros países, que en esa época se utilizó mucho. Cuando las pruebas no eran concluyentes al cien por cien, corríamos el riesgo de que los jueces rechazasen la extradición, debilitándonos a nosotros, el Gobierno, y fortaleciéndoles a ellos, los etarras. Era entonces que solicitábamos a Francia la expulsión a terceros países.

"Cuando llegué a Argelia, Txomin ya estaba allí"

Terceros países, sí, ¿pero cuáles?

Cualquiera que estuviera dispuesto a acoger terroristas. No fue fácil. Tuvimos que recorrer medio mundo: Cabo Verde, Angola, Santo Tomé, Perú, República Dominicana… 

Supongo que nada era por nada.

Todo era a cambio de algo. En Cabo Verde, por ejemplo, financiamos una fábrica de cerveza que quería montar el Gobierno caboverdiano allí. Y cosas así.

¿Y el Gobierno español? ¿Qué recibía a cambio?

Tener a los etarras controlados. Cada cierto tiempo iban nuestros agentes y los servicios secretos del país que fuera les proporcionaban informaciones obtenidas bien por encuentros, bien por seguimientos, bien por escuchas telefónicas.

Un caso de etarra expulsado a un tercer país fue el de Txomin.

Francia nos dijo de antemano que no nos concedería la extradición. Si un dirigente destacado como Txomin no iba a estar en la cárcel, era mejor tenerlo controlado en algún otro país que en Francia, donde podíamos perderlo. 

¿Pero no se movían por Francia como Pedro por su casa?

Eso era al principio, cuando llegó a haber grandes complicidades entre etarras en el sur de Francia y policías de allí; a cambio de que les facilitaran información sobre Iparretarrak, la ETA francesa, los agentes no perseguían a los terroristas. El toma y daca habitual entre servicios secretos y confidentes. 

¿Qué lo cambió todo?

La guerra sucia y, más adelante, la propia presión de Francia y sus fuerzas de seguridad, todo lo cual hizo que la banda se volviera más clandestina, lo que nos dificultaba controlar a sus dirigentes. 

Por ejemplo, Txomin. Pero ¿cómo acaba el tipo en Argelia y, en consecuencia, empiezan las famosas conversaciones?

Por una operación muy inteligente que hicieron los argelinos con Francia a espaldas nuestras.

¿Y consistió en…?

En proponerle a Bongo, presidente de Gabón, donde entonces se encontraba Txomin, trasladar a este a Argelia. Una vez allí, mandaron el mensaje a España de que estaban dispuestos a ser intermediarios en un proceso negociador a cambio de recuperar unas relaciones cordiales con España (sobre todo, por el tema del gas), deterioradas a causa del conflicto del Sahara.

Los argelinos movieron ficha. ¿Y ustedes?

Yo cogí el testigo. Y me fui a Argelia, donde me reuní con un general, un tipo muy serio, el general Belgheir, jefe de gabinete del presidente Chadli Bendjedid. Fui a preguntar qué idea tenían ellos y qué podíamos hacer nosotros. Cuando llegué, Txomin ya estaba allí.

"El último secuestro de los polis-milis sirvió para financiar la primera campaña de Euskadiko Ezkerra, el partido de Bandrés y Onaindia"

¿Estaba solo?

Le acompañaban, para fortalecer su papel, algunos pistoleros de la banda, como Belén o Macario. 

¿Eso lo sabía usted?

Interviú había publicado en portada una foto de Macario y de Belén en un mercadillo de Mali, república centroafricana controlada por Argelia. El día de la publicación, yo me encontraba de viaje oficial en Viena. Algunos periodistas, por fastidiar, me preguntaron si lo sabíamos, porque se suponía que los etarras estaban en Francia. Vi clara la respuesta: sí, lo sabíamos. Engañé, mentí, pero era la respuesta que tenía que dar. 

¿Por qué?

Porque quien hubiera filtrado la foto -alguien del Cesid de entonces, sospecho- quería desactivar, liquidar la vía de Argelia, que a nosotros, en cambio, nos parecía vital. Bueno, a nosotros y al resto de partidos. Porque por el despacho de Corcuera, entonces ministro de Interior, pasaron Manuel Fraga, de AP; Santiago Carrillo, del PCE; José Ramón Caso, del CDS. Con todos ellos acordamos abrir las conversaciones con ETA. Con ellos y también con el PNV y con CiU.

¿Con qué finalidad?

Encontrar una vía de solución al problema etarra.

¿Y bajo qué condiciones?

La de que solo hablaríamos de temas relacionados con los presos, la de que nunca plantearíamos una negociación política. Otra cosa es que le diéramos un revestimiento de conversación política para darle una baza al mundo de Herri Batasuna.

¿Presente también en Argel?

Nos constaba que había miembros de HB asesorando a los terroristas. Pude comprobar, y es testigo Juan Manuel Eguiagaray, entonces delegado del Gobierno en Murcia y luego ministro de Industria con González, que las posiciones de la sala de al lado, donde estaban los batasunos -Iñigo Iruin y compañía-, eran más duras que las de los pistoleros -los Macarios y las Belenes-, quienes ya acusaban un cierto cansancio.

¿Fantaseaban acaso con una escisión como la de los polis-milis?

No. Aunque ya que saca el tema, deje que le cuente una anécdota curiosa: el último secuestro de los polis-milis, el de un industrial muy importante de Valencia, sirvió para financiar la primera campaña electoral de Euskadiko Ezkerra, el partido de Bandrés y de Onaindia. Pero estábamos en Argelia.

"La verborrea política de Antxon, todo el rato con el marxismo, era insoportable de escuchar, infumable"

La cosa no llegó a buen puerto.

Porque Txomin se mató.

En un accidente en el desierto.

Eso es lo que contó el Gobierno argelino. 

¿Y no?

No. Se mató, tal como nos lo reconocieron, en unas maniobras cerca de Argel, en Shouma, donde estaba la escuela de la Policía. Porque Txomin era coronel de la Policía argelina.

¿Un etarra alto mando de unas fuerzas de seguridad?

Y con coche oficial, para darle la importancia que él quería. El caso es que se mató, como digo, en unas maniobras cerca de Argel. ETA perdió a uno de sus líderes más carismáticos. 

Y ustedes, el Gobierno, a un interlocutor válido. 

Fue entonces que trasladamos desde Sudamérica a Antxon, jefe político de ETA, y le colocamos al frente de las conversaciones, con la condición al Gobierno argelino de que si la negociación fracasaba, expulsaba a todos los etarras de su territorio y los trasladábamos a la República Dominicana, con la que habíamos pactado previamente. Como todo el mundo sabe, la negociación fracasó. 

¿Cómo fue su desarrollo?

Tuvimos tres encuentros, siendo lo primero fue una puesta en escena con un comunicado de ellos y uno nuestro donde anunciábamos nuestra intención de comprobar la posibilidad de que la banda recapacitara y abandonase la actividad terrorista.

Todo acompañado de una tregua.

De quince días, sí, que luego se prolongaría unos meses y, a partir de esa tregua, mucha palabrería por su parte, muy rimbombante. La verborrea política de Antxon, todo el rato con el marxismo, era insoportable de escuchar, infumable. Hasta que  rompimos.

¿Y mientras, en España, cuál era el papel de las fuerzas se seguridad?

Fueron días, semanas, meses, muy duros. Por ejemplo, Galindo tenía localizado un comando en el País Vasco, dentro de Guipuzcoa, un comando muy peligroso que había recibido instrucciones de pasar a Francia a esperar. ¿Qué hacíamos, dejarles escapar sabiendo que, si la tregua se rompía, volverían a España a matar? ¿O les deteníamos, como era nuestra obligación, poniendo en peligro las conversaciones?

¿Qué hicieron?

Primero, pedirle a Galindo que alargara el operativo, corriendo sus hombres grandes riesgos, y cuando ya estaban los etarras a punto de huir, detenerles; menos mal que todo coincidió con la ruptura de la tregua por parte de la banda; ruptura que no fue fácil, y no solo con los terroristas. 

"Lo que no sabían los etarras de República Dominicana era que en la casa en la que vivían se les grababa todo; teníamos información de primera"

¿Quién más lo puso difícil?

Un sector del Gobierno argelino, al que costó convencer de lo de la expulsión, a pesar de haberse comprometido. Sostenían algunos que el suyo era un país de referencia para los movimientos de liberación. Ellos mismos se habían independizado de Francia y allí tenía su sede central la OLP de Arafat. Querían seguir siendo un referente mundial, pero si rompían con ETA, temían que su prestigio revolucionario saliese perjudicado.

Y sin embargo…

Sin embargo, contamos con el apoyo sin fisuras del jefe de gabinete del presidente Chadli Bendjedid, el general Belgheir, y también con el del ministro del Interior y el del director de los servicios de inteligencia. Los tres cumplieron su palabra de expulsar a los etarras, así que enviamos un avión para llevarlos a República Dominicana, con el compromiso por nuestra parte de no devolverlos a España. Pero se enteró Garzón, que estaba de guardia, y, claro, nos entró un miedo tremendo. 

¿A qué, exactamente?

A que hiciera una garzonada, por ejemplo, ordenar al avión aterrizar mientras sobrevolaba espacio aéreo español, poniéndonos en un compromiso diplomático con los argelinos. Pero finalmente no hizo de las suyas y nosotros respiramos aliviados. 

República Dominicana, decía.  

Sí, allí se instaló todo el grupo ese de Antxon, Macario, Belén, Soares Gamboa… Y allí también cada cierto tiempo recibían, como si del Dalai Lama se trataran, visitas del mundo de Herri Batasuna. Lo que no sabían, como decía antes, era que la casa en que vivían estaba vigilada por los servicios dominicanos, que lo grababan todo. Teníamos una información de primera, mejor de la que hubiéramos podido tener con los etarras en la cárcel.

Todo esto demuestra que la política de Interior tiene mucho de exterior.  

Pero no solo por ETA. También por el terrorismo islamista, entonces vinculado a grupos palestinos, y que ya empezaba a actuar aquí. Hablábamos antes de la bomba en el bar El Descanso, pero también se atentó contra un funcionario de la embajada de Israel en Madrid y contra las oficinas en Gran Vía de El Al, las líneas aéreas israelíes; logramos detener a los autores y meterlos en la cárcel.

Por situarnos en el tiempo…

Sucedió cuando el Gobierno de Felipe González estableció relaciones diplomáticas con Israel, abriendo una embajada allí. Lo cual, por cierto, me pareció necesario y oportuno, más después de lo bien que se portaron siempre con nosotros los israelíes en materia antiterrorista, con medios y con asesoramiento. Pero es verdad que aquello provocó una reacción en el mundo árabe, donde hasta ese momento nos veían como a un país amigo. 

¿Cómo decidieron anticiparse en Interior a lo que pudiera pasar?

Creando un grupo llamado la Brigada Exterior. Lo creamos con la ayuda de la CIA. Porque, claro, atender a todos los frentes nosotros solos era difícil.

"Una facción chiita secuestró a unos españoles y yo, que era joven e impaciente, le dije a Barrionuevo: 'oye, ministro, que me voy para Beirut'"

Viene al caso aquí que hablemos de su aventura beirutí.

Supongo que sé a lo que se refiere.

Al secuestro de unos españoles en Beirut y el papel por usted jugado para su liberación.

Yo entonces era subsecretario de Interior y, como tal, dada la situación, me correspondió mandar a los geos, la unidad especial de la Policía Nacional, como refuerzos a determinadas embajadas, entre ellas, la del Líbano, por aquellos tiempos un caos, con su eterna lucha entre cristianos y chiitas. El caso es que en el camino del aeropuerto a la embajada, los geos fueron secuestrados, y con ellos, el conductor del automóvil. 

Todo un mazazo.

Sobre todo para los compañeros de los geos, con la moral ya muy baja por ser constantemente utilizados aquí, en España, en acciones de mucha tensión y peligro, como eran las operaciones antiterroristas. Sumémosle a esto que la situación en Beirut se enquistó; pasaba el tiempo y no sabíamos cómo afrontarla. Y yo, que entonces era joven, impaciente y no me importaba arriesgar nada, de buenas a primeras le dije a Barrionuevo: “oye, ministro, que me voy para Beirut”. 

Y para Beirut se fue.

Había que establecer contacto con los secuestradores y resolver el tema ya, no podíamos seguir así. 

Aparte del ministro, ¿con quién más habló?

Con nuestro embajador en el Líbano, Pedro de Arístegui (padre, por cierto, de Gustavo), un gran tipo destinado antes en otros países complicados, como Nicaragua, y que había sido gobernador civil en Guipúzcoa. Hablé con él y también con Rafael Pastor, director general de Consulares, un hombre muy decidido, muy valiente, al que cuando se lo comenté me dijo: “vámonos”. 

Y se fueron.

Cogimos un Mystère, sí, y nos fuimos. Con tan mala pata de que no nos dejaron aterrizar en el aeropuerto de Beirut y tuvimos que hacerlo en Chipre, y desde allí, en un barco de viajeros, hasta el Líbano, en uno de cuyos puertos fue a esperarnos Arístegui, que nos llevó a la embajada.

Bien, ya están en Beirut.

Y lo primero que hacemos es entrevistarnos con un médico de allí que nos presenta el embajador. Los médicos, por esa labor humanitaria que hacen, conocen a mucha gente. Este a quien conocía era a uno de los líderes de las facciones chiitas de Beirut: Abi Berri. Fuimos, claro, a verle. 

Cabe suponer que el barrio chiita no era visita turística obligada, como tampoco lo sería el cristiano.

Era como atravesar un campo de minas, con francotiradores apostados de un lado y de otro; la línea verde, la llamaban. El caso es que llegamos hasta Abi Berri, que nos recibió y con quien tuvimos dos o tres encuentros más, negociando. Ellos entregaban a los secuestrados y nosotros, a cambio, una vez de vuelta a casa, y pasado un tiempo prudencial, liberaríamos a sus hombres detenidos en España.

© Fernando Díaz Villanueva

¿Cumplió Abi Berri?

Nos engañó en una cosa. 

¿Cuál?

Que a los secuestradores no los controlaba él, que era un grupo joven, radicalizado, pero que iba a hacer todo lo posible para hablar con ellos y convencerles.

Por lo demás…

Una mañana recibimos una llamada en la embajada citándonos para el día siguiente. Así que volvimos a cruzar la línea verde y, al rato, una puerta se abrió y de ella salieron -aseados, afeitados- los geos y el funcionario secuestrados. Nada más reconocernos, pasaron de las caras largas a la sonrisas de oreja a oreja; sabían que eran hombres libres. 

Ahora les tocaba a ustedes, el Gobierno, cumplir con su parte del plan.  

Unos meses de nuestra llegada a España, tramitamos con Justicia una rebaja de la condena, en realidad un indulto encubierto, y enviamos a los detenidos de vuelta al Líbano.

¿Cómo lo justificaron?

Diciendo que no habíamos negociado con terroristas, sino con un grupo político, entonces en guerra con los cristianos; un grupo que representaba a muchos cientos de miles de personas; grupo, a su vez, que negoció con otro más pequeño, al cual no controlaba directamente, pero que sí operaba en su territorio. De nosotros dependía la liberación de aquellos hombres o su liquidación. ¿Qué querían que hiciésemos?

De haber fracasado en su intento, hubiera tenido que asistir al funeral de aquellos agentes, no precisamente una novedad para usted.

No digo que asistiera a todos, pero sí al 70 por ciento de los funerales. O al 60. ¿Y sabe qué? Nunca me acostumbré. Al final, incluso me costaba mucho.

¿Por qué?

Porque aunque los terroristas eran los que mataban, tú eras el responsable de evitar que volvieran a hacerlo y era a ti a quien correspondía dar explicaciones. El paso del tiempo, las cosas que has visto, lo mucho que has sufrido, hace que se atempere la ilusión con la que en su día aceptaste una responsabilidad como la mía aquellos años.

Llevamos un buen rato hablando de seguridad, pero referida en todo caso al terrorismo, no a otros muchos aspectos.

A veces es que es difícil distinguir. Por ejemplo, la conflictividad laboral de aquellos años, con la reconversión industrial, la aprovechó en el País Vasco el sindicato LAB, el más radical, para hacer constantes llamadas a la clase trabajadora para manifestarse e ir a la huelga; eso nos obligaba a tener allí un considerable dispositivo policial de reserva, dedicado no solo a la lucha antiterrorista. Pero sí, la seguridad afectaba a muchos otros aspectos, para lo cual hay que comparar la España de hoy con la de entonces. 

"La primera reforma socialista del Código Penal puso en la calle a 9.000 delincuentes comunes, siendo los más afectados por la medida los barrios de clase media y baja"

Proceda pues.

La España de hoy es, desde hace ya tiempo, una España en technicolor. Pero la España de aquellos años, la de los primeros ochenta, era todavía una España en blanco y negro, con una calle muy complicada, muy difícil, con mucha delincuencia.

¿Fruto de qué?

Fruto en parte -solo en parte- de la Transición. Alabamos mucho ese periodo. Y es verdad que se supo poner casi siempre el interés de España por encima de los intereses partidistas, a base de mucha negociación, de mucho acuerdo. Finalmente, la gente fue confiando cada vez más, estabilizándose el país y asentándose la democracia, a lo que contribuyó que a los golpistas se les neutralizase y la consolidación de los socialistas en el poder.

¿Y cuál fue la cara B de todo aquello?

Que la Transición se hizo sobre la marcha, a golpe de improvisación, sin planificar. Pero, ya digo, no solo la Transición.

¿Qué más?

El programa con el que los socialistas llegamos al poder, sin ir más lejos. Un programa que contemplaba una reforma del Código Penal y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal por la que se ponía en libertad a 9.000 presos comunes.

Las calles se llenaron de delincuentes.

Siendo los más afectados los barrios de clase media y baja, lo que nos obligó a poner en marcha operaciones especiales. Es lo que manifestaba al comienzo: sin seguridad no hay libertad, y sin libertad no hay democracia, no puede haberla. 

Eso lo entenderían muy bien los vecinos de aquellos barrios.

Otros, en cambio, no. Recuerdo ahora las críticas -durísimas- de El País en sus editoriales contra dos de nuestros dispositivos: la operación Loro y la operación Primavera. 

¿En qué consistió la primera?

En una serie de redadas por el tema de los robos de coches y también de las radios de los mismos. La clave era desmantelar a los compradores, los peristas. La operación la bautizamos “Loro” porque así era como se llamaba entonces a las radios.

¿Y la otra? ¿En qué consistió la otra, la operación Primavera?

Tenía que ver con la droga, para ser exactos, con España como punto de entrada natural de la droga procedente de Latinoamérica. Formamos una trilateral con Italia, segundo país de Europa de entrada, y, por supuesto, con Colombia.

¿Las claves del acuerdo?

Eran dos: controlar los productos químicos utilizados para convertir la hoja de coca en cocaína y controlar también el paso del estrecho hacia el Mediterráneo y las costas de Galicia, donde los contrabandistas de tabaco empezaban a pasarse a la nueva droga, con planeadoras y lanchas rápidas para descargar.

"La derecha tenía tantas prisas por llegar al poder que cualquier cosa le valía" 

¿Resultados?

Puedo decir que funcionó muy bien aquella trilateral, en la que se hicieron importantes operaciones, y donde llegó a participar Estados Unidos con su agencia antidroga, la DEA.

¿Hubo entendimiento con los americanos?

Les convencimos de que el problema no era solo de los países productores, sino de los consumidores también. Porque hasta entonces la lucha de la DEA consistía en arrasar con fuego las plantaciones, arruinando a los campesinos de países como Bolivia y Perú, donde la hoja de coca es un producto de consumo habitual para superar el mal de altura, aunque también como suministrador de vitaminas y minerales y, para muchas personas sin recursos, un sustitutivo alimenticio. Pero como todo dura lo que dura, la cosa funcionó hasta entonces. 

¿Se refiere a la trilateral?

Me refiero a la alarma social. Hubo presión en el tema de la droga mientras la opinión pública apretó, pero en el momento en que bajó el acelerador, dejó de haberla y dejaron de producirse informaciones preocupantes, escandalosas. Y el problema percibido como tal por la gente siguió siendo otro. 

¿El terrorismo?

Hubo un momento en que pareció que no seríamos capaces de acabar con él. Pero no porque cuando se detenía a un jefe ETA inmediatamente lo sustituía por otro, sino por el enorme impacto del fenómeno en la sociedad. Además… 

Sí.

En política pasó de haber un consenso y de no criticar la lucha antiterrorista a criticarla abiertamente, utilizándola como moneda partidista. Aquel fue un error gravísimo que produjo desasosiego en las fuerzas de seguridad y desconfianza en los servicios de inteligencia de otros países, pues todo se empezó a filtrar. Se tardarían años en recuperar lo que se había hecho.

¿Según usted, quién fue el responsable?

La derecha, que tenía tantas prisas por gobernar que todo le valía. Yo dije en mi partido, y se lo dije a quien se lo tenía que decir, que teníamos que echarnos a un lado y no esforzarnos por mantenernos en el poder a toda costa. Pero, claro, uno se presenta a las elecciones para ganarlas, no para perderlas, por más que nosotros aquellas las perdiéramos.

No puede hablar sino de las del 96.

Hablo también de los años que las precedieron, el 94 y el 95, con el escándalo de la guerra sucia y los fondos reservados. 

¿Qué les desgastó más?

Los fondos reservados, sin ninguna duda. La guerra sucia era un asunto de segunda. Porque aquí, en España, es peor robar que matar. Si a los terroristas los liquidaban, pensaba la gente, era porque se lo merecían. Ojo por ojo, diente por diente. Otra cosa era el dinero… el dinero público. 

"¿Que si ordené un código rojo? Hombre, rojo-rojo no. Ahora, si me pregunta por un código naranja justo antes de llegar a rojo..."

Usted fue condenado por uno y otro caso, los fondos reservados y la guerra sucia. Entienda que, por más que ya haya sido juzgado, se lo tenga que preguntar: ¿robó?

Nuestro amigo Pedro J. nos acusó, con grandes titulares en su periódico, a José Luis Corcuera y a mí de tener cuentas en Andorra y en Suiza. Se me ocurrió una tontería que, vista ahora, me pregunto para qué, si bien en esa época de presión mediática tremenda fue lo que se me ocurrió para salvarme yo y salvar a mi familia.

¿Qué cosa fue aquella?

Ir a un notario de la plaza del marqués de Salamanca y pedirle poderes para que todos los directores de periódicos pudiesen investigar cualquier cuenta mía en el extranjero; poder que les remití por correo certificado. Ninguno encontró cuenta alguna en el extranjero. Pero ninguno tampoco rectificó. Hoy, te metes en internet, y de mí se dice lo que se dice: lo mismo que hace veinte, veinticinco años. Y, sin embargo, hay que hacerse una pregunta. 

¿Cuál?

¿Por qué, después de tantos años, aquí le han encontrado cuentas en el extranjero a todo el mundo menos a mí?

¿Por qué?

Fácil. Porque no las he tenido nunca. 

Cosa distinta son los fondos reservados.

Los socialistas no hicimos nada distinto de lo que se hacía en tiempos de la UCD. Es más, cuando Felipe llegó a la Moncloa, Leopoldo Calvo Sotelo le pidió poder distribuir entre sus colaboradores los fondos reservados que quedasen, como una indemnización por los servicios prestados. 

¿Está de acuerdo con el proceder?

Es lo menos que puedes hacer cuando estás exigiéndole a tus hombres un dedicación plena de 24 horas, sin vacaciones y tampoco la posibilidad de redondear ingresos ocupando cargos en consejos de empresas estatales. Ojo, que cuando hablamos de fondos reservados, hablamos de gratificaciones complementarias, no de llevarse el dinero en sacos, como decía El Mundo.

Hombre, uno que casi se lo llevó así, si es que directamente no lo hizo, fue Luis Roldán, director general de la Guardia Civil.

El caso Roldán fue el auténtico detonante de todo, aparte del peor escándalo de la democracia. Porque puede llegarse a entender que huya con el dinero el director general de Tráfico, incluso el de la Agencia Tributaria, ¡pero el de la Guardia Civil! Eso multiplicó por mil el efecto, que fue demoledor. Cuando estando él en París me llamó, así se lo dije: “oye, Luis, vente para acá y da la cara”.

¿Solo por lo de los fondos reservados o también por los GAL?

Los GAL cometieron un error de bulto, de principiante: ponerse un nombre. El que lo hizo, se equivocó. 

También tenía nombre el Batallón Vasco Español.

Que actuó en tiempos de la UCD y que provocó más muertos que la guerra sucia cuando los socialistas; muchos más. 

Empezábamos hablando de películas y, si le parece, vamos a terminar hablando de películas, en concreto, de Algunos hombres buenos, donde en un momento dado se le pregunta a uno de los protagonistas si se extralimitó en el ejercicio de su autoridad, si ordenó un código rojo. ¿Y usted?

Entenderá que la respuesta haya que modularla. Porque, qué duda cabe, hay barreras, límites, que no se pueden traspasar. Claro que todo depende de las circunstancias del momento. La sociedad hoy no permitiría lo que entonces, a principios de los 80, quizás sí. Pero me había hecho usted una pregunta ¿Que si ordené un código rojo? Hombre, rojo-rojo no. Ahora, si me pregunta por un código naranja justo antes de llegar a rojo…


Lino, mercenario en El Congo (y unas pocas cosas más)

Cuando era niño, la profesora le dijo -a él y a sus compañeritos- que escribieran en un papel diez cosas que quisieran ser de mayores. Cuando Lino se lo entregó, la profe le dijo que ni en cien años que viviera, le iba a dar tiempo a ser todo eso. Y tenía razón: de las diez cosas, Lino solo fue nueve. O sea, que se quedó con las ganas de ser piloto, pero no soldado, actor, camionero, taxista, cartero... y algunas cosas más, todas ellas resumidas en una: soñador. Digo esto porque cuando le mandé las fotos de la entrevista, me escribió: “Ya mayor (hasta yo lo noto). Pero todavía soñador”.

¿Por qué la guerra?

Pues por aquello de la aventura. Y por pasármelo bien. Tan bien me lo pasé que me lo pasé de puta madre.

¿En la guerra?

En aquella, sí; en otras, no sé; no he estado. 

¿Y por qué no?

Porque no se dio la ocasión. Porque a punto estuve de ir a Vietnam.

¿Vietnam? A ver, ¿cómo es eso?

El entonces embajador de Estados Unidos en El Congo nos quiso contratar a todos los mercenarios españoles y mandarnos a Vietnam, que empezaba entonces. La idea era ir allí como unidad autónoma. O sea, con nuestros propios mandos, sin nadie que nos dijera lo que teníamos que hacer.

¿Qué pasó?

Que el tío metió la pata. Porque nos dijo que nos daría la nacionalidad norteamericana. Y por ese detalle, por esa gilipollez, dijimos todos que no. ¿Para qué queríamos ser norteamericanos, si éramos españoles?

Vietnam no pudo ser, pero siempre te quedará El Congo. Y ahora te pregunto yo: ¿cómo acaba un tío de La Guindalera como tú en el corazón del África negra?

Es verdad que nací en La Guinda, en la calle México 51, pero enseguida pasamos al Alto de Extremadura, que es donde vivo hoy. Se ve que cuando nos mudamos, tenían que rellenar las entradas a Madrid con madrileños. Porque de veinte familias, diecinueve éramos de aquí, salvo una señora de Toledo que, eso sí, vino a Madrid cuando niña.  

La composición de tu bloque echa por tierra el tópico de que en Madrid no hay madrileños.

Eso es lo que los catetos se hartan de decir, a lo que les respondo que como son paletos, se piensan que los demás también lo somos. ¿Tú te has dado cuenta dónde se van en verano? Al pueblo. ¿Lo ves? Todos paletos. 

"Me fui a la guerra por aquello de la aventura. Y por pasármelo bien; tan bien me lo pasé, que me lo pasé de puta madre"

¿Y no es mejor eso que quedarse aquí, asándose?

Antes nos íbamos de vacaciones los amiguetes, los troncos, a la Casa de Campo, que estaba al lado. Y no pasaba nada. Pero me preguntabas cómo acabé en el Congo. 

Sí.

Leyendo un reportaje en La Actualidad Española. Un reportaje titulado “30.000 pesetas por morir en El Congo”. Era el año 64 y yo estaba en el Aaiún, haciendo la mili en la brigada paracaidista. Mejor dicho: la Agrupación de Banderas Paracaidistas del Ejército de Tierra, que era como se llamaba la brigada antes de ser la brigada. 

O sea, que el reportaje no lo leíste tú solo.

Lo leímos todos. Lo que pasa es que, al ser yo de Madrid, y estar próximo el relevo a la península, me pidieron que, nada más llegar a Madrid, me enterara. Alguno incluso tenía tanta prisa, que propuso que desertáramos. Pero yo no iba a desertar.  

El caso es que llegas a Madrid...

… y aunque les dije a todos que no se preocuparan, que miraría lo de El Congo, la verdad es que se me olvidó. Porque me puse a trabajar en el cine, con el director José María Elorrieta, una persona maravillosa, majísimo. 

¿De qué trabajaste con él?

De meritorio, lo básico dentro de la producción. Bueno, y de extra en una de sus películas, El Tesoro de Makumba. Una película, fíjate, de la que he encontrado la carátula y elenco, pero no la película en sí.

O sea, que te quedaste sin verla.

Qué va. La vi en Milán, volviendo de Oriente (ya hablaremos de Oriente). Recuerdo que estaba esperando el tren para Múnich y allí, en la misma estación, la vi anunciada.   

Y, claro, fuiste a verla.

Es que, como te digo, salía de extra varias veces. En uno le impido la entrada en un mesón a un aventurero, que me da una hostia, echándome a un lado. Esa escena la grabamos en Ciempozuelos. (Por cierto, las hostias en cine no son de verdad; lo parecen, pero no lo son.) Otra escena la rodamos en Torrevieja. Allí hago de policía que intenta que no zarpara el barco con el tesoro. Muy divertido todo. 

Conociéndote, te encamarías con más de una actriz, sin que te frenara tu condición de meritorio o extra.

Pues no te creas. De todas formas, tampoco valían mucho, no te vayas tú a creer. Además, sabes que solo se liga por dos cosas: ser joven y tener mucha pasta. Y como ya voy cumpliendo una edad y, encima, no tengo un duro, pues no me como un torrao.

"Antes nos íbamos de vacaciones los amiguetes, los troncos, a la Casa de Campo, y no pasaba nada"

Pero eso no siempre fue así, imagino. En El Congo, por ejemplo…

En El Congo era lo más fácil del mundo. Y eso que no existía la prostitución, cosa curiosa. La que quería joder, jodía y ya está. Y la que no, pues no. Pero ni se vendían por dinero, ni por objetos, ni por nada. Aunque mi primera noche en Leopoldville…

¿Qué?

Que del aeropuerto nos llevaron al cuartel, que en verdad era un hotel. Allí firmamos los contratos y allí nos dieron la prima de enganche. Y así, con un tocho de billetes en el bolsillo, me dije, venga, vamos a gastar Leo. A pesar del letrero que prohibía salir: La caserne est consigné.  

A ti con prohibiciones, Lino.

Cogí y me fui, como comprenderás. 

¿Tú solo?

Yo solo. Bueno, con una navaja automática que me dejó uno de los españoles, por si pasaba algo. 

¿Y pasó algo?

Pasó que paré un taxi en una avenida de aquí te espero de larga y acabé en una discoteca. Una discoteca, por cierto, en la que estaba sonando Black is black. “Esto es español”, me dijo el disc-jockey. Y yo: “vamos, no me jodas”. Así que me enseñó el disco y, efectivamente, eran españoles. La primera vez que los escuchaba. Año 66. 

Digo yo que no te pasaste la noche en la cabina del pincha escuchando a Los Bravos.

En la disco me pillé a una negra y me fui con ella a la citi, lo que aquí podía ser el Vallecas de entonces: casitas bajas, movidas, todo eso; lo chungo, vamos.

O sea, donde nadie se metía.

Y menos que nadie un blanco. Pero yo es que iba a lo que iba. A joder, claro. Cuando terminamos, saqué el tocho, la prima de enganche, y ese fue el error, el mío. Porque la tía lo vio y quería más. Le dije que no, que lo pactado era lo pactado. Así que salí y ella detrás, dando gritos, y con ella, unos negros, todos siguiéndome. 

¿Y tú?

Yo que veo un taxi en una gasolinera, voy para allá, pregunto si está libre, y me dice el conductor que sí. Pero los negros le dicen no sé qué y va el tío y me dice que no, que libre no. 

Supongo que no te quedaste a esperar otro.

Dio la casualidad de que el coche era un Chevrolet Impala, como el que tenía José María Elorrieta y con el que yo había aprendido a conducir. De hecho, fue Elorrieta el que me pagó el carnet de conducir, en una autoescuela de la calle Luchana, la autoescuela Zacarías, actualmente desaparecida. Pero a lo que iba. 

Sí.

Yo sabía que el Chevrolet Impala tenía la llave incorporada, así que me metí en el taxi, encendí y me piré, arrancando la manguera de la gasolina. 

"Mi primera noche en Leopoldville, salí a quemar la ciudad, con un tocho de billetes en un bolsillo y en el otro, una navaja automática, por si acaso"

Y todo sin conocer la ciudad.

Pero como tengo memoria fotográfica -soy nómada y lo que veo, se me queda-, solo tuve que desandar el camino hasta llegar al cuartel, pasando por delante de la discoteca. Dejé el coche aparcado, le di las buenas noches al centinela, que estaba perplejo, y me fui a dormir. Eso la primera noche. 

Con dos cojones.

Y porque no tengo tres. A la mañana siguiente, eso sí, el lío. Todos los mandos buscando a un italiano. Porque el centinela decía que el que había llegado tarde era italiano. Así que el marrón se lo comieron ellos, los italianos. Yo a mi bola.

Llevamos un rato hablando y todavía no me has contado -o yo no te lo he preguntado- cómo llegaste al Congo.

Trabajaba yo en el cine, como te decía, cuando me llamó un catalán de mi curso, del Aáiun: “Oye, Lino, ¿has mirado eso?”. “Pues no”. Y me fui a mirarlo.

¿Adónde?

A la embajada de El Congo, que estaba entonces en Cea Bermúdez, por Gaztambide. 

“¿Usted a qué viene?”, le preguntarían.

“A ver al agregado militar”, les respondí. Y me pasaron con uno que se llamaba Mihigo, y no me preguntes cómo se escribe.

No te lo preguntaré.

“Pues mire usted”, le dije al tal Mihigo, “que me he licenciado de paracaidista y me han dicho que buscan ustedes instructores y tal”. Me preguntó la edad, me tomó nota del número de teléfono y, efectivamente, al día siguiente me llamaron a casa. 

¿Quién, el agregado?

No, un español apellidado Bernabeu, primo o sobrino del Bernabeu del Real Madrid, decían, que eso yo no lo sé. Lo que sí sé es que luego estuvo en El Congo, de alférez, y que me citó en Lloyd, una cafetería de Blasco de Garay, en la acera de los pares, esquina Alberto Aguilera, donde ahora hay una sucursal del BBVA. Y allí fui, con dos antiguos legionarios.  

¿En plan escolta o qué?

En plan conocidos míos. Bernabeu me había preguntado si sabía de alguien más que estuviera interesado y les llamé. A uno le conocía del portal de al lado del mío y al otro de San Ignacio de Loyola, un barrio por Cuatro Vientos.

Os plantáis los tres en la cafetería…

… y nos preguntan cuándo querríamos marcharnos. “Ahora mismo”, decimos. Al día siguiente, salimos los tres de Barajas, con las manos en los bolsillos, sin equipaje y sin un duro. Las tasas del aeropuerto nos las pagó el señor de la cafetería, Bernabeu.

"El español que nos contrató para El Congo se apellidaba Bernabeu, y se decía que era primo o sobrino del Bernabeu del Real Madrid"

Te voy a preguntar lo que el agregado aquel, Mihigo: ¿edad?

Veinte.

O sea, que todavía eras menor.

Sí, porque antes la mayoría de edad eran los veintiuno, que cumplí en El Congo, en Bondo, para ser más exactos. Bondo con “b” de Buitrago. Es que me da por culo lo de “b” de Barcelona, ¿sabes? Como cuando dicen “d” de Dinamarca. Será “d” de Daganzo, un pueblecito de Madrid donde se come de puta madre. 

En Bondo -con “b” de Buitrago, claro- tuvo lugar, si no una de las más altas, sí desconocidas ocasiones que vieron los siglos.

La toma de la ciudad -la última ciudad rebelde- por veinticinco españoles en bicicleta, entre ellos yo. 

¿Por qué las bicicletas?

Por no hacer ruido. Recuerdo que entramos un viernes, día de mercado, la fiesta de los musulmanes, y los pillamos a todos cagando. 

El desconcierto total, ya.

Los rebeldes huyeron a la selva. No se lo esperaban. En una sola mañana, tomamos el transbordador, el aeródromo, la torre de comunicación -que no servía para nada-, los puentes, las carreteras… Fue coser y cantar. Es lo que tiene la decisión de ir a lo que tienes que ir y no perderte en florituras. Allí lo entendí todo.

© Fernando Díaz Villanueva

¿Qué, exactamente?

La conquista de América por los españoles. Con coraje, que teníamos, y buenos mandos, que no teníamos, hubiéramos hecho de El Congo una provincia española, al menos nuestro sector, doscientos y pico mil kilómetros cuadrados, la mitad de España. 

Hasta donde sé, colonizar El Congo nunca fue un punto de la agenda exterior de la España del momento.

España ni apoyó ni dejó de apoyar. Nosotros fuimos aparte, contratados por la Unión Minera Belga. 

¿Y qué tal pagaba?

Bien. Eso sí, la mitad de lo acordado te lo daban en dinero del Congo, que era basura, pero que allí te convertía en rey, salvo en la selva, donde no valía nada. Allí lo que valía era la sal, la auténtica moneda de cambio. La sal no solo potencia los sabores, sino que su falta provoca bocio. Por eso la selva estaba llena de negros con bolsas en la garganta. 

Dices “negros” cuando te refieres a los “negros”.

¿Y qué quieres que diga, “subsaharianos”? Según eso, los blancos de Sudáfrica también serían “subsaharianos”. Vamos, no me jodas. En tiempos de Paco Medallas se decía “morenos” y nadie se mosqueaba. Ahora dices “negro” y el primer gilipollas te llama de todo. Blancos no son. Ni chinos tampoco. Luego serán negros. 

Por volver a la guerra: ¿era el dinero lo que os movía?

A algunos sí. A otros, ya digo, nos movía la aventura, el cambio constante, el ir a sitios adonde no hubieras ido en la puta vida. Para mí el dinero es accesorio. Siempre lo ha sido. De las muchas cosas buenas que hicieron los romanos, una de ellas fue el dinero redondo, para que rodase. Yo lo he gastado como lo he ganado: tranquilísimamente, donde me pillara. Y lo que no tengo, lo apunto en el yate. 

¿En el yate?

Sí, hombre, en el ya te lo devolveré cuando lo tenga. 

Distinguías antes entre jefes y tropa. Vamos primero con los segundos y segundo con los primeros. Tropa.

Era gente especial, lanzada, que no se achicaba ante nada. Éramos setenta en total, la mayoría españoles, pero también dos filipinos -uno de ellos, buenísima persona, murió, desgraciadamente-, dos argentinos, dos colombianos, un peruano y un belga. Todos estábamos bajo el mando del mayor Martínez de Velasco.

Al que mataron.

Los propios negros, de los que era tan defensor. No se quiso enterar de que aquella fue, fundamentalmente, una guerra entre negros y blancos. 

Martínez de Velasco era militar de carrera. ¿El resto de oficiales también?

No todos. Otro al que mataron en el Congo, el alférez Parrilla, hijo de un afamado sastre de Madrid, no había hecho ni a la mili.

Tú, en cambio, sí.

Yo la mili no la hice. Con dieciocho años, fui voluntario, que es distinto. Porque soy de los que voluntario van adonde les da la gana; obligado, en cambio, a ninguna parte. 

¿Qué tal la experiencia?

¿La de la mili? Lo pasé muy bien. Tuve unos oficiales maravillosos. Con ellos El Congo hoy sí que sería español. 

Enseñándote a manejar el Cetme, de alguna manera contribuyeron al empeño.

Pero el fusil que nos dieron en el Congo era el FAL belga, muy parecido al Cetme, y que terminé manejando porque a la fuerza ahorcan y si no, lo llevas crudo. También teníamos bazucas. Recuerdo que una vez mirando por el visor de uno vi que ponía Enosa. “Coño, me suena”, pensé. Y es que un cuñado mío había trabajado muchos años allí, en la Empresa Nacional de Óptica S.A.

Oye, ¿y qué le dijiste a tu madre cuando volviste a casa?

“Hola, mamá”. ¿Qué quieres que le dijera? Cuando no le dije nada fue la segunda vez que me fui. Porque en El Congo estuve en dos ocasiones. La primera fueron nueve o diez meses. La segunda, igual de divertida que la otra, duró, en cambio, bastante menos. 

¿Por qué?

Porque me cascaron en una emboscada. Yo lo cuento, pero los negros aquellos no; ellos allí se quedaron. 

"Los romanos hicieron el dinero redondo para que rodase; yo lo he gastado como lo he ganado: tranquilísimamente, donde me pillara"

¿Qué se siente al matar a alguien?

Pues no lo sé, no soy Clint Eastwood, no llevo la cuenta. Solo sé que hay que eliminar a muchos elementos de la sociedad. Elementos a los que ni terapias ni movidas van a recuperar. Eso lo tengo clarísimo. 

Antes de meternos en jardines, prefiero que me cuentes El Congo, pero la segunda temporada.

Estaba yo una mañana en casa de mi madre y me llama uno que conocía: “Oye, que nos vamos al Congo”. “Pues vale”, le digo. “Vente entonces a Lisboa, pero no te traigas a Álex”. Álex era uno bastante bocazas.

El caso es que te fuiste a Lisboa.

Esa misma mañana, y sin despedirme de mi madre. 

¿Y eso?

Porque no estaba en ese momento en casa. El problema es que para sacar dinero del banco, tenía que firmar con ella, porque la cuenta la teníamos los dos. En ese momento, solo tenía en el bolsillo cinco duros -veinticinco pesetas- con los que me compré tres paquetes de Celtas. 

¿Cómo llegaste a Lisboa?

Haciendo autostop, desde el Alto de Extremadura. ¡Ah! Y sin mariconadas de móviles, que ni existían ni los necesitábamos, porque sabíamos buscarnos la vida. 

Llegas a tu destino y…

Me doy cuenta de que no he cogido la dirección por teléfono. Pero como Lisboa es pequeña, tres veces más que Madrid, me puse a pasear por La Baixa, hasta encontrarme con dos belgas, que me llevaron al hotel donde estaban, entre ellos, el que me había llamado y dos españoles más. 

¿Todos a las órdenes de Martínez de Velasco?

A Martínez de Velasco ya lo habían matado. El mando ahora era Bob Denard.

Toda una leyenda entre los mercenarios, ¿no?

Lo que era es un hijo de la gran puta, así, dicho en castellano. Denard siempre trabajó para el Deuxième Bureau, la inteligencia militar francesa. Era un funcionario al servicio de su país. El resto se lo traía al fresco.

El caso es que combatiendo a sus órdenes es cuando caes herido.

Habíamos entrado desde Angola en el Congo para sacar a unos belgas que se habían quedado en Bukavu, en la frontera con Uganda. Fue llegando a Dilolo, un pueblo de la zona, donde nos tendieron una emboscada. Antes nos habían hecho otras dos, pero a mí me cascaron en la tercera, y por pasarme del primer coche al segundo. Si me hubiera quedado en el primero... 

"¿Qué se siente al matar a alguien? No lo sé, no soy Clint Eastwood, no llevo la cuenta"

Pero no te quedaste. ¿Cómo saliste vivo?

Porque me sacaron unos paracaidistas franceses de apellido Ximenez, o sea, hijos de españoles y pied noirs de Argelia. Me sacaron y me enviaron a Cazombo, en Angola, donde me hicieron una transfusión porque había perdido mucha sangre. El grupo sanguíneo me lo sacaron con unos cristalitos, porque entonces ninguno lo conocíamos. Yo resulté ser a A+, lo mismo que un furriel portugués que fue quien me hizo la transfusión directa, de urgencia. 

Le debes la vida.

Y quise agradecérselo, pero nunca di con él, ni siquiera preguntando en las oficinas del Ejército, en Lisboa. O no lo tenían en archivo o no les interesaba darme sus datos, cualquiera sabe. Otro al que también quise darle las gracias fue al médico que me operó, un cirujano de puta madre, ya de relevo, y con el que regresé  a la península o, como dicen ellos, a la metrópoli.

¿Tampoco figuraban los datos del doctor en archivo alguno?

La verdad es que no pregunté en el Colegio de Médicos de Lisboa. Y no hubiera sido difícil porque de él sí me sabía su nombre: doctor Silva e Costa. O Costa e Silva, que ahora no recuerdo. El caso es que regresé con él a la península a bordo del barco de les hommes trou.

¿O sea?

Los hombres agujero; los heridos y tullidos. 

Tú entre ellos.

A mí me tuvieron que cortar medio pulmón, por las balas, pero como el pulmón es un órgano que se regenera… 

A propósito, ¿cuántas balas te metieron?

Siete. Pero como por madrileño soy gato, pues tengo siete vidas; así que una bala por cada vida.

Entonces eres más que gato, porque si no, estarías muerto.

Soy gato-gato.

Un gato, cuentan, que funde los controles de los aeropuertos al pasar. ¿Es eso verdad?

Es verdad que pitan. En Estados Unidos pitan que es alucinante. Pitaban en 1995, cuando fui para la graduación de mi hija; imagínate ahora. 

A lo mejor tendrías que solicitar un certificado médico y enseñarlo a los vigilantes.

Ya lo he hecho. 

O una radiografía.

Desde que me operaron del pecho, jamás nadie me había hecho una radiografía, a pesar de lo que fumo. Se lo dije al médico en la última visita. ¿Y sabes qué me mandó? Una radiografía. Salió el tema de los objetos extraños, pero nada del tabaco.

"Cada vez que paso por un detector de metales, pita. Y es que me metieron siete balas en el cuerpo"

Estás en plena forma, ¿eh?

No como cuando tenía veinte años, que era de ocho sin sacarla. Más mayor, una chica, compañera mía de Correos, me dijo que eso ya no sería así. Yo le dije que ahora era el inventor del polvo a la cubana. “¿Y eso qué es?”, me preguntó. “Que la meto por la noche y la saco por la mañana”. No te jode. 

Tranquilo, que no voy a pedir que hagas la lista de tus conquistas, aquí y en el extranjero. Porque, aparte del Congo, tú has vivido en el extranjero.

Empecé a viajar después de volver la segunda vez. Me fui a París, que no es lo mismo que Francia. Francia es una cosa y París, otra. De París me gustan hasta los estúpidos parisinos, que tienen todos eso que se llama estrés. 

¿Ya en tu época?

Sí, solo que entonces se decía baile de San Vito. Iban de aquí para allá, los tíos, como autómatas. Recuerdo el día que me puse a buscar una Alianza Francesa. Paré a un señor -“pardon, monsieur…”-, y antes de terminar la frase ya se había pirado. “Estos no me conocen”, me dije. Así que llega el siguiente, le agarro por la pechera y le grito: “¡¡¡¿La Alianza Francesa?!!!”. Y el gabacho: “… oui, oui… Boulevard Raspail”. “¡Gracias!”. Y le solté.

¿Y para qué una Alianza Francesa? Tú ya hablabas francés.

Pero francés belga del Congo. O sea, que en vez de decir “pomme de terre” decía “patate”. Así que me apunté en la Alianza Francesa para pulir lo ya sabido y aprender más. 

¿Y aprendiste?

Bastante. 

¿Llegaste a pensar que no lo lograrías?

El primer día, entré y escuché a una valenciana hablar con otro español. Le decía que llevaba ocho años estudiando francés. “¡Joder!”, pensé, “¿y esta qué hace aquí?”. Luego me enteré de que la tía había estudiado ocho años, sí, pero una hora a la semana. Y, claro, no tenía ni puta ni idea. 

La misma historia de hoy con el inglés.

En mi época se estudiaba francés en bachillerato. Pues, oye, no he encontrado a casi nadie de la época que hable el idioma. En cuanto al inglés, lo más que muchos saben decir es “do you speak english”; o sea, una filfa. Por cierto… 

Sí.

En Estambul, cuando conducía camiones, mandé imprimir una camiseta en la que ponía: “I don’t speak english. I am not your friend. I don’t change money”. Porque estaba hasta los huevos: “Hellow, my friend. Do you speak english? Change money”. 

Sin embargo, sí que hablas inglés.

Bastante. También hablo lingala, algo de alemán y, sobre todo, madrileño y gabacho. 

"Con veinte años, era de ocho sin sacarla; luego inventé el polvo a la cubana: meterla por la noche y sacarla por la mañana"

¿Títulos que acrediten tu manejo del francés?

Todos los correspondientes. Pero los títulos no sirven de nada. A mí, desde luego, no me han servido. Y eso que el idioma postal internacional es el francés y en mi ficha de Correos pone que lo hablo, leo, escribo y traduzco. ¿Y de qué me sirvió? De nada. Absolutamente de nada. 

¿De nada, de nada?

Bueno, es verdad que el francés me abrió las puertas del Medio Oriente en mi época de conductor de vehículos pesados. Porque en países como Siria o Líbano todo el funcionariado más o menos alto, incluido el de aduanas, han pasado por la Escuela Nacional de Administración, en París. Y a mí, al hablar francés, me consideraban de los suyos. Curioso, ¿eh? 

¿Sabes? No te imagino como uno de esos alumnos modélicos, de idiomas o de lo que fuera, siempre en primera fila, siempre puntuales.

Una vez, en la Alianza Francesa, entré en clase tarde y fui directo a mi sitio. Y me dice la profesora si no me habían enseñado educación. “Pues no, señora. No he hecho ningún cursillo. Además, yo he venido aquí a aprender francés, no educación. Así que gracias… ¡y adiós!”. Y salí. 

¿Siempre has tenido ese pronto?

El examen de conducir me lo suspendieron por chulo, porque el resto lo hice todo bien. 

©Fernando Díaz Villanueva

¿Cómo pueden suspenderle a uno por eso?

Cuando acabé, el examinante me dijo que saliera con la intermitencia y tocando el claxon. A lo que le respondí: “¡Coño! Y me fumo un cigarrillo”. “Suspendido por chulo”, me dijo. Y yo le mandé con su puta madre. Como había ido al examen con el Chevrolet Impala de José María Elorrieta, lo cogí y lo paseé por delante del tío. “¡Deténganle, deténganle!”, gritaba. Y yo: “¡anda y vete a la mierda!”.

Carnet, sin embargo, tienes.

Me llamaron una segunda vez para el examen y no quise ir. Y una tercera. Por no perder el derecho, fui. Y también porque me dijeron que sabían lo que había pasado con el examinante, que aquel día suspendió a diecinueve, conmigo veinte (se ve que era el día de los suspendidos). Acostumbrado al Chevrolet Impala, el 600 del examen lo aparqué imagínate tú cómo. 

¿Te ha resuelto mucho en la vida conducir?

¿Que si me ha resuelto? Fui de los pocos españoles que llegó a París con su propio coche. Cuento esto porque un día, saliendo de la Alianza Francesa, un señor me preguntó. “¿Es usted el dueño de este coche?”. Le había llamado la atención la matrícula de Madrid.

 ¿Quién era, qué quería?

Jean Paradis, un señor cultísimo y una bellísima persona. ¿Que qué quería? Ofrecerme trabajo. Se dedicaba a la compra y venta de antigüedades y necesitaba alguien que las transportara en su camión. Y como entonces allí, con el carnet de segunda, se podía conducir hasta los 7.500 kilos, pues me tiré un tiempo con él, trabajando. Me enseñó bastante francés y yo a él, español. 

¿Qué fue de él?

Se jubiló. Se jubiló y se fue a Costa Rica, donde se compró un terreno que, según me contó, le había costado lo mismo que en París un tiesto. Como era buen cocinero y bon vivant, puso un restaurante al pie de un centro de vacaciones para canadienses y americanos; se lo pasó de puta madre, el tío. 

Se ve que le guardas afecto.

A él y también a José María Elorrieta, el director de cine. Cada uno en su estilo, fueron muy buenos jefes. Es que yo, con uno malo, hubiera salido por la puerta al día siguiente, eso está claro. 

Imagino que trabajos habrá habido en los que has durado nada y menos, y no solo por los jefes.

Una vez, en París, me llega un amigo y me dice que hay un chollo. “¿Cuál?”, le pregunto. "Una empresa que va a quebrar en dos meses". Y como lo que mueve al mundo, aparte del transporte, es la información, me presento allí, me contratan y, a los dos meses, clavados, quiebra. Todos al chômage, al paro francés. Pues de puta madre. Porque con el dinero me fui a Londres, volviendo a París cada quince días, para firmar y seguir cobrando.

¿Qué tal Londres?

Pues bastante barato en relación con el París de la época. Era el 73 o así y la libra había caído a lo bestia. Yo buscaba trabajar de lo mío, camionero, aunque solo me ofrecían contratos al continente, a Europa. Y lo que quería era quedarme en Londres, aprender inglés, moverme por Inglaterra y tal. Pero únicamente me salían trabajos de fregaplatos. Yo, que no había fregado un plato en mi vida, ¿iba a fregarlos en Londres? Así que cogí la puerta y me piré, harto.

¿Adónde, a París?

A París, sí. Unos amigos uruguayos, a los que había dado trabajo, me dicen que había un chollo, otro.

¿Cuál, una empresa en quiebra, otra?

No, conducir camiones al Medio Oriente. Era cuando los puertos de la zona estaban saturados por falta de infraestructuras y los árabes gastaban que qué. Llevando maquinaria y movidas me tiré unos años, tres o cuatro. Pagaban bien y operábamos desde Múnich; fue desde allí que me volví a Madrid, también harto. 

¿Harto por qué?

Porque me tocaron los cojones. Fue una vez que Austria se colapsó por las tasas y los impuestos a los camiones. Recuerdo que estábamos en la frontera de Alemania con Austria, jugando al fútbol, esperando. Y en esta que, de un balonazo, la pelota se va al lado austriaco. Fui a buscarla. Por favor y tal. Y me dice uno de la aduana que me vaya a mi país. Me llamó “extranjero de mierda” y yo a él “arschloch”, que en alemán significa gilipollas. Pero no solo eso. 

"El examen de conducir me lo suspendieron por chulo"

¿Qué más?

Que llamé a la empresa y dije “oye, mira, pasa esto, estoy saturado, me voy”. 

Y, conociéndote, te fuiste.

Cogí un taxi en la frontera hasta el aeropuerto y, una vez allí, me subí en el primer avión de Iberia a Madrid. A mí nadie me tocaba los cojones más, me dije. Y si me los tocaban, que me los tocaran en Madrid.

Tu ciudad, al fin y al cabo.

O mi pueblo. Porque Madrid, digan lo que digan, es un pueblo; un pueblo grande, pero un pueblo. Así me lo pareció cuando volví del Medio Oriente. Era 1977, antes de que se votara la Constitución.

¿Nada había cambiado?

Para mí nada. Porque a mí nunca me había perseguido Franco.

¿Cómo fue tu llegada?

Curiosa. 

¿Curiosa?

Curiosa, sí. Entonces yo vestía siempre con ropa muy estrafalaria, incluso para los gustos de hoy. Y me sale un taxista y me dice: “mister, taxi”. Y yo, siguiéndole el rollo, le contesto: “yes”. Así que me meto y le escribo la dirección: Alto de Extremadura. Iba yo en el coche, enrollado en mis pensamientos, cuando a la segunda vez que paso por Legazpi, me salió mi vena madrileña: “oye, colega, ahora vas a ir a mi casa por donde yo te diga, si no te importa”. Se quedó perplejo, claro. 

Porque el tío pensaba que eras un guiri.

Cuando finalmente llegamos, el taxi valía dos mil pesetas. De la época. Así que le dije que íbamos a hacer un precio, pero que los kilómetros los calculaba yo, y que o cobraba lo que le decía o ya podía ir llamando a la Guardia Civil. Porque entonces en el Paseo de Extremadura no había comisaría de Policía, sino cuartelillo de la Guardia Civil. 

¿Se presentó allí una pareja de la Benemérita o qué?

Cobró lo que le dije y punto. Que después de haber pasado por los taxistas de Hamburgo y por los taxistas de Estambul, que eran todos unos golfos, iba a venir un cateto como él a tocarme los cojones. 

¿Te lo volviste a encontrar? No sé, en alguna parada de taxi. Porque como luego tú engrosarías el gremio…

Primero empecé con camiones. Pero como pagaban cuatro duros, pasé. Entonces, con el dinero que tenía, me metí en el taxi. Y a navegar, a buscarme la vida, como siempre, como ahora.

"Volví a España porque, para que me tocaran los cojones, prefería que me los tocaran en Madrid"

¿Cuántos años al volante?

Diez. 

¿Verías de todo?

Pero de todo. Y más en las noches de la movida madrileña. 

¿Cómo definirías la movida?

Como la época dorada de los gilipollas. Porque qué cantidad alucinante de gilipollas había en Madrid entonces.

¿Solo entonces?

Entonces, ahora y siempre. Cuando yo era joven, había uno de mi barrio que trabajaba de camarero en El Corrillo de Serrano. Y le llega uno un día y le suelta: “sorpréndeme con dos zumos de vaca”. Va el de mi barrio, le estrella los dos vasos y le dice: “¿sorprendido el señor?”. Más gilipollas. 

A ver.

Los hijos de los mandamases socialistas que se iban de juerga a gasta el dinero que previamente habían robado a los españoles sus papás. Más de un enganche tuve con ellos a la salida de Pachá, en la calle Barceló. Poco menos se pensaban que por ser taxista estabas a su servicio. Nunca han entendido de qué va la cosa. 

De taxista pasas a cartero, otro de los sueños de tu niñez.

Una hermana mía me dijo que por qué no me metía en Correos, que estaban contratando gente. Y, oye, que me contrataron. Luego un jefe que tuve en la sucursal 53, justo enfrente de donde vivía el célebre Nani, el delincuente, me dijo que por qué no preparaba unas oposiciones, que yo valía y él me preparaba. Y, nada, que me preparó y aprobé. Con lo que soy funcionario de oposición, de clase pasiva ahora. 

Y en todos estos años, desde que regresaste de África a hoy, ¿no has tenido añoranza de guerra?

Estando en París, me encontré en el metro con Beouni, uno con el que coincidí mi segunda vez en el Congo. “¡Coño, Lino! ¿Quieres venir a ver al patrón?”. El patrón era Bob Denard. “No, deja, ya me busco yo la vida”. Y no fui. Yo a mi rollo.

¿Pasabas de tiros?

Si me hubieran ofrecido otro sitio, hubiese ido; eso está claro. 

¿Entonces?

Te lo explico. Beouni era de Inteligencia. De hecho, aquella vez en el metro llevaba traje azul, el uniforme de los funcionarios del Deuxième Bureau. Y Bob Denard, como ya te he contado, también era de Inteligencia; lo fue toda su vida. No fui a verle porque me hubieran utilizado para infiltrarme en los coros españoles de París. Y no estaba yo por la labor. 

Supongo que te refieres a los círculos más politizados del exilio.

El FRAP, por ejemplo, que se fundó en París, en el Liceo Iberoamericano, en un acto al que asistí. Pero no como infiltrado, sino porque me lo dijo la portera de casa. “Oye, ¿por qué no vas a ver esto, que es aquí al lado?”. Fui, y vi a todos esos bocazas incitando a los demás a que hicieran lo que ellos no se atrevían. Igualito que los de Fuerza Nueva.

"¿La movida madrileña? ¡Qué cantidad alucinante de gilipollas!" 

Creo que es la primera vez que alguien me compara el FRAP y Fuerza Nueva.

Cuando fui propietario del taxi, fui hasta el sindicato ese que tenían, Fuerza Nacional del Trabajo, a ver qué tal. Y me encontré con un montón de tíos que mucho hablar, mucho hablar, pero no habían visto un arma en su vida. Otros que iban de clowns, de payasos. 

Sin embargo, no renunciaste a la militancia política.

Milité durante años en el PP, y con un número de carnet muy bajo, un quince mil o un catorce mil. Me fui porque yo había entrado en un partido de derechas, para arreglar ciertas cosas, y eso se había convertido en un partido de centro izquierda.

Militaste en el PP de Madrid, en los años dorados en los que teníais a Aguirre en la Comunidad y a Gallardón en el Ayuntamiento.

A Esperanza la conocí y me gustaba; ahora, con toda su movida, estoy un poco a la expectativa, a ver en qué termina la película. 

¿Y Gallardón?

Gallardón siempre fue muy light. 

Pues fue paraca, como tú.

Oficial de complemento en la XII Compañía de la III Bandera, donde un concuñado mío. Un día, en un mitin en el Alto de Extremadura, al que fui con mi pequeño, le dije: “Mira, este señor es paraca, como tu padre y tus hermanos”. Y él: “Sí, sí, soy caballero paracaidista”. Y yo: “Pues a ver si vas a la asociación, a saludar”. Porque en ese tema era todo lo maricón posible. 

Maricón en sentido político, se entiende.

El problema de la derecha en España es que está mariacomplejada. Si eres de derechas, eres de derechas. 

¿Aún a riesgo de que te llamen facha?

En una reunión de vecinos, no sé qué dije que uno, de Izquierda Unida, o sea, comunista, me llamó facha. Yo le dije que nunca había militado en un partido de estructura fascista, pero que antes de ser un rojo de mierda como él, prefería ser facha. El tío se indigno. “A la salida te espero”, me dice. Y yo: “Lo que tú quieras, pero ahora un poco de respeto, que estamos en una parroquia”. 

¿Te esperó?

Sí, pero para pedirme disculpas. “No te olvides de una cosa”, le dije, “que soy guerrero y los guerreros morimos matando”. Y él: “¿Me estás amenazando?”. “No es una amenaza, es una acotación de hechos. Y además de rojo de mierda, tú lo que eres es un gilipollas”.

Te lo preguntaba antes: ¿tú siempre te las has gastado así?

Qué va. De pequeño era muy tranquilo, de los que llamaba a su hermana mayor -tengo cuatro, todas mayores- cada vez que tenía un problema. Hasta que un día…

¿Hasta que un día?

Hasta que un día iba con mi madre por la calle Federico Mayo, cuando un chico al que le había llamado la atención, le dijo: “Cállese usted, so puta”. Y yo, que nunca había tirado bien piedras con la mano, ese día aprendí, porque le di una hostia en toda la cabeza que hasta le hice marca al tío. Y se acabó la tontería. 

Tu madre asustadísima, claro.

Hasta vino la Guardia Civil. Que por qué le había dado una pedrada al chaval. “Porque ha llamado puta madre”. “Pues si me lo dice a mí”, dijo el guardia, “le vacío todo el cartucho de la pistola”.

O sea, que te hiciste respetar, y así hasta el año en curso.

A partir de ahí, la gente empezó a andarse con cuidado. Es que hay que ver la ignorancia de algunos de meterse con los demás sin saber de qué pie cojean. Yo no me meto con nadie. Solo me defiendo de los que se meten conmigo. Que no es lo mismo. Yo a mi bola, ya te digo. ¡Ah! Y pasándomelo de puta madre, como siempre.


Mario Conde, un discurso frente al Sistema

Hubo un tiempo en que al señor de la foto los estudiantes le sacaban a hombros de los paraninfos universitarios, había quien en las recepciones en su honor guardaba fila dos veces para volver a saludarle, y las señoras del barrio de Salamanca le pedían a los peluqueros de sus hijos que les cortara el pelo a estos como se lo cortarían a él, a Mario Conde. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando los días de gloria. De poder y de gloria. Luego vendría su expulsión, con muy malos modos y maneras, del paraíso de los elegidos -¿eso que él llama el Sistema?- y su peregrinaje de años por cárceles y tribunales. Hoy, a sus setenta, el tipo, guste más, guste menos o no guste nada, sigue conservando el brillo y la silueta, esto es, el carisma.

¿Siente nostalgia de los días de gloria?

¿Nostalgia? No. Qué va. Al revés.

Pero reconoce, al menos, que fueron días de gloria.

Juan Díez Nicolás, propietario una agencia de sociología y análisis de datos, hacía unas encuestas para la banca en las que se preguntaba por el grado de conocimiento de los banqueros entre la sociedad española del momento. ¿Emilio Botín? 2%. ¿Amusátegui? Cero. ¿Claudio Boada? Cero.

¿Mario Conde?

92%. 

De los cuales, cabe suponer, no pocos eran jóvenes.

Es que un banquero en televisión hablando de grupos de rock supuso una ruptura descomunal. Pero lo curioso no era eso. Lo curioso era la respuesta a una pregunta relacionada de la encuesta. ¿Cuántos españoles conocían Banesto?

¿Cuántos?

El 37 o el 38%.

No está mal tampoco.

Banesto era, con Correos, una de las dos grandes referencias en la inmensa mayoría de los pueblos españoles. Y todavía hoy lo es. Vas a un pueblo, preguntas por una dirección y te dicen: “ahí, donde estaba la sucursal de Banesto”. Pero eso no es lo importante.

¿Qué lo es?

Que las valoraciones que hacían las encuestas eran, en relación conmigo, muy altas, casi el 7%, mientras que las de los políticos estaban por debajo del 5%, un poco por encima solo en el caso de Felipe.

Esos datos, ¿cómo los interpretaba?

Como un problema para mí. Los socialistas decían que en España los banqueros nunca podrían dedicarse a la política porque no les conocía nadie. Resulta que si a Banesto lo conocían el 35% y a mí el 92%, ¿qué era yo para esa gente que no conocía el banco y a mí sí? Les di miedo. Estaban convencidos de que quería cambiar el sistema.

"Un banquero en televisión hablando de grupos de rock supuso un ruptura total"

¿Y no era así?

Sí, pero no mediante una revolución. Lo que quería era cambiar el modo y manera de entender los partidos políticos. Eso está en mi discurso de la Universidad Complutense, donde explico que el Rey tiene que reconectarse con la sociedad civil, pues los partidos ya no deben monopolizar el debate político y el cauce de participación en el Estado

Hay que anotar que eso lo dice en el Paraninfo delante del monarca.

Y de ningún político. Asistió Joaquín Leguina, sí, pero porque era el presidente de la Comunidad de Madrid. Y el entonces alcalde, Álvarez del Manzano, que se empeñó en salir en la foto. Fue un discurso, el de la Complutense, muy emblemático. Además, supuso un punto de inflexión e hizo saltar todas las alarmas. Ahí es cuando deciden tomar la decisión. Y cuando el poder toma una decisión, créame, toma una decisión.

Se refiere, claro, a la decisión de intervenir Banesto.

Y también a la decisión de silenciar la voz de un representante de la sociedad civil: yo. Porque temen que conmigo el debate se alimente de la contradicción entre sociedad civil y partidos políticos, y no de la contradicción PP-PSOE.

O sea, que incluye a los socialistas pero a Aznar también.

A los socialistas no. Felipe y Serra exclusivamente. Pero Aznar es decisivo. Es el que toma la iniciativa, como he podido saber. Siente miedo de mi protagonismo tras haber perdido elecciones Por cierto, uno de los hombres capitales en el proceso de toma de decisión, según me he enterado después, fue Rodolf Martín Villa.

¿Martín Villa?

Martín Villa, sí. Hombre con grandísima experiencia política. Él, que entonces tiene una enorme influencia sobre Aznar, es el que le advierte de los peligros del discurso de la Complutense.

Si es así, consuélese: lo de Aznar contra usted no era nada personal; solo política.

Yo a José María le ayudé todo lo que pude. También monetariamente. Bueno, a él directamente no, a su partido.

Pues no pareció agradecérselo, ¿no?

Es que es un hombre con una estructura mental complicada. Felipe una vez me dijo: “Aznar quiere mi sitio y es probable que algún día lo consiga. También quiere ser tú, pero eso no lo logrará jamás”.

¿Cree que le tenía celos?

Pedro J. Ramírez me contó que, en una ocasión, Aznar le llamó indignado porque unas declaraciones mías las sacó El Mundo con grandes caracteres, mientras que unas de él, el mismo día, salieron con mucho menor realce tipográfico. Aunque el problema de Aznar en esa época era otro.

"Cuando el poder toma una decisión, créame, toma una decisión"

¿Cuál?

Que solo hablaba de cómo llegar al poder. Y eso era bastante aburrido. Él debía de darse cuenta de que a mí me lo parecía.

¿Y no había manera de cambiarle la conversación al hombre o qué?

Luis María Anson lo hizo en una ocasión, aquí, en casa, durante una cena con Aznar y creo que con José Antonio Segurado también. Aznar, una vez más, se puso a contarnos lo que tenía que hacer para llegar al poder y Luis María, no sé si en un ataque de furia o de amor a González, le dijo que eso no lo lograría nunca, que la distancia entre Felipe y él era abrumadora. Luego se levantó, Anson, y se fue, creo recordar que a corregir la edición del ABC del día siguiente; el resto nos quedamos ahí fuera, en el jardín, verdes. 

Sin embargo, Aznar terminaría venciendo a González, y dos años después de que lo quitaran a usted de Banesto.

En el momento de la intervención, Felipe y Aznar son dos troncos muy débiles que se apoyan el uno en el otro. Aznar acaba de perder las elecciones del 93 y Felipe recibe la primera contestación en el seno del PSOE. Sin embargo, ni el uno ni el otro consultan la operación con su partido.

Alguno estaría al cabo de la calle.

En el PSOE, Narcís Serra, uno de los grandes muñidores.

¿Y en el PP?

Aznar, por supuesto. Y el que fue presidente del Congreso, Jesús Posada.

¿Jesús Posada?

Sí.

Pero si era -y es- un segundón, por mucha tercera autoridad del Estado que haya sido.

Pues lo sabía. Y no solo eso, sino que días antes de la intervención, lo celebró en su casa con una cena a la que asistió Aznar.

¿Y Rato?

El 28 de diciembre todavía no lo sabe. Aznar le metió en la operación después de tomada la decisión.

Rato era ministro de Economía en el shadow cabinet de Aznar.

Quizás debería hablar claro sobre cómo sucedió lo de Banesto. Con todo esto de Bankia, ahora Rodrigo está diciendo cosas muy interesantes.

¿Por ejemplo?

Uno: que es imposible que el Banco de España no conociera las cuentas de Bankia. Dos: que Bankia no tenía problemas de liquidez. Tres: que las provisiones no son pérdidas, son provisiones que se recuperan con el paso del tiempo.

"Aznar solo hablaba de cómo llegar al Gobierno, y eso era bastante aburrido"

¿Qué opina usted?

Que las tres son absolutamente correctas. Es más, es lo mismo que dijimos nosotros en su día, cuando Rodrigo era el líder de economía de la oposición. Pero se ve que los argumentos entonces no le valían y ahora, sí.

Imagine que sí, que Rato se anima a hablar de lo de Banesto. ¿Qué le preguntaría?

¿Cómo pudisteis aliaros con Felipe y Serra contra un banco privado para tratar de destruir a un hombre, Mario Conde?

¿Cómo cree que les pudieron convencer?

A lo mejor diciéndoles lo mismo que Miguel Martín, número dos de Mariano Rubio, nos dijo a Arturo Romaní y a mí: que poco importaba que tuviéramos razón y las cuentas de Banesto estuvieran en orden, pues el Banco de España no podía equivocarse, y como no podía equivocarse, tenía que ponerse en marcha el proceso penal.

Si es cierto que fue una operación a tres bandas entre el presidente del Gobierno, el jefe de la oposición y el gobernador del Banco de España, no queda sino afirmar que se trató de una suerte de pacto de Estado.

Es totalmente cierto. Felipe González no le habló a Polanco de “pacto de Estado”, pero sí de “operación de Estado”. Lo sé porque, horas antes de la intervención, me llamó Polanco, alarmado. “No pueden hacer eso”, decía, “es una barbaridad”.

Sin embargo…

La edición de El País que tenía para el día siguiente, la terminó cambiando. Ya no le parecía una barbaridad. Al fin y al cabo, era una operación de Estado.

© Fernando Diaz Villanueva

Eso por lo que toca a la izquierda mediática. ¿Y la derecha?

El día de la intervención, Narcís Serra está comiendo con Luis María Anson, al que convence de lo mismo que Felipe a Polanco: que lo de Banesto es una operación de Estado. ¿Cómo le convenció? Digamos que Luis María tiene dos debilidades.

Solo le preguntaré por la que venga al caso, si le parece.

La monarquía. Esa es la debilidad con la que le atacan. Luis María se apunta a la operación porque piensa que es lo mejor para el Rey. Al menos, ha tenido la valentía de contarlo en público.

¿Acaso cultivaba usted veleidades republicanas?

Ese en todo caso sería era Aznar..… De hecho, circulaba el bulo de que quería ser presidente de la República. Yo nunca me lo creí del todo. Aunque…

¿Aunque?

Me acuerdo una vez que vino a verme a casa, aterrorizado, Manolo Prado. Aznar le había llamado a su despacho. Quería que Don Juan Carlos quitara a González y le pusiese a él de presidente. Manolo, con buen criterio, le dijo que el Rey no podía hacer eso. “Su abuelo lo hizo”, le dice Aznar. A lo que Manolo responde: “Y mira como acabó”. “Pues si no lo hace”, zanjó Aznar, “que se atenga a las consecuencias cuando yo sea presidente”.

"Se nos dijo que poco importaba que tuviéramos razón, pues el Banco de España no podía equivocarse"

¿A usted por qué se lo contó Prado?

Para saber si tenía que decírselo al monarca o no.

¿Y qué le aconsejó?

Que no se le ocurriera. Estaba claro que Aznar iba a ser presidente, y tampoco se trataba de meterle el susto en el cuerpo al Rey.

¿Susto es la palabra?

Susto es lo que  yo pienso que sentía don Juan Carlos por Aznar. Las relaciones entre ellos nunca fueron excelentes. Al menos esa sensación tenía yo

Pero sin que la sangre llegara al río: Aznar alcanzó el poder y aquí no se proclamó la III República.

Hubo pequeñas venganzas, como la de aquel viaje a Cuba, con la foto de José María en mangas de camisa y el Rey en un segundo plano, ninguneado.

¿También obligaron a don Juan Carlos a un segundo plano en el caso Banesto?

A don Juan Carlos Felipe no le dijo, como a Polanco, que era una operación de Estado. Le dijo otra cosa: “Señor, no se meta en temas políticos”. ¿Cómo lo sé? Porque me lo dijo el Rey.

¿Se lo reprochó?

Cuando tienes una relación personal muy intensa con el Rey -yo la tuve-, no te puedes olvidar de que él es la Corona, y la Corona es la Corona, una institución capital del país. Eso tienes que aceptarlo. Otra cosa es el papel que al Rey le otorga la Constitución. 

¿No lo representó bien acaso?

Que Felipe González le dijera que no se metiera en asuntos políticos, evidencia el concepto que tenía de la monarquía. Ahora, que don Juan Carlos cediera, lo que evidencia es el concepto que tenía de sí mismo como árbitro para el funcionamiento normal de las instituciones. A mi juicio, no hizo un ejercicio adecuado de las funciones que le correspondían. Porque allí no funcionaron con normalidad ni la Presidencia del Gobierno ni el Banco de España. Por otro lado…

Sí.

Hablamos de Banesto, la primera corporación industrial y el primer banco de España entonces, con una participación importantísima -125 millones de dólares- del primer banco del mundo, JP Morgan. 

¿Qué debió, a su juicio, haber hecho el monarca?

Pues creo que lo lógico es que hablara con JP Morgan, con el Banco de España, con el presidente del Gobierno, con el jefe de la oposición, con Mario Conde, con quien fuera. Cualquier cosa menos quitarse de en medio en un acontecimiento de esa envergadura, que veinticinco años después sigue vivo en la conciencia de los españoles, por mucho que algunos hayan intentado que se olvide.

"Felipe le dijo al Rey: 'Señor, no se meta en temas políticos'. ¿Cómo lo sé? Porque me lo dijo el Rey"

¿Por qué cree que le flaqueó el pulso?

Porque no quiere enemistarse con la clase política. El Rey es consciente de que le designa sucesor Franco y le ratifican unas Cortes franquistas antes del advenimiento de la democracia. Por eso, siempre quiso reinar con los socialistas, porque entendía que le legitimaban la Monarquía. Me acuerdo ahora de algo.

¿De qué?

De lo mucho que le tranquilizó que, contra todo pronóstico, el PSOE volviera a ganar las elecciones en el 93, aunque fuera sin mayoría absoluta. Me acuerdo también cuando, meses antes, Felipe nos dice que está planteándose dejar la política. Don Juan Carlos se asustó con la noticia. Fue en casa de Manolo Prado.

Un personaje clave en la vida del monarca.

Clave y también leal. La contraria, o sea, si don Juan Carlos le fue leal a Manolo como Manolo le fue leal a don Juan Carlos, esa ya no me corresponde responderla.

¿Y a don Juan? ¿Le fue el Rey leal a don Juan, su padre?

Don Juan fue un hombre sin gran peso en la sociedad española A don Juan Carlos no le agradaba que su padre tuviese ningún protagonismo especial más allá de su círculo de amigos, con muchos de los cuales navegaba, lo que no significa que tuviera fortuna. A propósito, de las pocas discusiones que tuve con el Rey fue sobre su padre.

¿Me la cuenta?

Fue una noche, a altas horas ya de la madrugada, tomando unas copas. Don Juan Carlos me dijo que no le agradaba demasiado que alguien tan significado en la sociedad española como yo hiciera tanto reconocimiento público de don Juan, lo que podría hacer pensar que yo pertenecía al grupo de los juanistas.

¿Quiénes, los que se referían a él como Juan III?

La tesis de Luis María Anson, sí. “Es que Rey no hay más que uno, Mario”, me decía don Juan Carlos. Y yo le respondía: “Y padre de Rey, que yo sepa, también”. Y así, con una cierta tensión, terminó aquella discusión que me hizo reflexionar mucho.

¿Sobre qué, por ejemplo?

Sobre la forma en que se refería a su padre un hombre como don Juan Carlos, al fin y al cabo, Rey consolidado. Bien es verdad que, a veces, hablaba de manera peculiar, como cuando decía que a él le pusieron de Rey. ¿Cómo que le pusieron de Rey?

Es lo que le iba a preguntar.

Don Juan Carlos tenía el convencimiento -el convencimiento real- de que los reyes nacen o, como pasaba antiguamente, se ganaban el título en una batalla o una guerra. En cambio, él, insisto, no se quitaba de la cabeza que le debía el puesto a la clase política.

"No sabría decir si don Juan Carlos le fue tan leal a Manolo Prado como Manolo Prado le fue a don Juan Carlos"

Pero no a toda la clase política, supongo; otros, los nacionalistas, de buena gana lo hubieran destronado.

A don Juan Carlos le preocupaba la importancia descomunal que pasaron a tener los nacionalismos; hasta el punto de estar dispuesto, para contrarrestarles de alguna manera, a apoyar al CDS, a pesar de sus malas relaciones con Suárez. Y luego no hay que olvidar una cosa.

¿Cuál?

Que don Juan Carlos es Borbón y que los Borbones llegaron a España, con Felipe V, para demoler el sistema federal diseñado por los Austrias.

Nadie podrá, sin embargo, acusar a Juan Carlos de centralista: ahí el Estado de las Autonomías.

Un Estado estructurado en diecisiete comunidades autónomas siempre me pareció, como abogado del Estado, una locura. Por eso la importancia de la corona como punto de referencia. Por cierto, el Plan Ibarreche configuraba así a la monarquía, con un sentido unificador.

¿El Plan Ibarreche?

Sí, solo que no se entendió bien.

¿Cree que una propuesta así hubiera sido la solución para Cataluña?

Lo que creo es que estamos en un lío del que no sabemos cómo vamos a salir.

Todos los dedos apuntan, acusadores, hacia Rajoy, incluido el de Aznar.

¿Aznar? Pero si el problema independentista se acentúa de modo particularmente notable, y esto lo saben hasta en el PP, con el pacto del Majestic, cuando Aznar defenestró a Vidal-Quadras, cedió el control de las cajas de ahorros, quitó a la Guardia Civil de las carreteras y empezó a hablar catalán en la intimidad; todo por ser presidente del Gobierno.

Otros, por ser presidentes de la república independiente de su casa, le han echado un pulso a todo un señor Estado.

Y luego, cuando les meten en la cárcel, se asustan y lloran.

¿Se alegra? De que les metan en la cárcel, digo, no de que se asusten y lloren.

No me alegré ni cuando entró en la cárcel Mariano Rubio, uno de los principales instigadores del caso Banesto. Por otro lado, los que gritan “Puigdemont, a prisión” o “Trapero, serás su compañero” no saben lo que piden. Ni el daño que hacen. Para la gente no hay que pedir prisión. Para la gente hay que pedir justicia.

Presos políticos, se llaman así mismos. ¿Cayó alguna vez usted, como ellos, en la tentación de la grandilocuencia?

Un preso no es político si los hechos cometidos son susceptibles de incardinarse dentro de una figura delictiva. Otra cosa es que el proceso penal se pone en marcha porque lo decide una esfera del poder.

"No me alegré ni cuando entró en la cárcel Mariano Rubio"

¿De qué poder?

Del único poder que hay; conformado, eso sí, por tres patas.

¿Ejecutivo, legislativo y judicial?

Mediático, financiero y político; los tres que menciona son solo derivadas del último, el político. 

¿Y cuál de todos tiene la última palabra?

El que tenga el Boletín Oficial del Estado.

O sea, el político. ¿Y el de la banca?

Es un gran poder, solo que endeble frente al político.

¿Por?

Porque el que un banco tenga beneficios o pérdidas dependerá no de su situación real, sino del criterio de los inspectores del Banco de España -poder político- a la hora de aplicar las normas contables.

© Fernando Diaz Villanueva

¿Todo esto lo aprendió nada más llegar a Banesto o cuando ya tenía un pie en Alcalá Meco?

Cuando llegué a Banesto, con treinta y ocho años, no sabía nada del poder ni de cómo se comportaba; luego lo iría aprendiendo.

¿Fue doloroso el aprendizaje?

No me gustaba lo que veía. Por ejemplo, las relaciones con los banqueros, que eran, como mínimo, de tensión. Recuerdo que un día se me ocurrió felicitar al Banco Popular por sus resultados y Luis Valls, que en paz descanse, me dijo que los banqueros no nos felicitábamos. “Pues nada, Luis, lo retiro”.

¿Y las relaciones con el poder político?

Tampoco me gustaron. No olvidemos que fueron años convulsos, con los socialistas queriendo dominarlo todo, para lo cual el poder financiero era clave. Esto se vio en operaciones como las que mutaron el Banco de Bilbao y Banco de Vizcaya en BBV, o en la de los Albertos contra Escámez, o, clarísimamente, en la de López de Letona para Banesto.   

Y ahí es donde entra usted en escena.

Rompiendo con unos planes de usurpación y dominio del sistema financiero por parte del poder político, en este caso, socialista; poder que había llegado a la conclusión de que para controlar un banco era más fácil poner a un presidente que comprar acciones.

¿Irrumpe como un intruso?

Siempre se ha dicho que para ser banquero en España se necesitaba pertenecer a esa estructura hasta hace poco tan cerrada de las grandes familias, los grandes clanes, bien de la nobleza, bien de la alta burguesía. Yo no pertenecía a ninguno de ellos. En sentido económico y, si se quiere, también social, soy un intruso.

"Un día se me ocurrió felicitar al Popular por sus resultados y Luis Valls me dijo que los banqueros no nos felicitábamos"

Intruso que llegó a presidir uno de los grandes bancos del país.

Porque el consejo de administración de Banesto así lo aprobó; consejo al que llegué, todo hay que decirlo, de la mano de Juan Abelló, mi llave de acceso a todo ese mundo y un hombre al que he querido muchísimo. ¿Que la vida luego nos ha llevado a cada uno por su lado? Pues sí. Pero no puedo negar que mi vida sin Juan hubiera sido otra. ¿Mejor? ¿Peor? Otra.

¿Es de los que se entretiene pensando en lo que pudo haber sido y no fue?

No. Nunca. Jamás. La ventaja de tener toda una vida por detrás es que puedes concentrarte mejor en lo que te queda por delante.

Enseguida le pregunto por esa vida por venir, pero volvamos, si le parece, a los años en que fue un outsider.

El verdadero intruso no es el que se mide con el poder financiero, ni siquiera con el mediático; es el que se mide con el político. A mí me quitan de en medio no por ser un señor pesadísimo que, cuando el ministro de Economía decía algo, respondía qué barbaridad. Me quitan de en medio, ya lo he dicho, por representar una alternativa a lo que podríamos llamar la ortodoxia política del sistema.  

O sea

Que de no haber resultado una amenaza, seguiría siendo presidente de Banesto y nunca hubiera tenido problemas con la justicia.

Que los ha tenido, vaya si los ha tenido.

Todos ellos, de manera directa o indirecta, por el caso Banesto. Debo de tener el record de ingresos en prisión.

¿Y eso es un mérito o un demérito?

Pues parece un mérito. Hoy parece que no eres nadie si no has pasado por la cárcel. Y parece que la cosa va a continuar: directivos de cajas de ahorro, políticos, intermediarios, ex ministros…

La locura.

Ahora en serio, la cárcel estigmatiza. Sobre todo, a los jóvenes, a los que luego les cuesta encontrar trabajo el doble que a los otros.

"Hoy parece que no eres nadie si no has pasado por la cárcel"

Es que a ver quien le da una oportunidad a un chico que mató a un hombre por divertirse.

Ese fue Félix, el asesino del juego de rol. El modo y manera en que me contó cómo él y su amigo asesinaron a aquel señor que esperaba en la parada del autobús, me puso los pelos de punta y me hizo reflexionar mucho acerca del ser humano.

¿En qué sentido?

Félix era la prueba de que una mente no formada puede ser plastilina en manos de un demonio y un loco como era su amigo, que lo dominaba. Por eso hay que estar atentos a las fases de tránsito de la niñez a la adolescencia, hasta que la arquitectura de valores se consolida.

No fue el asesino del juego del rol el único preso joven al que trató.

Hubo muchos otros. Me acuerdo ahora, por ejemplo, de uno que el tiempo que estuvo conmigo, logré que dejara la droga, pero tan pronto salí, recayó (porque en la cárcel, esto quizás no se sepa, hay droga). Murió hace un par de años. La noticia me produjo un dolor inmenso. Tenía la edad de mi hijo Mario.

Ahí quería yo llegar. ¿No le provocaba cargo de conciencia dedicar más tiempo en la cárcel a todos esos chicos que el que dedicó a sus propios hijos cuando era presidente de Banesto?

¿Cargo de conciencia? No sé si esa es la expresión. Probablemente lo sea. Solo sé que, en una ocasión, ya después de la cárcel, jugando al golf con mi hijo, le dije que sí, que la intervención había sido una brutalidad, pero que gracias a eso podíamos estar allí, hablando de lo que no habíamos hablado nunca y como no habíamos hablado nunca, desde dentro y con el corazón.

¿Es eso lo que algunos llaman el lado bueno de las cosas?

Si la cárcel sirve de algo, es para demostrarte quién eres. Es verdad que hay quien no lo soporta. Sobre todo, cuando el tránsito es de una posición de poder a una posición de preso.

¿Nada amortigua el golpetazo, ni siquiera los amigos que uno pueda hacer ahí dentro?

Pero es que hacer amigos en la cárcel es complicadísimo. Yo, por ejemplo, sobre todo en la última etapa, cuando trabajé en el departamento de ingresos, tuve muy buena relación con algunos funcionarios; relación que rozó el concepto de amistad.

¿Rozó?

Rozó, sí. Porque cuando estás en posición de desigualdad, y yo lo estaba respecto a ellos, no puedes ser amigo de nadie; amigo-amigo, quiero decir.

¿Y con el resto de presos?

También ahí es difícil la amistad. Había, sin embargo, un chico (que, precisamente, me ha llamado hoy), condenado por algo que yo sé que no hizo, y al que desde la cárcel ayudé a montar un bar con su mujer A él sí lo considero amigo.

Volvamos, siquiera un instante, a la fuerza interior que se precisa para pasar de presidente de un gran banco a presidiario.

Presidente, por cierto, que sabe que no ha hecho nada de lo que dicen que ha hecho y que, en la cárcel, se encuentra consigo mismo.

"El modo y manera en que el asesino del rol me contó su crimen, me puso los pelos de punta"

Por lo que parece, resistió.

Acabo de encontrar la carta que escribí a Lourdes, mi mujer, mi primera noche en la cárcel. Le decía que aguantaría y aguanté. Es verdad que entonces no sabía que me meterían de nuevo en el 98, y en 2002, y en el 2016. Pero, bueno, resistí.

Su primera noche en la cárcel, decía; como para olvidarla, imagino.

Fue la Nochebuena de 1994.

Oiga, ¿y no tenía el juez más fechas en el calendario?

Dos días antes, el 22, tras tomarme declaración, me dice que me vaya a casa, que ya seguiremos en enero. Pero dos días después, el 24, me vuelve a citar y me manda a la cárcel. Parece que le doblegaron.

¿Quién?

El poder, que es de una exquisita crueldad. Porque el mensaje que se quiso lanzar fue claro: señores, no tenemos límite, a quien se nos pone enfrente, le quitamos el banco y le metemos en la cárcel, encima, el día de Nochebuena, con que todos aquí, sentaditos y callados, apoyándonos.Si lo piensa bien, esa sensación de poder absoluto y de impunidad es la clave para entender todos los casos de corrupción que lamentablemente estamos viviendo. Sintieron que no tenían límite real. Y silenciaron a la sociedad y abusaron de ella.

¿Siente odio, rencor?

Me han tratado mal, pero, al mismo tiempo, la vida me ha dado muchas cosas: una mujer, unos hijos y unos amigos maravillosos, todos absolutamente convencidos de la verdad de cuanto he hecho y con una fidelidad a prueba de bomba. ¿Cómo sentir odio, rencor, con activos como estos, más valiosos que mil millones en el banco? Otra cosa es el desprecio hacia los que prostituyen el ejercicio de funciones que son -o deberían ser- sagradas. Y luego que estoy íntimamente convencido de algo. 

¿De qué?

De que existe la justicia en un plano superior, solo que con mecanismos de reparación en esta vida también.

¿A qué se refiere?

Al mal final de muchos de los que, de una manera u otra, tomaron parte en la intervención de Banesto. La lista completa daría para otra entrevista.

Si por mal final entendemos también la muerte, alguien podrá señalarle la obviedad de que esta, paradójicamente, es ley de vida.

Mi padre, cuando alguien moría a cierta edad, siempre decía: “hombre, prematuro no ha sido”. Pero yo hablo de las circunstancias que rodearon a ciertas muertes, extrañas en algunos casos, trágicas en otros. Aunque, insisto, esto daría para otra entrevista.

Como quiera. Por cierto, y ya que hablamos de lo que hablamos, permita que le recuerde otra obviedad: la de que se adentra en una edad en la que la muerte es cualquier cosa menos prematura.

Cada vez pienso más en la muerte. Y, ¿sabe?, no le tengo miedo. Lo que sí me produce una sensación rara es el nunca jamás, algo para lo que el cerebro no está preparado. Porque nuestro modelo de pensamiento lo es de espacio y tiempo, y ahí no cabe ni el nunca ni el jamás. Por eso todas las creencias se estructuran necesariamente en un espacio, la derecha del Padre o lo que sea, y un tiempo, aunque sea eterno, pero tiempo; espacio y tiempo.

¿Y la idea del reencuentro? ¿Qué me dice de la idea del reencuentro?

Que es muy atractiva. Porque qué va a ser de mí cuando muera, no me importa. Pero ¿no ver más a mis hijos, a mis nietos, a mi mujer? Eso es demoledor. Recuerdo ahora que, poco antes de morir, Lourdes me preguntó si volvería a casarme con ella y yo le respondí que sí, que claro, que sin duda, que por supuesto. “¿Y tú?”, le pregunté. Y me respondió lo mismo, añadiendo algo muy hermoso: Pero tendrá que ser ya en la eternidad”.